27 abril 2009
Dolce far niente: Taganga & Tayrona
Después de que se fuera Enrique, he estado la mitad del tiempo en Taganga y la otra mitad en el Parque Tayrona. Taganga, como todo el mundo sabe, es un pueblecito playero cercano a Santa Marta, en la costa caribeña de Colombia. Con el tiempo le he ido cogiendo el gustillo a este lugar: hace buen tiempo, el paisaje es bonito, hay un ambiente hippiosillo de buen rollete, somos relativamente pocos y al final uno va conociendo gente, se puede comer un buen plato de pescado o marisco por seis maravedíes...y uno tiene su habitación con su hamaca y todo a dos metros del mar por menos de lo que le costarían un bocadillo de calamares y un zumo de naranja en el aeropuerto del Prat. Además, por si fuera poco, uno descubre con el paso de los días que Taganga tiene más marcha de la que podría parecer. Si tuviera que buscarle un pero a Taganga, sería la omnipresente música que suena a toda máquina, por lo general en forma de reggaeton o vallenato.
Total, que acabamos a las 7h de la mañana, tres horas antes de que Enrique se tuviese que despertar para hacerse la maleta y volar hacia las españas vía Bogotá. Fue una noche bastante divertida...lástima que por aquél entonces no supiéramos que hay un sitio en Taganga que se llama el Garaje que no está nada mal...y que incluso en Santa Marta hay un sitio llamado La Puerta donde salir de copas. Esto lo descubrí ayer con un alemán y un argentino. Para acabar con las recomendaciones, añadiré a la lista los restaurantes Ben & Josep's en Santa Marta (buena carne), el restaurante del albergue Casa de Felipe (para cenar en Taganga) y, como hotel en Taganga, os sugeriré mi querido Casa Blanca, en la playa mismo.
21 abril 2009
The Taganga Stories: recién llegados de la Ciudad Perdida
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Ayer acabamos nuestros seis días de caminata a Ciudad Perdida, que han estado muy bien y han puesto un poco a prueba nuestras piernas y resistencia. El plan diario consistía en despertarse pronto, asearse, desayunar huevos revueltos, caminar 5 ó 6 horas -pausas incluidas- por selva y verdes laderas, con continuas subidas y bajadas, cruzando varias veces el mismo río y bañándonos en alguna de sus piscinas naturales, llegar a nuestro destino, comer algo que habitualmente incluía arroz, pasar la tarde en plan dolce far niente, cenar algo que habitualmente incluía arroz, quedarnos un rato de tertulia o jugando a cartas a la luz de las velas intentando sin éxito rehuir los ataques de los mosquitos y otros bichos y, finalmente, irnos a dormir, habitualmente agotados, estirándonos en una hamaca bastante sucia y cubriéndonos con una manta mucho más sucia todavía.
Nuestro destino diario eran una especie de cabañas, con techo pero sin paredes, bajo cuyo cobijo nuestro guía y porteadores colgaban las hamacas. Los porteadores se ocupaban de llevar la comida y las hamacas, así como de cocinar. Aparte de los tres miembros del equipo, éramos 13: tres chicos israelíes, una pareja de noruegos, un inglés, un y una canadiense y cinco españoles. Los tres únicos valientes que pasaban de la cuarentena eran los otros tres españoles, vascos para más señas: Ana, Bego y Chechu.
Después de tres días de camino, nuestra expedición llegó a Ciudad Perdida, un conjunto de ruinas (básicamente unas terrazas de piedra sobre las que en su día se asentaban unas casas o chozas) situado en lo alto de una montaña, al que se accede subiendo unos 2000 pequeños escalones. Se trata de una antigua ciudad de unos 2000 habitantes -una por escalón, ahora que caigo- que fue fundada por los indios tayronas hacia el año 1200. Los indios Tayrona, que dan nombre al parque natural del mismo nombre a cuyas puertas nos encontramos, fueron echados en su día por unos indios muy malos, que no les dejaron quedarse en la playa y les mandaron tierra adentro. Realmente, tenerse que meter en plena selva cuando uno puede estar en la playa es una auténtica p.t.da, pero los tayrona se lo montaron bastante bien y, siglos más tarde, han conseguido que se les recuerde con cariño y admiración. Creo que el interés de Ciudad Perdida está más en el camino que en la ciudad en sí, aunque tampoco puede infravalorarse la belleza del lugar: a mi me parece que la combinación de piedra con frondosas y verdes vegetaciones siempre resulta la mar de resultona, valga la redundancia.
