15 enero 2011

Último mensaxe de mi viaxe a México

. ((a falta de añadir las fotos)


La llegada al Distrito Federal (DF) no fue como para tirar cohetes: el día era gris y la primera impresión de la ciudad (apenas la había visto desde el aire) no me generó vibraciones demasiado positivas. El camino del aeropuerto a casa de nuestro amigo Josep, tampoco. Y nuestro primer paseo a pie por lo que supuestamente es un barrio ‘de lo más cool’, aún menos.

Pero eso fue ayer. Hoy Enrique y un servidor hemos pasado el día paseando, sobretodo por la zona del zócalo, la plaza central de esta ciudad. La propia plaza me ha gustado, quizás por lo grande y luminosa. Tampoco ha estado mal la visita a la Catedral, ni ver a una curiosa señora que, delante de la misma puerta, hacía campaña acusando a la iglesia católica de México y al ejército de algunas irregularidades; iba vestida de obispo, pero la tela era de colores de camuflaje militar. Muy llamativa, ella. Le deseo suerte, porque me temo que puede necesitarla.

También he hecho una corta visita al Palacio Nacional, que ocupa otro de los lados del zócalo, donde he podido ver uno de los murales de Diego Rivera. Si algo me ha quedado pendiente en este viaje ha sido ver algún moral más de Rivera, Orozco o Siqueiros.

Una constante durante nuestro paseo por el centro ha sido que varias personas nos han recomendado que no fuéramos a según qué zonas o no entrásemos en según qué mercados, a veces sin ni siquiera preguntárselo. “No deberían ustedes ir a Lagunilla” o “¿Qué hacen ustedes en el mercado de La Merced?”. Un hombre por la calle, un taxista, una señora que tiene un puesto en La Merced…ha sido especialmente insistente esta última: “Vayan rápido, compren lo que tengan que comprar y váyanse rápido; y no se metan en un taxi cualquiera”. Suelo pasearme por casi todas partes y sin miedo, pero debo reconocer que la mujer en cuestión, por su insistencia, me ha dejado un poco preocupado. Después de un par de horas paseando sin quitarme la mano derecha del bolsillo (y de encontrar el cacao en grano y los chapulines que buscaba), puede confirmar que hemos salido sanos y salvos. Posteriormente, algunas personas más -y en particular un conductor de taxi- también nos han dicho que no deberíamos haber ido pero, siendo a posteriori y estando sanos y salvos, daban menos miedo. Aparentemente hay algunas zonas del DF donde es mejor no meterse, ni siquiera pasar en coche. Esta sensación de que hay que ir con cuidado es algo que en mayor o menor medida hemos tenido durante todo el viaje: no entrar en según qué zonas, evitar según qué carreteras de noche, nunca hacer ostentación. Aparte de las zonas que puedan ser peligrosas de por sí, en términos generales da la impresión de que hay bastante segregación, como sucede en muchos otros lugares de Latinoamérica: si eres de determinada clase social, no entras en según qué barrios, porque te van a ver el plumero...y te lo van a intentar robar con malos modos.

En cualquier caso, en descarga de México y de sus gentes debo decir que durante nuestro viaje no hemos sufrido violencia ni tampoco la hemos visto. Además, aunque es cierto que casi cada día hay noticias de muertes violentas, uno debe tener en cuenta que la mayor parte de éstas están relacionadas con el narcotráfico y con los que lo ejercen o tratan de impedirlo. También, no hay que olvidar que México es un país de casi 115 millones de personas. Si metemos todos estos datos en una coctelera y los agitamos, creo que no se puede decir que México sea tan peligroso para un viajero más o menos prudente.

Volviendo a la actualidad más rabiosa, el momento estelar del día quizás haya sido nuestra comida en la terraza del Holliday Inn, con vistas al zócalo: un lugar privilegiado, unas vistas fantásticas, la temperatura ideal y un buffet de carnes tipo filete (New York, arrachera y T-bone) realmente fantástico. De hecho, compartíamos terraza con un grupo que celebraba una boda, lo cual le ha dado un toque pintoresco a la escena.

El fin de este artículo lo escribo a posteriori, así que no os sorprendáis si los tiempos cambian un poco.

