15 enero 2011
Último mensaxe de mi viaxe a México
. ((a falta de añadir las fotos)
La llegada al Distrito Federal (DF) no fue como para tirar cohetes: el día era gris y la primera impresión de la ciudad (apenas la había visto desde el aire) no me generó vibraciones demasiado positivas. El camino del aeropuerto a casa de nuestro amigo Josep, tampoco. Y nuestro primer paseo a pie por lo que supuestamente es un barrio ‘de lo más cool’, aún menos.
Pero eso fue ayer. Hoy Enrique y un servidor hemos pasado el día paseando, sobretodo por la zona del zócalo, la plaza central de esta ciudad. La propia plaza me ha gustado, quizás por lo grande y luminosa. Tampoco ha estado mal la visita a la Catedral, ni ver a una curiosa señora que, delante de la misma puerta, hacía campaña acusando a la iglesia católica de México y al ejército de algunas irregularidades; iba vestida de obispo, pero la tela era de colores de camuflaje militar. Muy llamativa, ella. Le deseo suerte, porque me temo que puede necesitarla.
También he hecho una corta visita al Palacio Nacional, que ocupa otro de los lados del zócalo, donde he podido ver uno de los murales de Diego Rivera. Si algo me ha quedado pendiente en este viaje ha sido ver algún moral más de Rivera, Orozco o Siqueiros.
Una constante durante nuestro paseo por el centro ha sido que varias personas nos han recomendado que no fuéramos a según qué zonas o no entrásemos en según qué mercados, a veces sin ni siquiera preguntárselo. “No deberían ustedes ir a Lagunilla” o “¿Qué hacen ustedes en el mercado de La Merced?”. Un hombre por la calle, un taxista, una señora que tiene un puesto en La Merced…ha sido especialmente insistente esta última: “Vayan rápido, compren lo que tengan que comprar y váyanse rápido; y no se metan en un taxi cualquiera”. Suelo pasearme por casi todas partes y sin miedo, pero debo reconocer que la mujer en cuestión, por su insistencia, me ha dejado un poco preocupado. Después de un par de horas paseando sin quitarme la mano derecha del bolsillo (y de encontrar el cacao en grano y los chapulines que buscaba), puede confirmar que hemos salido sanos y salvos. Posteriormente, algunas personas más -y en particular un conductor de taxi- también nos han dicho que no deberíamos haber ido pero, siendo a posteriori y estando sanos y salvos, daban menos miedo. Aparentemente hay algunas zonas del DF donde es mejor no meterse, ni siquiera pasar en coche. Esta sensación de que hay que ir con cuidado es algo que en mayor o menor medida hemos tenido durante todo el viaje: no entrar en según qué zonas, evitar según qué carreteras de noche, nunca hacer ostentación. Aparte de las zonas que puedan ser peligrosas de por sí, en términos generales da la impresión de que hay bastante segregación, como sucede en muchos otros lugares de Latinoamérica: si eres de determinada clase social, no entras en según qué barrios, porque te van a ver el plumero...y te lo van a intentar robar con malos modos.
En cualquier caso, en descarga de México y de sus gentes debo decir que durante nuestro viaje no hemos sufrido violencia ni tampoco la hemos visto. Además, aunque es cierto que casi cada día hay noticias de muertes violentas, uno debe tener en cuenta que la mayor parte de éstas están relacionadas con el narcotráfico y con los que lo ejercen o tratan de impedirlo. También, no hay que olvidar que México es un país de casi 115 millones de personas. Si metemos todos estos datos en una coctelera y los agitamos, creo que no se puede decir que México sea tan peligroso para un viajero más o menos prudente.
Volviendo a la actualidad más rabiosa, el momento estelar del día quizás haya sido nuestra comida en la terraza del Holliday Inn, con vistas al zócalo: un lugar privilegiado, unas vistas fantásticas, la temperatura ideal y un buffet de carnes tipo filete (New York, arrachera y T-bone) realmente fantástico. De hecho, compartíamos terraza con un grupo que celebraba una boda, lo cual le ha dado un toque pintoresco a la escena.
El fin de este artículo lo escribo a posteriori, así que no os sorprendáis si los tiempos cambian un poco.
Mi última -y segunda- noche en el DF, Enrique, Josep y yo salimos a tomar unas copas por el barrio de La Condesa; iniciamos nuestra salida un poco tarde, dado que antes habíamos ido a ver un "combate" de lucha libre mexicana en el mítico Arena. Se trata más de un espectáculo que de una verdadera lucha (son un poco el equivalente mexicano de los Hulk Hogans y similares), una coreografía muy bien ensayada donde parejas o tríos de luchadores se lían a mamporrazos. Unos son muy buenas personas -los "técnicos"- y los otros muy malos -los "rudos"-; contrariamente a lo que podría parecer, gran parte del público se puso -nos pusimos- del lado de los malos. Que si te lanzo contra las cuerdas, que si te tuerzo el brazo, que si salto desde encima de las cuerdas y me abalanzo sobre ti, que si te echo fuera del ring...en resumen, un espectáculo muy entretenido para pasar un buen rato y reírse un poco con Mascarita, El Místico y otros super-héroes. Una experiencia muy recomendable, aunque solo sea una vez en la vida.
Y, después, como os decía, las copillas que tomamos por La Condesa, un barrio "bien" con gente "bien" y bastante niña mona, como suele suceder en estos casos. La ventaja de salir por México es que, aunque se suele distinguir entre bebidas alcohólicas nacionales y bebidas alcohólicas internacionales (más caras), el tequila siempre acaba cayendo en la categoría de las nacionales.
Al día siguiente, mi último en el DF, fuimos a visitar la zona de Xochimilco, un distrito de la capital al que por aquí llaman "la Venecia mexicana". Podríais pensar que la llaman así porque en Xochimilco abundan los museos de pintura italiana del Renacimiento, pero os equivocaríais. Aunque os pueda sorprender, la llaman así porque tiene muchos canales, por donde circulan unas barquitas ('trajineras') que se mueven gracias a la fuerza del 'piloto', una especie de gondolero que se ayuda de un largo palo con el que hace fuerza contra el lecho del canal. Toda esta zona era en su origen un gran lago; todo el terreno que actualmente ocupan las parcelitas con casas, pastos o flores, se construyó sobre el agua hace ya muchos años. A toda esta serie de islas artificiales se las llama 'chinampas'. Si no estoy equivocado, el momento de mayor esplendor de Xochimilco fue con los aztecas, que muy ingeniosamente fueron ganándole terreno al agua. Durante la visita nos acompañó un día gris, así que se vio quizás algo deslucida. Era sábado, a pesar de lo cual la zona estaba muy tranquila y apenas había barcos por los canales; dimos un paseo de 1.30h. La falta de sol y de gente, sumada a lo poco cuidado que estaban muchas parcelas -está lleno de chozas aparentemente habitadas por gente que vive al límite de la pobreza...o metidos de pleno en ella-, convirtió nuestro paseo en algo menos festivo, pero quizás más interesante, de lo que hubiera esperado. Pasamos un buen rato platicando y observando a nuestro alrededor. Hay que decir también que, si nuestro 'gondolero' hubiera sabido algo sobre la zona, sobre cómo se hizo, quién, cuándo o porqué, podría haber resultado una excursión apasionante, pero aparentemente estaba totalmente especializado en el arte de empujar el barco con el palo.