Un aspecto particularmente interesante de nuestra excursión es el hecho de habernos encontrado a muchos indios, algunos aparentemente descendientes de los tayrona, durante nuestro camino. La zona por donde teníamos que pasar es básicamente una reserva, así que se alguna forma teníamos que 'pedir permiso' a los indios al pasar por su territorio. Los indios que ocupan la reserva están más o menos en contacto con la civilización, dependiendo de cuan lejos están sus aldeas de las rutas turísticas y de si venden o no venden Gatorade a los turistas. Todos los indios que nos hemos cruzado tienen en común el hecho de ser bajitos y con el pelo largo. Al parecer, muchos de ellos son nómadas. Los que nos hemos cruzado parecen muy acostumbrados a la presencia de extranjeros, una presencia que parecen aceptar con cierta resignación y no demasiada simpatía. Un servidor, en vista de su actitud, su timidez y como muestra de respeto, ha preferido no hacerles fotos.
Otra cuestión a destacar es la de la presencia de militares en la zona. De hecho, en toda Colombia uno los encuentra por doquier. En el caso de la excursión a Ciudad Perdida, debemos habernos cruzado con 5 ó 6 destacamentos de soldados muy jóvenes que se dedican a proteger la zona de posibles desalmados que quisieran hacernos daño, como sucedió en 2003 con un grupo de turistas que fueron secuestrados por -creo- los paramilitares. La historia acabó bien y, a día de hoy, el ejército ha tomado pleno control de la zona.
Sí, sé la pregunta que os estáis haciendo y os tengo que contestar con franqueza: Little Harry no vino a Ciudad Perdida y se quedó descansando en Taganga. El Comité de Riesgos -el mismo que evaluó los productos de Madoff, los fondos hipotecarios de Freddie Mac y las cuentas de Lehman Brothers-, formado por Enrique y myself, decidió que se trataba de una aventura demasiado peligrosa para el pequeñín. Hablando de pequeñines, aprovecho para mandarle un saludo a mi querido ahijado, el pequeño Ivan, una vez que la Semana Santa ha pasado en todas las zonas horarias y ya es indiscutible que he faltado a mis obligaciones como padrino, consistentes en regalarle la mona o la palma -esto no lo tengo del todo claro-.
Volviendo a nuestro paseo, decir que la zona donde nos movimos fue hasta hace pocos años una área de cultivo de coca y producción de cocaína, lo que nos permitió uno de los días visitar una antigua planta de producción de esta última. Cuando digo 'planta', me refiero a la típica carpa cutre de 4 por 4 metros que aparece en las noticias de vez en cuando. Allí, con 5 ó 6 cubos, 3 ó 4 recipientes de menor tamaño, 6 ó 7 productos más o menos químicos, una desbrozadora para cortar las hojas, 4 ó 5 operarios y unos cuantos kilos de hoja de coca, se producía hasta hace poco la malévola sustancia. Tuvimos ocasión, pues, de seguir el proceso de elaboración de principio a fin. Lo más interesante fueron las explicaciones de tipo sociológico-organizativo-jerárquico-humanas, dado que en principio no tengo pensado intentar replicar el proceso químico en casa.
También estuvo bien ver algunas plantas y animales, aunque se hubiera agradecido que nuestro guía de Sierra Tours hubiese tenido un poco (mucho) más de conocimiento de la flora, la fauna y la historia de la zona.
en grandes cantidades y están muy bien organizadas)
Ahora, mientras os escribía, acabo de sufrir un shock: acabo de enterarme de que Juan Luis Guerra (como todos sabéis, uno de los cinco grandes de la Historia de la Música junto a Bach, Handel, Mozart y Beethoven) tocará en el festival de vallenato al que asistiré la semana que viene. Hubiera sido una fantástica noticia si no fuese porque su actuación tendrá lugar cuando un servidor ya esté volando de Bogotá a Madriz. No se puede tener todo.
Dicho esto, comentaros que el susodicho festival no responde a mi afición al vallenato -género que desconocía hasta hace poco-, sino más bien a una inquietuz sociológico-cultural, llámese curiosidad...y a la intuición de que me lo pasaré bien en un acontecimiento tan 'auténtico'.
De momento, empero, me quedan 4 ó 5 días por las zonas de playa de Taganga, a la espera de decidir si me adentro o no en el Parque Tayrona, lo cual volvería a implicar dormir en hamacas y renunciar a algunas de las comodidades de que puedo disfrutar, en Taganga, a precio de ganga. La ventaja del parque respecto a Ciudad Perdida es que, al estar al borde y a nivel del mar, no hace frío por la noche. Deciros, por último, que Enrique me abandonará mañana, el día 22, dejándome a mi suerte estos últimos diez días, incluido el día de mi cumple.