Mi última -y segunda- noche en el DF, Enrique, Josep y yo salimos a tomar unas copas por el barrio de La Condesa; iniciamos nuestra salida un poco tarde, dado que antes habíamos ido a ver un "combate" de lucha libre mexicana en el mítico Arena. Se trata más de un espectáculo que de una verdadera lucha (son un poco el equivalente mexicano de los Hulk Hogans y similares), una coreografía muy bien ensayada donde parejas o tríos de luchadores se lían a mamporrazos. Unos son muy buenas personas -los "técnicos"- y los otros muy malos -los "rudos"-; contrariamente a lo que podría parecer, gran parte del público se puso -nos pusimos- del lado de los malos. Que si te lanzo contra las cuerdas, que si te tuerzo el brazo, que si salto desde encima de las cuerdas y me abalanzo sobre ti, que si te echo fuera del ring...en resumen, un espectáculo muy entretenido para pasar un buen rato y reírse un poco con Mascarita, El Místico y otros super-héroes. Una experiencia muy recomendable, aunque solo sea una vez en la vida.

Y, después, como os decía, las copillas que tomamos por La Condesa, un barrio "bien" con gente "bien" y bastante niña mona, como suele suceder en estos casos. La ventaja de salir por México es que, aunque se suele distinguir entre bebidas alcohólicas nacionales y bebidas alcohólicas internacionales (más caras), el tequila siempre acaba cayendo en la categoría de las nacionales.

Al día siguiente, mi último en el DF, fuimos a visitar la zona de Xochimilco, un distrito de la capital al que por aquí llaman "la Venecia mexicana". Podríais pensar que la llaman así porque en Xochimilco abundan los museos de pintura italiana del Renacimiento, pero os equivocaríais. Aunque os pueda sorprender, la llaman así porque tiene muchos canales, por donde circulan unas barquitas ('trajineras') que se mueven gracias a la fuerza del 'piloto', una especie de gondolero que se ayuda de un largo palo con el que hace fuerza contra el lecho del canal. Toda esta zona era en su origen un gran lago; todo el terreno que actualmente ocupan las parcelitas con casas, pastos o flores, se construyó sobre el agua hace ya muchos años. A toda esta serie de islas artificiales se las llama 'chinampas'. Si no estoy equivocado, el momento de mayor esplendor de Xochimilco fue con los aztecas, que muy ingeniosamente fueron ganándole terreno al agua. Durante la visita nos acompañó un día gris, así que se vio quizás algo deslucida. Era sábado, a pesar de lo cual la zona estaba muy tranquila y apenas había barcos por los canales; dimos un paseo de 1.30h. La falta de sol y de gente, sumada a lo poco cuidado que estaban muchas parcelas -está lleno de chozas aparentemente habitadas por gente que vive al límite de la pobreza...o metidos de pleno en ella-, convirtió nuestro paseo en algo menos festivo, pero quizás más interesante, de lo que hubiera esperado. Pasamos un buen rato platicando y observando a nuestro alrededor. Hay que decir también que, si nuestro 'gondolero' hubiera sabido algo sobre la zona, sobre cómo se hizo, quién, cuándo o porqué, podría haber resultado una excursión apasionante, pero aparentemente estaba totalmente especializado en el arte de empujar el barco con el palo.

Y poco más queda por contar sobre la que en principio es una de las ciudades más grandes del mundo.

En cambio, hasta ahora no os he contado nada sobre la última parada antes de regresar a la capital: los tres días que Enrique y yo pasamos en San Cristóbal de Las Casas, en pleno centro de Chiapas y en territorio más o menos controlado por los zapatistas que tan de moda se pusieron hace más de una década.

San Cristóbal es, quizás, lo que más me ha gustado de todo nuestro periplo por México. Es uno de esos lugares que aparentemente están lejos de todo e, incluso, al margen de todo. Seguro que alguien diría aquello de "un lugar donde parece que el tiempo se haya detenido", pero no lo haré porque me parece muy cursi. El hecho de encontrarse a más de 2.000 metros sobre el nivel del mar, la mezcla entre lo colonial y lo indígena, sus mercados, sus iglesias, sus calles empedradas y lo luminoso que luce todo, hacen que recuerde un poco a Cuzco, aunque es bastante más tranquila. San Cristóbal está muy preparada para un turismo tranquilo, algo hippioso, relativamente culto, un punto izquierdoso y parcialmente mochilero y que a menudo simpatiza con la causa zapatista. Es un lugar ideal para descansar, pasear, leer, comer, dormir y, en definitiva, vivir, sin tener la sensación de que el tiempo pasa muy rápido y que uno se está perdiendo algo por el hecho de no estar en Tokyo o Nueva York. Como diría el poeta: San Cristóbal de Las Casas mola, tiene un rollo muy simpático, una buena onda contagiosa. También recordaría un poco a Villa de Leyva en Colombia, aunque esta última es mucho más pequeña y no tiene el componente indígena.