Y poco más queda por contar sobre la que en principio es una de las ciudades más grandes del mundo.
En cambio, hasta ahora no os he contado nada sobre la última parada antes de regresar a la capital: los tres días que Enrique y yo pasamos en San Cristóbal de Las Casas, en pleno centro de Chiapas y en territorio más o menos controlado por los zapatistas que tan de moda se pusieron hace más de una década.
San Cristóbal es, quizás, lo que más me ha gustado de todo nuestro periplo por México. Es uno de esos lugares que aparentemente están lejos de todo e, incluso, al margen de todo. Seguro que alguien diría aquello de "un lugar donde parece que el tiempo se haya detenido", pero no lo haré porque me parece muy cursi. El hecho de encontrarse a más de 2.000 metros sobre el nivel del mar, la mezcla entre lo colonial y lo indígena, sus mercados, sus iglesias, sus calles empedradas y lo luminoso que luce todo, hacen que recuerde un poco a Cuzco, aunque es bastante más tranquila. San Cristóbal está muy preparada para un turismo tranquilo, algo hippioso, relativamente culto, un punto izquierdoso y parcialmente mochilero y que a menudo simpatiza con la causa zapatista. Es un lugar ideal para descansar, pasear, leer, comer, dormir y, en definitiva, vivir, sin tener la sensación de que el tiempo pasa muy rápido y que uno se está perdiendo algo por el hecho de no estar en Tokyo o Nueva York. Como diría el poeta: San Cristóbal de Las Casas mola, tiene un rollo muy simpático, una buena onda contagiosa. También recordaría un poco a Villa de Leyva en Colombia, aunque esta última es mucho más pequeña y no tiene el componente indígena.
Cuando digo 'indígena' me refiero, generalmente, a aquellos grupos/etnias/pueblos o comoquiera que se les llame, descendientes directos de los que poblaban el lugar antes de que llegaran los españoles a mostrarles cómo llevar una vida como Dios manda. Al final, para mi, suelen constituir el principal atractivo de estas poblaciones, con sus ropas vistosas, sus puestos de frutas, verduras y animales en los mercados, sus ritos religiosos y, claro, su particular fisionomía. De hecho, San Cristóbal de Las Casas está ya bastante cerca de Guatemala, con lo que está emparentado con Chichicastenango o los pueblos que hay alrededor del lago Atitlán, dado que se trata también de zonas elevadas y que fueron pobladas por los mayas.
Desde San Cristóbal, aparte de comer bien y recibir masajes -Enrique me ganó 2 a 1 en esta última disciplina-, hicimos dos excursiones. La primera fue un tour organizado al Cañón del Sumidero, un paraje natural con intervención humana que es realmente bonito. Dimos el típico paseo en lancha rápida y me gustó bastante, a pesar de los restos de basura que emergen por doquier y que los gobernantes de Chiapas se esfuerzan aparentemente por limpiar. Después, como parte de ese mismo tour, visitamos la población de Chiapa de Corzo, pero no fue nada del otro mundo.
Nuestra segunda salida de San Cristóbal fue en moto. Enrique y un servidor alquilamos sendas scooter para ir a ver el pueblecito de San Juan Chamula, que se encuentra a apenas 20 minutos de San Cristóbal y que es conocido por estar habitado por un grupo indígena muy tradicional -los chamulas-, que a pesar de estar cerca de una gran ciudad sigue viviendo acorde con sus costumbres. La experiencia de la moto en sí fue muy divertida y, al cabo de un rato, nos habíamos adaptado al tráfico y a las numerosas irregularidades del pavimento. Enrique tuvo unos comienzos difíciles, hasta que le pilló el truco y se dio cuenta de que sentándose más atrás -como si fuera "de paquete"- sus piernas no interferían con el manillar, de forma que podía girar. Llevar una moto por carretera, sin poder girar, puede ser muy mal asunto.
En San Juan Chamula llegó uno de los momentos álgidos del viaje: la visita a la iglesia del mismo nombre. Por fuera, nada nuevo; una bonita iglesia de estilo colonial, de un blanco muy blanco y con frisos de un verde y de un azul muy alegres, sin ser chillones. La iglesia está en uno de los extremos de una gran plaza que suele albergar un mercado y que, para nuestra desgracia, precisamente los miércoles no tiene actividad. Pero nos quedaba entrar en la iglesia, cosa que conseguimos previo pago de una especie de tasa, escaso precio para lo que vimos dentro: una iglesia sin sillas, con una especie de pinaza en el suelo, con las familias de indios chamula celebrando sus particulares ritos sentados en el suelo, con sus velas, sus botellas de Coca Cola, sus gallinas vivas y sus bebidas alcohólicas. Una estampa realmente sorprendente, máximo exponente del sincretismo -fusión de ritos o religiones-, que supongo fue fruto de la voluntad de los chamulas de mantener sus ritos a pesar de las enseñanzas de los misioneros cristianos. A mi me pareció "lo más" y a Enrique también le gustó bastante, por lo que nos quedamos casi una hora dentro, sentados en el suelo, entre los aromas a pino, los grupos de fieles quemando velas a modo de hogueras y las miles de velas -éstas mucho más pequeñas- que quemaban por los cuatro costados. Como telón de fondo, el altar y las capillitas de santos que uno encontraría en cualquier otra iglesia. Para que os hagáis una idea, creo que hasta hace dos años en la iglesia no había habido nunca un cura. La verdad, no parece que lo necesiten.
No quisiera generar expectativas excesivas, pero sí puedo deciros que la iglesia de San Juan Chamula es, por lo menos, un lugar pintoresco y especial.
