05 octubre 2026

Primera incursión en la Grecia peloponésica: Mani






Agios Dimítrios en Mistrás, donde coronaron a Constantino (el último emperador romano), 
que poco después fue despachado sin demasiadas contemplaciones por los otomanos




A pesar de haber visitado varias islas griegas en los últimos años (Astypalaia bastantes veces, Amorgós dos, Symi, Castelorizo, Kofounisia, Ikaria, Rodas, Alónisos, Milos y breves incursiones en Kos y Skiathos), apenas había estado en la Grecia continental, más allá de la parada obligada en Atenas, donde hemos pasado algunas noches y hecho un poco de visita -un Partenón por aquí, un museo por allá-.

Así que, esta vez, me animé a acercarme a la península del Peloponeso y concretamente a unas de las cuatro ‘patitas’ que se extienden hacia el Sur, en este caso la de Mani. Mani creo que es la menos poblada, quizás por ser de las menos accesibles, al estar prácticamente dividida por el Taigeto, una cadena montañosa de dimensiones considerables.

El viaje ha consistido en poco más que instalarme en dos lugares (3-4 noches) y llevar una vida tranquila: bañitos en el mar, lectura, algo de ejercicio, comida buena y sencilla, trabajo con el ordenador y algún paseo a pie por las cercanías de mis alojamientos. 


No sé qué hay de parecido o diferente entre los griegos de Mani y los de las islas en que he estado. Diría que, en general, posiblemente los he encontrado algo más secos, quizás consecuencia de un entorno relativamente hostil, quién sabe si porque el verano se les está haciendo largo en el sector turístico. Por lo demás, la arquitectura es curiosa, con algunas zonas en que casi todas las edificaciones son en piedra, a menudo en forma de cubo, seguramente consecuencia de la necesidad de defenderse de piratas y otros invasores. Hay, casi siempre, otro tipo de edificaciones, menos cuidadas, que estropean un poco el paisaje, pero en general las vistas son agradables. La naturaleza añade un aspecto agreste, rocoso, montañoso, no necesariamente seco, a la foto global, y varios de los tramos resultan preciosos. Los olivos están literalmente por todas partes y la famosa Kalamata -de aceitunil reputación- queda ligeramente al noroeste de donde yo estuve.

Puede decirse que, más allá de la península de Mani, que solo vi parcialmente, del resto del Peloponeso apenas visité Mistrás, un par de paseos y una comida en Esparta…y bastante carretera. That’s all. Mani me gustó y las 3-4 horas en coche desde el aeropuerto de Atenas valieron claramente la pena, especialmente en comparación con la incomodidad -avión, ferry- que supone desplazarse a la mayor parte de las islas.

En el trayecto de ida desde Atenas a Mani me paré en la zona del Canal de Corinto -ver foto-, donde dormí en un hotel frente a la playa. Fue interesante ver el canal que, sin carecer de mérito, tampoco es gran cosa para los estándares actuales.



El canal de Corinto, Obra Maestra de la ingeniería

 

De las dos zonas donde estuve varios días, la de Kokkala quizás fue la más acertada, en una casita de huéspedes -Ktima Zaxarias- delante mismo de una pequeña cala y con acceso directo al mar. Desde allí fui un día a la fantástica playita de Ampelo, recomendada por unas amigas.

En mi segunda estancia -Karavostasi- el alojamiento estaba muy bien, pero la bahía en que se encontraba había sufrido unas inundaciones a mediados de agosto y la playa estaba llena de tierra y restos orgánicos, con el agua bastante turbia, así que tuve que acabar yéndome a bañar a otro lugar, que acabó siendo fantástico y compensando la más de media hora de conducción de ida y de vuelta.

 


Fase final del desayuno en Karavastasi, con buenas 

vistas pero el agua tan turbia como un buen café griego



Ambas zonas diría que están bastante poco pobladas y, a la que a los gasolineros les daba por no trabajar en domingo – o cualquier otro día-, te ponían en un aprieto. De hecho, la mitad de las gasolineras estaban permanentemente cerradas, lo cual me resultó curioso. Por lo demás, casi siempre había que desplazarse para comprar cualquier cosa.

La comida no es tan distinta de otros lugares de Grecia en que he estado, y en general se comía bastante bien a precios razonables. Destacar que un día comí una especialidad local, un embutido de cerdo (síglino) que además lleva naranja, y que a menudo se añade a una especie de tortilla muy rica, ‘aireada’ a base de añadir leche y batir enérgicamente; me gustó.


La única visita propiamente cultural –y que valió realmente la pena- fue a la antigua ciudad de Mistrás, a las afueras de Esparta, una ciudad bizantina que, a pesar de estar parcialmente en ruinas, conserva mucha de su estructura urbana y algunos de sus edificios principales. Mistrás fue de las últimas ciudades del imperio romano de oriente que resistieron al asedio otomano. No solo eso, sino que en el momento de la caída de Constantinopla, en 1453 -la única fecha anterior a 1492 que me sé medio de memoria-, Mistrás seguía todavía en pie y relativamente floreciente, aunque le quedaban muy pocos años de paz. A ello se añade el hecho de que Constantino, último patriarca de la Constantinopla bizantina (y por lo tanto último emperador romano), que murió defendiéndola, se crió en Mistrás y se dirigió desde allí a la actual Istanbul para ponerse al mando del imperio y -poco después- morir heroicamente. Yo creo que la cosa ya se veía venir, pero sospecho que el emperador tenía un sentido del deber muy marcado.


El arte bizantino me parece muy resultón, especialmente a pequeña escala como es en Mistrás, así que la visita fue realmente bonita: los edificios en sí, los frescos e iconos en las iglesias, etc. La iglesia principal -Ágios Dimítrios- sigue todavía en pie, quizás parcialmente reconstruida, y hay también un monasterio de monjas que sigue activo y que se puede visitar (durante el día). Supongo que si la ciudad se ha salvado y no se construyó sobre Mistrás, es porque está sobre una pendiente y resultaba más sencillo construir una de nuevo en una zona más llana, como se hizo con la Esparta moderna. La tecnolog-IA permite ir caminando y que una voz, en tiempo real, te vaya explicando el significado de cada cosa, contestando a tus preguntas, situándolo todo en su contexto histórico; en este caso fue una maravilla para alguien, como yo, algo alérgico a los guías humanos.

 

Como en muchos otros lugares de Grecia, las playas son de piedras y la arena escasea.

 

Poco más que añadir, si no es decir que me queda mucho Peloponeso por explorar y que esta primera incursión me gustó y me resultó prometedora.



 

 

Fotomontaje idealizado, más o menos 

representativo del viaje y la estética de Mani






Monasterio en Mistrás, con auriculares






Clásica comida en la playa, entre baño y baño, a base de dákos -ensalada 
cretense con una especie de pan duro- y calabacín frito con tsatsiki

 

 


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