Cuando digo 'indígena' me refiero, generalmente, a aquellos grupos/etnias/pueblos o comoquiera que se les llame, descendientes directos de los que poblaban el lugar antes de que llegaran los españoles a mostrarles cómo llevar una vida como Dios manda. Al final, para mi, suelen constituir el principal atractivo de estas poblaciones, con sus ropas vistosas, sus puestos de frutas, verduras y animales en los mercados, sus ritos religiosos y, claro, su particular fisionomía. De hecho, San Cristóbal de Las Casas está ya bastante cerca de Guatemala, con lo que está emparentado con Chichicastenango o los pueblos que hay alrededor del lago Atitlán, dado que se trata también de zonas elevadas y que fueron pobladas por los mayas.

Desde San Cristóbal, aparte de comer bien y recibir masajes -Enrique me ganó 2 a 1 en esta última disciplina-, hicimos dos excursiones. La primera fue un tour organizado al Cañón del Sumidero, un paraje natural con intervención humana que es realmente bonito. Dimos el típico paseo en lancha rápida y me gustó bastante, a pesar de los restos de basura que emergen por doquier y que los gobernantes de Chiapas se esfuerzan aparentemente por limpiar. Después, como parte de ese mismo tour, visitamos la población de Chiapa de Corzo, pero no fue nada del otro mundo.

Nuestra segunda salida de San Cristóbal fue en moto. Enrique y un servidor alquilamos sendas scooter para ir a ver el pueblecito de San Juan Chamula, que se encuentra a apenas 20 minutos de San Cristóbal y que es conocido por estar habitado por un grupo indígena muy tradicional -los chamulas-, que a pesar de estar cerca de una gran ciudad sigue viviendo acorde con sus costumbres. La experiencia de la moto en sí fue muy divertida y, al cabo de un rato, nos habíamos adaptado al tráfico y a las numerosas irregularidades del pavimento. Enrique tuvo unos comienzos difíciles, hasta que le pilló el truco y se dio cuenta de que sentándose más atrás -como si fuera "de paquete"- sus piernas no interferían con el manillar, de forma que podía girar. Llevar una moto por carretera, sin poder girar, puede ser muy mal asunto.

En San Juan Chamula llegó uno de los momentos álgidos del viaje: la visita a la iglesia del mismo nombre. Por fuera, nada nuevo; una bonita iglesia de estilo colonial, de un blanco muy blanco y con frisos de un verde y de un azul muy alegres, sin ser chillones. La iglesia está en uno de los extremos de una gran plaza que suele albergar un mercado y que, para nuestra desgracia, precisamente los miércoles no tiene actividad. Pero nos quedaba entrar en la iglesia, cosa que conseguimos previo pago de una especie de tasa, escaso precio para lo que vimos dentro: una iglesia sin sillas, con una especie de pinaza en el suelo, con las familias de indios chamula celebrando sus particulares ritos sentados en el suelo, con sus velas, sus botellas de Coca Cola, sus gallinas vivas y sus bebidas alcohólicas. Una estampa realmente sorprendente, máximo exponente del sincretismo -fusión de ritos o religiones-, que supongo fue fruto de la voluntad de los chamulas de mantener sus ritos a pesar de las enseñanzas de los misioneros cristianos. A mi me pareció "lo más" y a Enrique también le gustó bastante, por lo que nos quedamos casi una hora dentro, sentados en el suelo, entre los aromas a pino, los grupos de fieles quemando velas a modo de hogueras y las miles de velas -éstas mucho más pequeñas- que quemaban por los cuatro costados. Como telón de fondo, el altar y las capillitas de santos que uno encontraría en cualquier otra iglesia. Para que os hagáis una idea, creo que hasta hace dos años en la iglesia no había habido nunca un cura. La verdad, no parece que lo necesiten.