Desde San Cristóbal solo nos quedó pendiente adentrarnos un poco más en el mundo zapatista. Nos estuvimos planteando hacer una visita a Oventic o a alguno de los pueblos a escasas horas de San Cristóbal controlados por el EZLN y organizados en base a las máximas zapatistas, con sus escuelas, sus cooperativas y toda una organización propia. Al final hicimos un intento, pero justamente ese día no había visita, así que nos perdimos la explicación a cargo de un responsable de comunicación de los zapatistas. Tengo que decir que no nos quedó muy claro porqué este tipo de 'tours' no son demasiado populares (apenas nos constaba la existencia de uno, muy poco publicitado): quizás se deba a que el movimiento zapatista es, en su esencia, un movimiento anti-globalización y, por lo tanto, que no promueve las visitas; quizás se deba a que algunos creen que es peligroso (no es la impresión que nos dio); quizás es que no hay mucho que ver; quizás es que a la gente no le interesa demasiado o es algo con lo que no quiere contribuir. Como os decía, no me quedó muy claro. Nos quedamos, pues, finalmente, con toda la información que respecto a los zapatistas hay en San Cristóbal de Las Casas (que no es poca), con todos los productos y recuerdos fabricados por las mujeres que viven en sus pueblos, con un ambiente que de alguna forma irradia una especie de idealismo de izquierdas con promesas de un mundo diferente y mejor, con sus retratos del Ché y todo lo que es menester.
En resumen, Chiapas es quizás la parte del viaje que más he disfrutado: los días en San Cristóbal me supieron a poco. En general, ha sido un viaje redondo y muy variado. Los mexicanos, como ya os decía, me han parecido gente amable y relativamente culta/informada. En lugares turísticos nos la han intentado colar al menos seis veces al traernos la cuenta -incluyendo cosas que no habíamos consumido o poniendo precios superiores a los de la carta-, pero no creo que sea representativo de la gente en general. Todo el mundo se ha mostrado dispuesto a ayudarnos cuando hemos pedido ayuda, a advertirnos de los posibles peligros o a hacernos recomendaciones de forma desinteresada.
Ha sido, pues, un viaje la mar de entretenido y recomendable; espero que os haya gustado la forma en que os lo he platicado.
A falta de publicar las fotos de esta última etapa, me despido hasta la prójima.
Abrazos!
Hugo
PD: y, por gentileza de mi amigo El Indio, os dejo con un poco de inspiración viajera (lo mío no es viajar ni es nada, snif)
10 enero 2011
México es un pais de contrastes: Puerto Escondido, Playa del Carmen, Cancún, Palenque
Las fotos están en orden inverso al cronológico, una nueva licencia poética (o no) del autor.
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03 enero 2011
Introducción a México. Hoy, Oaxaca.
Hete aqui que os escribo desde el bonito pais de México (pronunciese Méjico), donde llevo una semanita paseando y culturizandome con dos amigos. Ahora mismo nos encontramos en la Peninsula del Yucatan, junto al Mar Caribe, en ese mitico lugar llamado Playa del Carmen. Anteriormente estuvimos en el estado de Oaxaca (pronunciese Oajaca...ya os vais haciendo una idea de la cantidad de jotas que se ahorran por estas tierras), al suroeste del pais, un bonito territorio que da al Oceano Pacifico que, como sabreis, no es precisamente el mas pacifico de los oceanos.
Junto al 20 de Noviembre está el mercado Benito Juárez, el típico donde hay un poco de todo (desde ropa hasta curas milagrosas para enfermedades que en principio son incurables), que no está mal. Tendría más gracia si fuese más amplio y luminoso, pero ya se sabe cómo va el metro cuadrado en Oaxaca. Hablando de mercados, un martes decidimos ir al mercado de Atzompa, un pueblecito que ya casi forma parte de Oaxaca capital, pero la excursión fue bastante decepcionante. No encontramos allí los puestos de venta de productos frescos/vivos , llenos de colorido, que nos hubiera gustado ver. Si el martes era el día de mercado en Atzompa, no quiero imaginarme el hambre que deben pasar los que compran allí un lunes o un jueves cualquiera.
Si la parte 'parabajo' del zócalo es la más popular y comercial, la parte 'pararriba' es la más turística, cuidada y bonita de Oaxaca. Es en esa parte donde está la bonita iglesia de Santo Domingo de Guzmán, a penas a tres o cuatro minutos del zócalo, en una plaza muy luminosa. También es en esa zona donde está la mayor parte de restaurantes y bares pijos, donde los turistas -mexicanos y foráneos-, disfrutan de un refrigerio o piscolabis (qué bonitas palabras, ambas) en una terracita o azotea.
En Oaxaca ciudad paseamos mucho, comimos bastante bien y, por lo demás, no estuvimos excesivamente productivos. Uno de los highlights de esos cuatro días fue la visita a las ruinas de Monte Albán, un complejo situado en una colina con vistas al valle donde se halla Oaxaca ciudad, bastante bien conservado y que me gustó. Sus ocupantes originales fueron los zapotecas que, si no lo tengo mal entendido, son el mismo grupo/raza/etnia/pueblo del que siguen quedando unos 800.000 individuos de pura cepa, a día de hoy, muchos de los cuales viven en los pueblos indígenas que se encuentran en derredor de la capital.
Otro de los momentos estelares de nuestra estancia en Oaxaca fue nuestro paso por el temazcal. El temazcal es una especie de sauna indígena cuyo uso se remonta a tiempos pre-hispánicos. Todo el proceso tiene su ceremonial y me pareció bastante auténtico, particularmente todo el ritual purificador que tiene lugar dentro del propio temazcal, en especial la parte en que le azotan a uno con hierbas aromáticas...hierbas que luego van 'a la cazuela' de donde salen los vapores que uno respira. La temperatura es, inicialmente, relativamente soportable, pero la cosa se complica a medida que va aumentando la humedad y que uno lleva más de media hora dentro del zulo. Al final, aguantamos los 45 minutos de rigor. Dentro del temazcal gozamos también de los cánticos de la temazcalera -la misma señora que nos pegaba con los manojos de hierbas-, que no fueron nada del otro mundo (en voz baja y sin muchas energías). Al acabar descansamos un poco estirados y luego nos hicieron un masaje: no tengo muy claro que lo del masaje esté dentro de la más estricta tradición de la zona, pero estuvo bien y contribuyó definitivamente a dejarnos hechos un trapo, relajados y muertos de sueño. Volvimos al hotel, Enrique se estiró en la cama antes de las 20h y, tal como era de prever, ya no se despertó hasta la mañana del día siguiente. Un servidor hizo un esfuerzo y salió a cenar algo, pero apenas conserva recuerdos lúcidos de esos momentos, dado que andaba en una especie de duermevela. Otra bonita palabra. Os recomiendo el temazcal, pues; más que el duermevela.
De las demás actividades en Oaxaca, me queda solo destacar la visita al museo Rufino Tamayo y un par de comidas. Rufino Tamayo fue un pintor local de mucho renombre y el museo que lleva su ídem está dedicado al arte pre-hispánico: está bastante bien porque, como el hombre era artista, la colección se compone de piezas que están allí por su valor artístico, más incluso que por su valor histórico (que también), lo que lo hace que entre mucho por los ojos, aunque uno no tenga demasiada idea de quién lo hizo ni cuándo ni dónde ni porqué ni cómo. Son básicamente esculturas y utensilios de uso cotidiano hechos en barro o similares.