Abrazos a todos, gracias por leerme!
Hugo
14 abril 2009
Presentación en Sociedad de Little Harry
todo el mundo quería hacerse una foto con Little Harry...sólo unos pocos privilegiados lo consiguieron)
Eso es todo de momento.
Enrique y yo estamos en el pueblecito de Taganga, a 10 minutos de Santa Marta, 2 horas de Barranquilla y 4 horas de Cartagena de Indias, en la costa caribeña de Colombia, desde donde mañana empezaremos un trek/caminata selvática de 6 días que nos tiene que llevar hasta la Ciudad Perdida.
¡Espero que estéis bien! Abrazos a todos,
Hugo
10 abril 2009
Primeras noticias colombianas desde Medellin
Llegamos tardísimo y a punto estuvimos de perdernos la boda (aquí le llaman "el matrimonio") porque el taxista no sabía cómo llegar. Estuvimos más de una hora buscando La Casa del Lago y llegó un momento en que habíamos perdido toda esperanza: el taxista no tenía ni idea, la gente a quien preguntábamos tampoco (y cuando se inventaban algo, se contradecían) y nadie nos contestaba al teléfono...así pues, habíamos gastado los tres comodines y no sabíamos qué hacer. Afortunadamente, se nos ocurrió llamar a la gente de nuestro hotel, que nos dio un par de indicaciones acertadas que nos permitieron llegar a la boda 5 minutos antes de iniciarse la ceremonia. Nos recibieron con un whisky -o, en su defecto, un vino caliente-, que es la manera de entonarse un poco antes de la ceremonia religiosa...toda una novedad que hay que plantearse importar a las españas. La ceremonia fue bonita y la amenizó un coro la mar de afinado, que nos obsequió, de entrada, con una pieza de la pinícula La Misión.
Después, antes y durante la comida, tuvimos bailes regionales a cargo de unas señoras y señores en vestidos típicos que giraban sobre su eje...podría ser que fuese algo parecido a la tradicional cumbia, pero no estoy seguro. Tenía un toquecillo africano, muy rítmico, con mucho colorido y buen rollo. Me gustó mucho.
Tras la cena, el clásico bailoteo con música latinoide primero y comercial/pop después.
Aquí, como podéis imaginar, se lleva mucho eso de bailar y no es fácil encontrar un local "de rumba" (fiesta, marcha...) donde el grueso del repertorio no se componga de salsa, vallenato, algo de merengue y de vez en cuando alguna ranchera de Vicente Fernández. La gente baila la mar de bien, como es sabido.
El resto del tiempo en Bogotá lo dedicamos básicamente a salir un poco de fiesta, comer bien y pasear con moderación.
Sin ser rematadamente barato, cuando uno viene con sus euros se puede vivir muy bien a precios relativamente moderados.
La noche antes de la boda fuimos a cenar al mítico Andrés Carne de Res, un restaurante/lugar de copas que mucha gente considera imprescindible cuando uno va a Bogotá. Está a casi una horita del centro, pero vale la pena conocer el sitio por lo curioso que es. La comida está bien, el servicio también y lo encuentro bastante animado y acogedor. Es especial.
En Bogotá estuvimos en un hotel sencillo, muy correcto y -de nuevo- acogedor llamado La Casona del Patio, cerca de la Zona Rosa, conocida por su gastronomía y fiestecilla nocturna. Respecto a los restaurantes, recomendaría particularmente el Club Colombia, que lleva el nombre de una cerveza local y al que nos llevaron nuestras nuevas amigas Cata y Cata (Catalina y Catalina), que habíamos conocido a través de una amiga de Josep y Enrique. Club Colombia es un sitio ideal para descubrir la comida local.
Otro de los momentos estelares de nuestra presencia en Bogotá fue mi fuga a Villa de Leyva, prolongando una excursión que hicimos los tres. Con Enrique y Josep decidimos ir a ver la Catedral de Sal (¡subterránea!) de Zipaquirá.
Desde la otra vez que estuve en Colombia, tenía ganas de conocer Villa de Leyva, un pueblecito colonial que está a unas cuatro horas de Bogotá (Zipaquirá está también en dirección norte, pero mucho más cerca de Bogotá). Así pues, mientras Enrique y Josep volvían a Bogotá, yo me fui a Villa de Leyva a pasar la noche.