No quisiera generar expectativas excesivas, pero sí puedo deciros que la iglesia de San Juan Chamula es, por lo menos, un lugar pintoresco y especial.

Desde San Cristóbal solo nos quedó pendiente adentrarnos un poco más en el mundo zapatista. Nos estuvimos planteando hacer una visita a Oventic o a alguno de los pueblos a escasas horas de San Cristóbal controlados por el EZLN y organizados en base a las máximas zapatistas, con sus escuelas, sus cooperativas y toda una organización propia. Al final hicimos un intento, pero justamente ese día no había visita, así que nos perdimos la explicación a cargo de un responsable de comunicación de los zapatistas. Tengo que decir que no nos quedó muy claro porqué este tipo de 'tours' no son demasiado populares (apenas nos constaba la existencia de uno, muy poco publicitado): quizás se deba a que el movimiento zapatista es, en su esencia, un movimiento anti-globalización y, por lo tanto, que no promueve las visitas; quizás se deba a que algunos creen que es peligroso (no es la impresión que nos dio); quizás es que no hay mucho que ver; quizás es que a la gente no le interesa demasiado o es algo con lo que no quiere contribuir. Como os decía, no me quedó muy claro. Nos quedamos, pues, finalmente, con toda la información que respecto a los zapatistas hay en San Cristóbal de Las Casas (que no es poca), con todos los productos y recuerdos fabricados por las mujeres que viven en sus pueblos, con un ambiente que de alguna forma irradia una especie de idealismo de izquierdas con promesas de un mundo diferente y mejor, con sus retratos del Ché y todo lo que es menester.

En resumen, Chiapas es quizás la parte del viaje que más he disfrutado: los días en San Cristóbal me supieron a poco. En general, ha sido un viaje redondo y muy variado. Los mexicanos, como ya os decía, me han parecido gente amable y relativamente culta/informada. En lugares turísticos nos la han intentado colar al menos seis veces al traernos la cuenta -incluyendo cosas que no habíamos consumido o poniendo precios superiores a los de la carta-, pero no creo que sea representativo de la gente en general. Todo el mundo se ha mostrado dispuesto a ayudarnos cuando hemos pedido ayuda, a advertirnos de los posibles peligros o a hacernos recomendaciones de forma desinteresada.

Ha sido, pues, un viaje la mar de entretenido y recomendable; espero que os haya gustado la forma en que os lo he platicado.

A falta de publicar las fotos de esta última etapa, me despido hasta la prójima.

Abrazos!

Hugo


PD: y, por gentileza de mi amigo El Indio, os dejo con un poco de inspiración viajera (lo mío no es viajar ni es nada, snif)




10 enero 2011

México es un pais de contrastes: Puerto Escondido, Playa del Carmen, Cancún, Palenque

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Las fotos están en orden inverso al cronológico, una nueva licencia poética (o no) del autor.
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Agua Azul


Simpatizantes de los zapatitas, de camino a Agua Azul



Misol-Ha


La animada plaza de Palenque (El Parque), antes de que
empezasen los conciertos de marimba de la noche



Un elegante transeúnte, en El Parque de Palenque



Vista de las ruinas de Palenque (la foto hace injusticia)


Los orígenes mayas del baloncesto, en Chichén Itzá



Chichen Itzá y el que suscribe



Con Enrique, visitando Tulum, unas bonitas ruinas junto al Mar Caribe



La visita a las ruinas de Tulum incluye la posibilidad
de bañarse en esta agradable playa



Una de las bastantes piezas que me gustaron en la visita al museo
Rufino Tamayo, en Oaxaca (ver artículo anterior)



Puesta de sol en la playa de Zicatela, Puerto Escondido


Esperando para tirarme en paracaídas, en Puerto Escondido


Un momento del bonito vuelo de Oaxaca a Puerto Escondido
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Sí amigos,
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Después de dos semanas en México (pronúnciese Méjico) y de no haber publicado ni una palabra en el blog, aquí está mi segundo post en dos días consecutivos, que pretende cubrir todo lo que no ha sido Oaxaca City. Es decir: Puerto Escondido, Playa del Carmen, Cancún y Palenque.

Siempre había soñado con incluir "es un país de contrastes" en el título de algún artículo, así que aquí queda.