Las dos comidas más destacables fueron en El Asador Vasco y en La Casa de la Abuela, ambos en el zócalo. Por el nombre, enseguida deduciréis que el primero de los dos es un restaurante especializado en platos locales, como el famoso chichilo, uno de los 7 moles, quizás de los que más cuestan de encontrar si no es en momentos muy específicos del año. El mole chichilo tiene la particularidad de que entre sus ingredientes se cuentan tortillas quemadas. Ya sabéis que aquí las tortillas son las tortas redondas y finas, de maíz, que se usan en casi todo, como pan. A Enrique y a mi nos gustó bastante nuestro chichilo con carne de buey. En La Casa de la Abuela comí un mole negro -uno que lleva cacao y es bastante dulzón- que es harto más fácil de encontrar; era con pollo. Fue en compañía de Pablo, cuando Enrique ya se había de Oaxaca en autobús y cuando a Pablo y a mi nos habían dicho que teníamos que pasar casi 8 horas más en Oaxaca porque, aunque habían vendido más de 100 plazas para nuestro vuelo, al final solo les habían 'mandado' un avión de 50 plazas. Espectacular. Ambos moles me molan.
En realidad, este artículo lo he acabado y publicado ya desde Chiapas, pero a modo de licencia poética os mando un abrazo desde Oaxaca,
Hugo
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01 septiembre 2010
You were always on my mind, Takinoue.







Como colofón de mi ruta por Japón, acabé el tour por la isla de Hokkaido en el pequeño pueblo de Takinoue, en la parte norte de la isla.
Ciertamente, Takinoue no entra en la ruta de nadie que no sean turistas japoneses que, en el mes de junio, quieran ver los famosos campos repletos de flores de color rosa (algo, por otra parte, la mar de vistoso).
Como factor introductorio, debo decir que las últimas dos semanas en Japón he estado viajando con mi amiga japonesa Risiko, a la que conocí en 2007, durante mi viaje. Como ella es persona muy discreta y que no gusta de facebooks ni de blogs, la vamos a mantener todo lo anónima que nos permita la mínima información que los lectores requieren.
Fue, en realidad, Risiko quien sugirió la idea de ir a Takinoue cuando le propuse que escogiera algún lugar para pasar dos días en Hokkaido. Cuando, a principios de mes, me dirigí a las dos principales oficinas de turismo de Hokkaido -la de Sapporo y la de Asahikawa- informándoles de mi intención de visitar Takinoue en agosto, debo decir que hicieron lo posible para disuadirme. La respuesta más habitual (¡tres veces!) fue “There is nothing there at this time of the year”. Aquí, como ya debéis saber a estas alturas, lo tienen todo bastante ordenadito por categorías y, si lo único que les viene en el librito es Takinoue-Turista Japonés-Agosto, cualquier otra posibilidad queda en principio descartada. Pero un servidor no podía dejar de ser fiel a los deseos de Risiko, que además se había adaptado sin rechistar al resto de mi ruta. Además, un servidor había tenido otras experiencias anteriormente en que el instinto y el salirse-de-las-rutas-habituales habían contribuido a vivencias más auténticas y más en contacto con la realidad local.
Total, que un cúmulo de circunstancias nos llevó a reservar en el Suehiro Ryokan, al ser el que quedaba más cerca de la entrada del famoso parque de las flores rosas que florecen y mueren en junio.
Total, que hete que nos vamos en tren y bus desde Sapporo hasta Takinoue, cuatro o cinco horitas. Llegamos a la estación de autobús de Takinoue: llueve, nadie en la estación, ninguno de los 3.000 habitantes del pueblo en la calle, pero nosotros con nuestro mapita para llegar al ryokan.
En llegando al hotel vemos a un señor en manga corta y que va descalzo por la calle, claramente de rasgos occidentales, caminando en la misma dirección que nosotros. Nos pregunta en inglés si somos “los españoles”, a lo que respondemos afirmativamente. Se presenta como Fearon, el marido de la dueña del hotel-ryokan.
Fearon ha resultado ser un tío encantador, con una vida muy movidita por todo el mundo que le hacen a uno preguntarse por qué regla de tres probabilística ha llegado con vida -y con apenas un pie atornillado- hasta los 60 años. Pienso que, por cada Fearon, hay un par que se han quedado por el camino. Por suerte, el nuestro está aquí para contarlo y, a falta de gente que hable inglés por estas latitudes, le sobraban ganas de explicar sus aventuras y de contestar a nuestras preguntas sobre su vida en Hokkaido y la vida en Japón en general.
Patrón de embarcaciones deportivas, navegante en regatas en solitario de casi 100 días, capitán de barcos de la navy americana, participante en carreras de coches por las carreteras del norte de Australia a medias de 250km/h, viajero que cruzó Sudamérica en un Renault 5 viviendo notables aventuras en los 1970s, buen conocedor de África, pescador y cazador de todo tipo de bichos, coleccionista de coches antiguos, constructor de barcos…resulta curioso que alguien así se haya acabado estableciendo en uno de los lugares más tranquilos de la muy tranquila Hokkaido, colaborando con su mujer Kayoko en el hotel y despertándose a las 4AM para prepararle el desayuno a los trabajadores gubernamentales que allí se suelen alojar. La explicación -aparte de lo inexcrutables que puedan ser los caminos del amor- está quizás en que Hokkaido es un buen lugar donde mantenerse físicamente activo y poner en práctica todas sus habilidades manuales.
Hay dos Hokkaidos: en verano, se trata del parque natural de Japón, un lugar tranquilo, más fresco que el resto del país, donde la naturaleza colorida y los pescaditos más frescos están entre sus principales atractivos…mientras los osos campan a sus anchas. En cambio, en invierno, Hokkaido debe ser el infierno sobre hielo: -20ºC de media, todo helado -incluido el mar que lo separa de las frías tierras rusas-, carreteras cortadas, nevadas diarias que hay que mandar a pastar a golpe de pala y un largo etcétera de incomodidades. El paisaje cambia completamente de una época del año a la otra: las carreteras, por ejemplo, están llenas de túneles para nieve, esos que ahora parecen totalmente fuera de lugar pero que en febrero son imprescindibles para mantener abiertas las principales vías de comunicación. La nieve y el hielo lo cubren todo, empezando por el río que está junto al Suehiro Ryokan. Según nos contó Fearon, cuando hace frío de verdad los ciervos se agrupan junto al hotel para entrar un poco en calor y se les puede dar de comer desde la ventana de la cocina.
Todas estas historias sobre el Hokkaido invernal nos las contó Fearon al día siguiente de nuestra llegada, cuando nos dio un tour de 6 horas por Takinoue y alrededores, incluida una “parcelita” con cuatro casitas de madera que está rehabilitando junto a un lago, en un pequeño parque natural a 40 minutos del pueblo; el lugar se llama Camp CC y vale mucho la pena para los amantes de la naturaleza.