Aunque estando en Bogotá uno se da cuenta de que no es Europa, las diferencias se magnifican cuando uno sale de la gran ciudad. El camino a Villa de Leyva desde Zipaquirá fue una pequeña odisea. Todos los buses/furgonetillas que pasaban iban llenos y tuve que esperar más de una hora hasta poder subirme en una furgonetilla la mar de rústica y perjudicada donde, a pesar de que todos los asientos iban llenos, me aseguraron que podría viajar sentado. La solución propuesta (me sentaron en un cubo de pintura con un cojincito) no me sorprendió demasiado, a decir verdad. No fue lo más cómodo del mundo, pero cumplió su función. En la furgonetilla iba un señor borrachuzo, que llevaba cuatro cuadros de gran formato y no paraba de decirle al conductor que le denunciaría a la policía cada vez que adelantaba en línea continua. Como siempre por estas tierras, uno puede bajar todo tipo de comidas y piscolabis sin necesidad de bajarse del bus.
Al final, después de coger tres buses (en Colombia se puede decir esto de "coger" sin miedo a que a uno le miren mal), acabé llegando -ya cerrada la noche- a Villa de Leyva. Lo de "ya cerrada la noche" es para darle un toque poético y situar al lector. En el último bus conocí a dos señoras de Villa de Leyva a las que ayudé con las maletas...y ellas me recomendaron una Hostería sencillita donde pasar la noche.
Paseé por la Plaza Mayor de Villa de Leyva -cuyo nombre no recuerdo pero que quizás se llama así- poco después de instalarme en la hostería. Dicen que es la plaza colonial más grande de Sudamérica y yo me lo creo. Es realmente bonita, como el resto del pueblo, y los verdes alrededores contribuyen a mejorar la foto. Hay un ambiente muy agradable y tranquilo, assín que Villa de Leyva me parece un sitio muy adecuado para venir -solo o en pareja-, leerse 2 ó 3 libros y escribir un par de novelas.
Y de Bogotá, a Medellín donde seguimos hoy.
Aparte de salir un poco de fiesta -no tanto puesto que se han cruzado en nuestro camino el Jueves y el Viernes Santo- hemos tenido la suerte de pasear de la mano de dos fantásticas anfitrionas, Lina y Mona, que el jueves nos llevaron de puebleo por la zona de Retiro y La Ceja, a la que se accede saliendo del valle donde se encuentra Medellín (Medallo para los amigos). Placitas de pueblo, mucha gente local que aprovechaba el día de fiesta para pasear o asistir a las procesiones, comidas (incluidas las clásicas arepas) y dulces típicos (incluidas las obleas con arequipe) en las paraditas tipo 'fiesta mayor', mucha música...estuvo muy bien y fue una buena inmersión en la cultura paisa (de Antioquia, el departamento del cual Medellín es capital).
Con una chiva, tipico autobus de tipo ruraloide
Fue durante nuestro paseo del jueves cuando, en una tienda de souvenirs de lo más variopinta, descubrimos a Enriquito -también conocido como Little Harry-, un muñeco que es el vivo retrato de Enrique cuando tenía 30 años menos -barriguita incluida- y que desde entonces se ha convertido en nuestro compañero de viaje. Asumo aquí el firme compromiso de presentaros a la mayor brevedad alguna imagen de Little Harry, tan pronto como me sea posible bajarme las fotos de la cámara. De momento todavía tenemos pendiente hacerle a nuestro amigo un buen Photo Shooting, con su estilismo y todo...a la altura de lo que merece.
Debo decir que cuidar de un niño de tan corta edad es toda una responsabilidad y que, como me han comentado muchos amigos y amigas, "te cambia la vida". Los que penséis que cuando me iba de viaje lo hacía huyendo de mis responsabilidades estaréis orgullosos de mi.
Estas últimas líneas ya las estoy escribiendo el sábado 11. Josep se queda con nosotros hasta mañana, momento en que él volará a Bogotá...mientras que Enrique, Little Harry y yo nos alejaremos de la comodidad y glammour del barrio de El Poblado de Medellín para dirigirnos hacia el norte, donde 3 días más tarde tenemos previsto el inicio de un trek/caminata de 6 días hasta la fantasbulosa Ciudad Perdida, que es como un Machu Picchu a la colombiana. Al final, por muy perdidas que estén, alguien las acaba encontrando. No tenemos todavía muy definida la ruta hacia el norte, aunque sí sabemos que iremos en bus...en algún bus donde quepa la maleta de Enrique.
Con Lina y Mona, en el metrocable, un teleferico que accede a algunas de las zonas menos favorecidas de Medellin
Besos y abrazos, feliz Semana Santa,
Hugo
01 abril 2009
A Colombia hemos de ir...back on track!