Nuestro viaje se está desarrollando por el Sur de México, más concretamente en los estados de Oaxaca, Quintana Roo/Yucatán y Chiapas. De Oaxaca ya os conté nuestra estancia en Oaxaca ciudad pero, ¡oh infelices!, todavía no sabíais nada de nuestras peripecias en Puerto Escondido.
Puerto Escondido es un pueblo de playa del estado de Oaxaca, bañado por las aguas del Pacífico. Para que os hagáis una idea precisa, está bastante más al Sur que Acapulco, por ejemplo, que es otra localidad en esa misma costa. Si no hubiera turismo, Puerto Escondido sería bien poca cosa, pero gracias al bonito clima de la zona y a algunas olas muy buenas para el surf, se trata de un lugar muy frecuentado por turistas mexicanos y extranjeros. Los surfers y las familias mexicanas constituyen, en cierto modo, los dos extremos de entre los que visitan estos lugares; en medio estamos muchos otros visitantes que ni chicha ni limoná. De hecho, cada uno de los dos grupos anteriormente mencionados tiene su propia playa y su propia zona de restaurantes...y no es que se mezclen demasiado. Puerto Escondido (llamémosle PE) me gustó mucho: es un lugar tranquilo, con unas playas bonitas, un cierto buen rollete/buena onda en el ambiente, sol, buena comida, actividades acuáticas...un buen lugar para relajarse unos días. En nuestro caso, tres días, incluida la noche de fin de año.
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A PE llegamos en una especie de avionetilla de la compañía AeroTucán -el nombre ya da una idea-, en un vuelo la mar de simpático desde Oaxaca ciudad, sin copiloto ni nada y pudiendo ver las maniobras del piloto (y todos sus truquis) desde mi asiento en primera fila. No es la primera vez que gozo de tal privilegio, pero no deja de resultar curioso subirse a un avioncito como quien se sube a un autobús, cuando para subir a otros aviones le hacen pasar a uno por unos controles que ni en Alcatraz. El vuelo de Oaxaca a Puerto Escondido, de apenas 45 minutos, permite contemplar un cambio de paisaje notable desde un valle relativamente seco hasta el oceano, pasando por una cadena montañosa de lo más verde.
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Curiosamente, el día después de aterrizar en PE, Enrique y yo volvimos a ese mismo aeropuerto para subirnos a otra avioneta, que en este caso nos permitió estrenarnos en el bonito arte de tirarse en paracaídas. Fue una experiencia muy recomendable, algo que yo tenía pendiente desde hacía tiempo; una vez, estuvimos a puntito de saltar, pero al final hubo demasiado viento en el ventoso Empordá y no pudimos hacerlo. Aquí en México me da que son un poco menos estrictos, así que pudimos saltar a pesar de la ventisca. Fue muy bonito y pasé mucho menos miedo del que esperaba. Recuerdo muy bien los últimos pasos con mi 'profe' hasta la puerta de la avioneta, ya a 4.000 metros...todos los demás ya habían saltado solo quedaba el piloto; me recordó a mi corta pero intensa participación en la Guerra de Vietnam. El momento más impactante fue el principio de la caída libre, quizás los primeros 3 ó 4 segundos; después seguimos cayendo durante aproximadamente un minuto, dando vueltas como peonzas, para que finalmente Juan Pablo abriera el paracaídas y planeásemos unos minutos antes de aterrizar sobre la misma playa de Zicatela, la de los surferos. Un ligero dolor de oídos, algo de mareo y unos minutos un poco atontado fueron escaso precio para tamaña experiencia.
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Lo más curioso de todo el proceso fue, precisamente, cuando entramos en el aeropuerto de Puerto Escondido, sin tarjetas de embarque, ni pasaportes, ni maletas, ligeros de ropa e incluso descalzos, y pasamos delante de los mismos mostradores donde facturan los que van a volar y no tienen ninguna intención de saltar del avión.
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Fin de Año en Puerto Escondido fue algo más animado y bastante menos hippioso de lo que hubiera imaginado; encontramos un par de buenas fiestas donde pasamos unas cuantas horas. También fueron destacables en PE nuestras visitas al restaurante Pascale, donde hay un francés al mando del grill que hace maravillas con pescados y mariscos (si tuviera a mano marisco gallego o francés ya sería la bomba). México, por lo general, es un país relativamente barato para los estándares europeos, incluso en lugares turísticos. Nos alojamos en el hotel Paraíso Escondido, que es bastante recomendable, aunque si volviera intentaría alojarme en la playa de Zicatela, en lugar del centro del pueblo. Cosas de hacer las reservas con poca antelación...y cosas de Fin de Año.