Takinoue, por su parte, es una especie de pueblo fantasma, con un montón de atractivos (onsens de aguas termales fantásticos, campos de golf-estilo-japo muy cuidados, jardines de flores y hierbas aromáticas muy destacables y con preciosas vistas, caminos para pasear, un río la mar de apañado para pescar…y un medianamente largo etcétera) que, por alguna razón, nadie disfruta. Es como una especie de parque temático sin visitantes. Se hace bastante extraño, puesto que realmente Takinoue resulta un pueblito atractivo. Quizás parte de la culpa se deba a la actitud algo ‘rebañil’ del pueblo japonés (“O vamos todos o no va nadie”), quizás se deba a los muchos otros atractivos naturales que tiene Hokkaido, quizás es que el gusto por la naturaleza y –particularmente- la tranquilidad no está en
Japón tan extendido…no tengo muy claras las razones. En todo caso, se hace extraño ver la cantidad de dinero público y privado que hay invertido en el pueblecito. Hablando de dinero público, hay que decir que durante nuestro tour por Takinoue entramos también en el ayuntamiento, un edificio imponente para un pueblo de 3.000 habitantes y donde Fearon entró, como no podía ser de otra manera, descalzo.
Kayoko, la dueña del ryokan, también resultó ser bastante simpática aunque, como muchos japoneses, tiene un nivel de confianza bajo en su nivel de inglés, que es bastante bueno. Además, debido a sus ocupaciones, no pudo pasearse con nosotros, lo cual en el fondo tenía su lado bueno, dado que cada minuto que pasaba en la cocina incrementaba bastante notablemente nuestro nivel de bienestar. Y es que Kayoko cocinaba muy bien y, como nos cogieron cariño, se dedicaron a obsequiarnos con lo mejor de lo mejor: las truchas que pescó Fearon por la mañana, sashimi de atún del bueno, la confitura de frambuesas que preparan ellos y unas tostadas de un pan muy bueno para desayunar (a veces no está mal salirse del típico desayuno japonés donde todo es salado) y algunas cosillas más, a menudo de cosecha propia.
Tampoco puedo dejar de comentar la aparición de una foto del Jaguar XK de Fearon –un coche de colección de 1951- con los campos de flores rosas detrás en la portada de una revista de coches, que llenó a nuestro anfitrión de orgullo (ver mini-foto).

Y así, entre paseos, comidas, bañitos en el onsen, ver como le daban de comer a un águila que les viene a ver dos veces al día y las historias de Fearon, el día y medio en Takinoue se nos pasó volando. Tan volando y tan desconectados de todo, que cuando tocó volar de verdad me equivoqué de aeropuerto, con las obvias consecuencias de pérdidas de tiempo y dinero.
Aparte de estos muchos recuerdos, también me he llevado de Takinoue un bonito plato de cerámica que un señor muy amable me regaló cuando fuimos a visitar su tienda. Un chollo, vamos. Dudo que, si alguna vez váis a Takinoue, os traten tan bien como a nosotros, pero yo solo puedo animaros a hacerlo, aunque no me hagáis caso. Grande Takinoue.
Y en el próximo capítulo: The Japan Trilogy III, despedida de Japón.
Abrazos,
Hugo
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24 agosto 2010
Dos semanas en Japón explicadas a lo bruto y casi sin fotos.
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En el último capítulo estábamos en Tokyo, dedicados casi exclusivamente a las nobles tareas de comer y beber.
Por esas fechas ya corrían por Japón mis amigos Nico y Silvia, que se apuntaron a tomar unas copas el último día que estuvo Sonia en Tokyo.
Ese día, por la mañana, Nico, Silvia y un servidor nos fuimos a Yokohama, una ciudad grande que es casi una prolongación del área metropolitana de Tokyo. Subimos a uno de los edificios más altos de Japón, con vistas sobre el puerto y sobre Tokyo, para después pasear y acabar comiendo un pato muy rico en pleno Chinatown de Yokohama. Nos tomó al menos cinco minutos entender que, de toda la carta, solo un plato de la carta contenía pato…y que era sin rollitos y sin salsa. Yokohama nos pareció un lugar bastante agradable y menos bullicioso que la capital. Después estuvimos paseando por el puerto, que es impresionante, particularmente una especie de muelle/embarcadero para barcos grandes, una enorme estructura de diseño, con mucha madera. Aquí, cuando se ponen, lo hacen a lo grande grandísimo.
The next day, de buena mañana, nos fuimos los tres a Kyoto, en uno de los habituales shinkansenes -trenes rápidos- que uno toma cada dos por tres. Allí habíamos quedado con otros amigos, Albert y Tania, que hacían su primer viaje con su baby-Marc. Estuvimos juntos un día y medio, centrando nuestras energías en visitar templos, que es una ocupación de lo más habitual en Kyoto, que fue hasta no hace demasiados siglos la capital del país. Resulta curioso observar como, a pesar de que algunos de los templos tienen la misma ubicación desde hace un montón de tiempo, físicamente muchos apenas tienen doscientos años de antigüedad. Cosas de las guerras, de los terremotos y demás catástrofes y, muy particularmente, de los incendios (los templos de madera tienen la virtud de quemar rápido y bien).
El que estas líneas escribe ya había estado en Kyoto en dos ocasiones; a pesar de ello -oye- creo que vi algunos de los mejores templos en esta tercera visita. Fueron, concretamente, tres, todos ellos budistas: Tenryu-Ji, Daitoku-Ji y Ginkaku-Ji. A todos nos gustaron mucho-Ji. A menudo, por “templo” se entiende un recintillo más o menos cerrado con su templo principal, algunas edificaciones secundarias y una o diversas zonas de jardín. A veces los jardines son de lo mejorcito de cada templo: concebidos con mucho gusto, combinando plantas, madera, piedra, agua y otros elementos con elegancia y, siempre, muy bien cuidados, hasta el más mínimo detalle. El conjunto es, al final, un entorno de lo más relajante, lo que algunos llamarían 'espiritual'. Las edificaciones suelen ser bastante sobrias, externamente todas de madera y por dentro a menudo apenas constituidas por espacios diáfanos con suelos de tatami.
Personalmente, me gusta mucho más este tipo de templo que el que, unos días más tarde, tuve ocasión de ver en Nikko. Encuentro que los de Kyoto se prestan más a actividades espirituales o contemplativas que estos últimos, que parecen hechos para ensalzar a los shoguns (gobernantes) que encargaron su construcción.
Después de volver a pasar por Tokyo estuve en la citada Nikko que, a pesar de lo dicho, me gustó bastante. Había mucha gente, por lo que creo que fue un acierto pasar la noche allí: permitía librarse de las hordas de turistas y conocer el pueblecito con cierta tranquilidad. Me pareció un lugar simpático. Di un paseíto por la naturaleza, conocido como el Gamman-Ga-Fuchi Abyss, que me gustó bastante: está lleno de figuras budistas y es todo ello muy tranquilo. De los templos propiamente dichos, me centré en tres: Tosho-Gu, Futarasan-Jinja y Rinno-Ji, siendo el primero y el último casi de visita obligada. A mi me gustaron más los dos últimos: transmitían más buen rollo. Toda la zona de los templos está poblada de unos árboles enormes, que contribuyen a acentuar la grandiosidad del lugar.
Y de Nikko a Matsushima, un pueblecito junto al mar que algún japonés incluyó, en tiempos remotos, en su top-3 de Japón y que como tal ha pasado a la historia. El pueblo/ciudad está en medio de una bahía repleta de pequeñas islitas pobladas de pinos, lo que crea un espacio la mar de pintoresco. En realidad, el motivo de ir a Matsushima es que había una fiestuqui veraniega, con chiringuitos de comida por doquier y fuegos artificiales. Si los fuegos de Asahikawa estuvieron bien, los de Matsushima fueron extraordinarios, de largo los mejores que he visto en mi vida: por los fuegos en sí y sus increíbles formas y colores, por su enorme tamaño, por su espectacular coordinación y duración; impresionantes. Además, resulta curioso estar en un lugar así el día después de un gran evento, cuando todo el mundo se ha ido. De hecho, apenas media hora después del final de los fuegos ya estaba casi todo recogido: los japoneses son unos currantes y no tienen inconveniente en trabajar a las 9 de la noche para dejarlo todo limpito. En cualquier caso, como decía, al día siguiente no quedaba nadie en Matsushima: a los japoneses les gusta dirigirse en masa a los festivales; hay que ir adonde va todo el mundo…y es que aquí el individualismo o el “yo a la mía” no acaban de estar a la orden del día.
El segundo día que estuve por la zona me di un baño en las playas de Nobiru, que está a unas pocas paradas de tren de Matsushima: no estuvo mal.
Tras dos días en Matsushima, tomé cuatro trenes seguidos y me planté en los Alpes Japoneses, donde había quedado con Silvia y Nico. Habíamos reservado un ryokan-onsen (Yunoshimakan) bastante lujoso, en un lugar llamado Gero, una zona de aguas termales muy popular en Japón.
En un lugar así no hay taaantas actividades diurnas, pero al final nos lo pasamos muy bien entre los baños calientes (quizás demasiado calientes), nuestra participación en las veladas de karaoke del hotel -dando el contrapunto a las canciones en japonés-, las excelentes cenas y desayunos del hotel y una excursión que hicimos al pueblo de Takayama, que está a menos de una hora de Gero y que es una visita muy recomendable. Allí estuvimos paseando por unas zonas de bosque y comiendo una excelente carne con denominación de origen Hida, que es la región donde estábamos. También estuvimos curioseando por el mercado matutino que hay junto al río. Un servidor ya había estado en Takayama y le volvió a gustar: tiene algo de pueblo pirenaico, tipo los que hay subiendo a la Seu d’Urgell, con sus ríos y todo.
Estuvimos, pues, dos días dedicados al dolce far niente, que tampoco es que desentonaran demasiado del resto del viaje: Nico y Silvia se dieron incluso un masaje, porque ellos lo valen.
Volvimos juntos a Tokyo, paseamos por Omote Sando y fuimos a cenar al mítico Gonpachi: la comida estuvo bien, pero el servicio un tanto despistado. Después fuimos a un karaoke privado, donde cada grupo tiene su propio cuartito y puede cantar sin pudor y sin tenerse que tragar la bazofia de pop japonés de los demás. Era nuestro tercer día seguido de karaoke, algo que yo tenía pendiente de conocer desde anteriores visitas al país. Todo el sistema funciona bien y hay muchas canciones en inglés (muy pocas en castellano, francés, portugués, italiano…), pero las imágenes que acompañan a los vídeos son igual de lamentables que en todas partes y a menudo no guardan demasiada/ninguna relación con la canción. Viva el karaoke, pues. Creo que Nico y Silvia cantaron mejor que yo así que, si hiciéramos una clasificación entre los tres, yo hubiera ocupado la siempre honrosa tercera posición.
Al día siguiente por la mañana les di a Nico y Silvia la consabida patada en el trasero y les mandé de vuelta a Barcelona, aprovechando la ocasión para tomar un avión a la isla de Hokkaido, donde ya había estado a principios de mes. Puede costar entender que me dedique a ir de aquí para allá, pero los misterios son así y no se pueden explicar. Total, que me planté en el aeropuerto de Sapporo y de allí tomé un tren a Otaru, un pueblo o pequeña ciudad pesquera con cierta gracia: antiguos almacenes de carga y descarga en obra vista, así tipo industrial, un puestecillo de venta de ostras en la calle (aquí las suelen hacer a la brasa, pero no están mal), canales por donde circulan pequeñas embarcaciones…no es Venecia, pero tiene su gracia y su propia decadencia. Además, tiene fama de tener sushi del bueno, cosa que tuve ocasión de comprobar cenando en la barra del Sushi Zanmai, un restaurante de lo mejorcito que he probado en cuanto a sushi en términos de calidad-precio. Tienen sucursales en Tokyo y al dueño le gusta hacerse el prota y salir en la tele.
Y de Otaru para Sapporo, donde me encuentro ahora. Ayer tuve ocasión de probar un plato llamado jingisukan (la manera japonesa de referirse al gran Genghis Khan), un plato de cordero muy apañado que me hice yo bisbo con una plancha que me pusieron delante.
Hoy he visitado el museo de la cerveza Sapporo y el museo del salmón (qué gran pez) y que, a diferencia del anterior, no ofrecía la posibilidad de hacer una degustación. Grave error. Sin embargo, me ha parecido un museo muy interesante: ya conocéis todos la triste historia del sufrido salmón y no hace falta que os ilustre al respecto.
En el museo explicaban, además, una curiosa y muy loable iniciativa llamada Come Back Salmon o algo así, que hace algunos años que se hace en la ciudad de Sapporo. A finales del siglo pasado (quizás 1980’s), alguien en Sapporo se dio cuenta de que (oh, sorpresa), los salmones habían dejado de remontar el río que cruza la ciudad algunos años atrás. El salmón no es un pez demasiado escrupuloso ni maniático, pero todo tiene su límite y, llegados a cierto punto, se le quitaron las ganas de remontar aguas sucias y pestilentas a contracorriente. Y así fue como surgió la iniciativa Come Back Salmon, que imagino se centró en limpiar las aguas y facilitarle un poco las cosas al bicho feo en cuestión. Total que, a día de hoy, cada año hay más de 1.000 salmones que remontan el río que cruza Sapporo, una ciudad con aproximadamente 1.900.000 habitantes. Olé por los japoneses.
Seguiremos informando…y lo ilustraré todo con fotos.
Abrazos, disfrutad las vacaciones que os queden!
Hugo
13 agosto 2010
El Rincon del Gourmet. Hoy: la comida tambien alimenta el espiritu.
Pues si,
El ser humano se distingue de algunos otros animales por su capacidad de adaptarse al medio.
Se que la mayoria de vosotros, que venis a estas paginas en busca de unas migajas de alimento espiritual que os ayuden a alejaros de las multiples tentaciones de la mundanal existencia, no vereis en estas lineas las muestras de sacrificio ni las vivencias espartanas que tengo por costumbre compartir, pero no puedo dejar de ser fiel a la realidad.
Estos ultimos tres dias me he apartado un poco del camino y he sido abducido por los restaurantes de lujo de los hoteles de 5 estrellas de Tokyo. Y digo abducido porque, como imaginareis, ha sido contra mi voluntad.
Por Tokyo aparecio mi amiga Sonia que, tal como os comente, andaba por estas tierras valorando hoteles de 5 estrellas para sus articulos de viajes. Al ir a menudo estas visitas acompanyadas de cenas en los restaurantes de cada hotel, Sonia acudio en mi ayuda, por aquello de no cenar sola. Y yo, buen amigo que soy, acepte la invitacion. Ha sido una experiencia la mar de interesante que me ha permitido descubrir que en la comida y en la bebida tambien se puede encontrar placer y que, si me apurais, se puede incluso hallar momentos de efimera felicidad.
Han sido, en total, tres sesiones, en dias consecutivos.
El martes: club lounge (merienda pija con vistas de la ciudad) piscina, sauna, jacuzzi, etc. en el Ritz Calton y posterior cena en el mitico Gonpachi -en el que se inspiraron para Kill Bill-, ya narrado en el articulo anterior. Del Ritz Carlton, que me parecio magnifico, no hay fotos. He aqui dos del Gonpachi.
El miercoles nos toco visitar el Park Hyatt de Shinjuku. Fue un tour la mar de interesante por practicamente todo el hotel: habitaciones, salones, bares, restaurantes, biblioteca, piscina, saunas, etc. Pudimos ver una muestra de los cuatro tipos de habitaciones de que dispone el hotel, porque "curiosamente" la suite Presidencial estaba desocupada: se trata de una especie de piso de lujo, algo clasicon en algunos detalles, pero con todas las comodidades, en general decorado con gusto y con los mejores materiales, con su piano, su cocina, dos salones...para un total de unos 300 m2. Una barbaridad, francamente. El segundo nivel tambien era una suite especial que hacia unos 250m2 y que, de nuevo, era un poco excesiva para el comun de los mortales. El tercer y cuarto niveles de habitaciones entraban dentro de lo que se puede considerar "normal" en un hotel de esta categoria. En definitiva, un paseo muy enriquecedor, guiados por tres miembros del equipo de Marketing del hotel, incluida su directora. Que si esto lo disenyo tal arquitecto, que si este color lo escogio personalmente tal disenyador, que si ademas se ocupo de escoger uno a uno como iria ubicado cada libro en cada habitacion (en la Suite Presidencial hay mil libros que en general tratan sobre el bonito tema de Los Jardines)...
Durante el tour, ademas, tuvimos ocasion de ver una bonita perspectiva del Monte Fuji, que habitualmente esta tapado y no se ve desde tan lejos. Es la primera vez que lo veo desde Tokyo.
Una imatge Fuji-sera
Despues nos habian reservado una mesa para cenar en el restaurante New York Grill, en la planta 51 (aprox.), con vistas a la ciudad. Nos recordaron que estabamos invitados y que comieramos lo que quisieramos. Fue en este momento cuando se hizo la foto que encabeza este articulo: tenia que escoger un segundo plato y, logicamente, en un Grill habia que pedir algo a la plancha. Me apetecia carne asi que, una vez descartadas dos carnes australianas y el Kobe (algo muy dentro de mi me impide pedirme un filete de 175 euros cuando estoy invitado), me quedaron cinco de las mejores carnes japonesas entre las que escoger. Fue entonces cuando el camarero me ofrecio traerme una muestra de las susodichas cinco carnes y fue entonces cuando me quede con el Sendai Tenderloin, que es una de las carnes mas memorables que he probado, hecha al grill y apenas con sal.
Para los curiosos, estaba en la carta a 100 euros.
Sonia con su atun, yo con mi carne
El resto de la cena, el cocktail y los vinos (pediamos vinos por copa, para ir probando) estuvieron muy bien. De primero me habia pedido una burratta, una especie de mozzarella mas grasa todavia, que estaba muy buena, sin llegar al nivel de la carne. Son gustos.
Otra perspectiva del New York Grill
Cuando nos acabamos el segundo plato nos invitaron a cambiar de mesa para tomar el postre en el New York Bar, porque nos estaban guardando dos sitios en la mesa alargada que, aparentemente, se uso para rodar alguna escena de Lost in Translation. En estos entornos, las cosas se hacen asi y no hay que rechistar: en ese momento habia que estar en esa mesa, era incuestionable. Parece que les estaba costando "defender nuestras dos plazas" ante los ataques de otros clientes del hotel. Hay que decir que, en su gran mayoria, tanto en el Park Hyatt como al dia siguiente en el Grand Hyatt, la mayor parte de los clientes que estaban dispuestos a gastarse 250 euros por persona en una cena eran japoneses. Casi todos.
En el New York Bar tomamos unos postres muy ricos acompanyados de vino dulzon con uva Gewurztraminer, mientras disfrutabamos de musica en directo (habia un senyor de color -de color negro- de Las Vegas que cantaba muy muy bien). Despues de eso, francamente, ya no nos quedaba lugar para nada mas y, teniendo Sonia que poner por escrito todo lo vivido esa misma noche, nos fuimos ella a California y yo a Boston.
Despues nos habian reservado mesa para cenar en el restaurante japones de la planta 6. Al traernos la carta, nos dimos cuenta de que no aparecian los precios...todo un detalle! (conocia esa formula cuando un caballero invita una senyorita, pero no me lo esperaba). Total que, liberados de cualquier tipo de verguenza o reparo, nos pedimos lo que nos dio la gana: en mi caso, uno de los menus de degustacion que, segun supimos despues, era el plato mas caro de toda la carta (20.000 yenes = 180 euros). Menuda habilidad la mia. Cenamos maravillosamente una vez mas, empezando por el espectacular shabu-shabu que me comi yo. Se trata de una carne de altisima calidad, cocinada en una especie de caldo de vegetales. Fantastica.
Despues tomamos algo en otro del los bares del hotel, adonde se sumaron Nico Bour y Silvia, dos muy buenos amigos con los que comparto 6-7 dias de viaje. Esta vez, para variar, pagamos las copas.
Quedan pendientes las fotos del Grand Hyatt.
Si bien no puedo resumir todos mis pensamientos en tan pocas lineas, si os dire que, en ocasiones, estar en lugares maravillosos, con un entorno disenyado con gusto y encanto, disfrutando los mejores manjares y las mas exquisitas bebidas despues de haberse relajado en la piscina y el jacuzzi, en muy buena companyia y con excelente musica en directo, puede ser una experiencia muy grata.
Y si, ademas, te invitan y te hacen la pelota, aun le anyade cierto encanto al tema.
Ahi queda.
Abrazos,
Hugo
11 agosto 2010
De Hokkaido a Honshu, de las (relativas) privaciones al lujo asiatico

Si, es él, otra vez...
Vista lateral, mientras subia con el telesilla
Una zona comun de dicho albergue
Despues, apurando mis ultimas horas en Sapporo antes de tomar el tren, me fui al Museo de Deportes de Invierno, que esta en las instalaciones de los Juegos Olimpicos de Sapporo 1972, y mas concretamente donde se hacian los saltos de esqui, en el trampolin de Okurazawa. Subir a ver la rampa desde donde los saltadores vuelan hasta 145 metros fue una experiencia casi mistica para alguien que, como yo, ama tan noble deporte. Lastima que algunas atracciones dentro del museo (particularmente el simulador de saltos de trampolin, precisamente), estuviera fuesra de funcionamiento. Ya me veia saltando mas de 100 metros y aterrizando de forma impecable.
Y de alli a la estacion de tren de Sapporo, desde donde al cabo de unas horas me esperaban 16 horas y pico de tren hasta Tokyo...incluido el celebre tunel submarino. La estacion de Sapporo, como muchas en Japon, tiene la virtud de que, aunque pase 2 o 3 horas alli, sigo sin saber donde estoy. Es dificil de explicar para alguien que no haya visto lo que son las estaciones japonesas, con diversos pisos, centros comerciales integrados y un monton de cosas mas que las coonvierten en autenticos laberintos. En la estacion de Shinjuku una vez me estuve mas de una hora para encontrar una parada de autobus. Hoy, mi amigo Nico Bour me comentaba que, en esa misma estacion, anteayer se estuvieron mas de una hora para encontrar su hotel (!). Una estacion de metro mayor que la media pero sin ser nada del otro mundo como la de Ginza (donde yo estoy en Tokyo), tiene mas de 30 salidas a la calle, para que os hagais una idea.
El tren de Sapporo a Tokyo es uno muy mitico para los japoneses, llamado Hokutosei. Todo el mundo le hacia fotos al tren -y particularmente a la locomotora, un poco a la antigua- antes de salir y una vez que llegamos. Yo tenia una cama que supero ampliamente mis expectativas (los de la venta de billetes me la habian "vendido" como un asiento reclinable, pero era una cama en toda regla). Ademas, comi en el tren (y muy bien!) una vez que me di cuenta de que existia un vagon-restaurante y que a la habitacion no me iban a traer ni una bolsa de pipas. Una experiencia muy chula y muy japonesa.
Llegue ayer por la manyana a Tokyo la mar de descansadito, volvi a instalarme en el barrio de Ginza y me fui al museo de Edo-Tokyo, un museo de historia de la ciudad (y del pais) que esta muy currado. Afortunadamente, en el tren habia estado leyendo las 10 paginucas de historia de Japon que incluye mi guia de viajes, porque si no me hubiese enterado de bien poco. En la ultima planta del museo hay un restaurante donde pude completar mi alimentacion cultural con una mas tangible...y con vistas a la ciudad. Aqui un museo asi parece normalito, pero eso es solo porque "Tokyo es la capital del mundo" (esta frase, de mi propia cosecha, quizas es un poco hiperbolica, pero tiene su parte de verdad en muchos ambitos; en terminos gastronomicos, por ejemplo, Tokyo tiene mas estrellas michelin que New York y Paris juntas, que no es moco de pavo).
Por la tarde habia quedado con mi amiga Sonia Graupera (http://www.soniatravelguides.com/), gran viajera que ademas escribe bastante sobre viajes, a menudo para revistas y para alguna web especializada. Gracias a estas labores, a menudo la invitan a hoteles y restaurantes para que escriba sobre ellos.
Asi, hete aqui que me propuso que la acompanyase al hotel Ritz-Carlton, a tomar el te y comidillas ricas en el piso 50 y pico, nadar un poco en la piscina y darnos una sesion -cada sexo por su lado, como siempre en Japon- de jacuzzis y saunas varias. Todo ello, invitados por la direccion del hotel. En mi periplo consegui, sin esforzarme, usar 8 toallas (dos en la ducha, una en cada una de las dos saunas, dos en la tumbona de la piscina y otra para secarme...mas una para secar el banyador). Todas eran obligatorias excepto la ultima: el lujo a veces esta un poco renyido con la ecologia. Despues de ello, oye, nos habian invitado a cenar al restaurante Gonpachi de Nishi-Azabu, donde yo ya habia estado 3 o 4 veces y donde nos ofrecieron una degustacion de sus mejores, tratandonos a cuerpo de rey y dedicandonos todas las atenciones, incluido un tour por el restaurante. Realmente el Gonpachi vale la pena...y no fue hasta la semana pasada cuando supe que se inspiraron en el para algunas escenas de la peli Kill Bill, de Tarantino. Efectivamente, la estetica recuerda mucho y hay fotos de el comiendo alli. El dia antes habia estado cenando alli el gran Stevie Wonder, por cierto (yo, estas cosas, me las creo siempre). El restaurante tiene apenas 9 anyos, pero parece "de toda la vida" y se sigue respirando un ambiente fantastico y comiendo y bebiendo bien. Y, ayer, gratis. Viva el Gonpachi.
Hoy Sonia y yo tenemos programado un tour por el hotel Park Hyatt de Shinjuku, que al parecer es donde se rodo la peli Lost in Translation. He creido razonable sumarme al tour de las habitaciones y del resto del hotel porque, ademas de ser interesante, me parece consecuente con el hecho de que aceptar que despues nos inviten a cenar en el grill de la ultima o penultima planta. No hay como tener amigos. Total, que seguramente nos volvamos a poner las botas en un sitio muy chulo. Pero hablaremos bien de ello...y luego vosotros ireis...y lo pagareis de vuestro bolsillo...y asi cerraremos el circulo y todos estaremos la mar de contentos y bien alimentados, como el cochino jabalin.
De fotos ando mal porque me olvide el cargador en bcn y estaba racionando la bateria, pero hoy los de la tienda Leica donde la compre se han ofrecido a cargarmela y me han dado una alegria...asi que confio en poder ilustrar mejor mis proximos escritos.
Gracias por leerme (Julipolali, Joki...y los que esteis ahi!), abrazos,
Hugo