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Y de Puerto Escondido, en avión, a Oaxaca ciudad, donde como os decía en mi anterior post Aeroméxico nos hizo la pirula y nos acabó haciendo llegar 10 horas más tarde de lo previsto a Cancún. A veces es mejor volar en una avioneta de AeroTucán.
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Si en Puerto Escondido éramos tres (Pablo, Enrique y yo), en Cancún ya éramos cuatro, una vez que se incorporó al grupo Josep, un habitual en los viajes con Enrique y conmigo desde el lejano año 2007. Josep viaja bastante a México, a menudo por trabajo, pero no había estado todavía en la zona mega-turística de la Península de Yucatán, así que propuso que nos viéramos allí. Ha sido, de momento, la parte más festiva del viaje. Empezamos con tres días en Playa del Carmen, una localidad de playa a una hora de Cancún, mucho menos explotada que esta última (que no podría estarlo más), con algo más de clase, un público particularmente joven y con gustos algo más particulares. Si en Cancún todo parecen ser mega-hoteles de 3.000 habitaciones, en Playa del Carmen la escala es otra, se puede ir a pie de un sitio a otro y uno tiene la sensación de estar en un gran pueblo de playa, en lugar de en una gran ciudad como Cancún. En Playa del Carmen, por ejemplo, prácticamente solo se oye música electrónica: por las mañanas en la playa, por las tardes en los bares y en la propia playa, por las noches en los clubes donde cada noche hay sesiones con algún DJ de renombre...no hay manera de librarse. A mi, en cierta dosis, me gusta, pero llegaba un momento en que era monotemática y omnipresente. Incluso desde la habitación de nuestro hotel, el Mosquito Blue, no dejábamos de oírla, dado que estábamos en mitad del meollo y que la música electrónica no está concebida para sonar bajita -con eso, concuerdo-.
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Uno de los días en Playa del Carmen hicimos una excursión a unos cenotes (pozas de agua dulce donde uno se puede bañar), concretamente los de Dos Ojos, donde nos dimos un chapuzón guiado, con gafas y tubo, de un par de horas. Me gustó bastante. El último día en Playa del Carmen nos dio por ir a ver ruinas mayas, así que cogimos nuestro coche de alquiler y fuimos a ver los vestigios de Tulum, cuya principal particularidad y atractivo reside en estar junto al mar.
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Y, de allí, un palizón de coche, con Josep al volante, para ver las míiiiiiticas ruinas de Chichén Itzá a punta de escopeta; de hecho, llegamos tan justos que entramos sin pagar y apenas estuvimos 45 minutos en el recinto. Lo justo para ver lo esencial y no enterarnos de nada. Y de allí ya no volvimos a Playa del Carmen sino a Cancún, donde teníamos una reserva para una noche en un mega-hotel como el que os decía antes, concretamente el laberíntico Gran Meliá. Noche de fiesta donde le sacábamos al menos 12 años a la media de edad de los demás asistentes, un percance de Enrique (a quien le birlaron la cartera con sus tarjetas de crédito, DNI, algo de dinero...y las llaves de casa) y por la mañana comida de despedida en el muy recomendable restaurante Lorenzillo's, en una especie de embarcadero sobre el mar. Pablo y Josep se iban al DF (el Distrito Federal, oséase la enorme capital de este país) en avión, mientras que Enrique y un servidor teníamos un autobús de 13 horas hasta Palenque, en Chiapas, en la que iba a ser y está siendo la etapa más mochilera, austera, revolucionaria y zapatista de nuestro variopinto periplo.
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Y aquí estamos, el día después de nuestra llegada, todavía en Palenque. Ayer visitamos las muy notables ruinas mayas del mismo nombre, que quizás son las que hasta hoy más nos han impresionado. Son del período clásico de los mayas, alrededor de los años 700 y 800 AD, si no me equivoco, bastante antes de que llegase el máximo esplendor a Chichén Itzá y a los demás reinos de la Península del Yucatán, que creo que fue en el período post-clásico. Hoy hemos hecho una excursión a las cataratas/cascadas de Misol-Ha y de Agua Azul. La primera es una cascada que cae desde unos 35 metros, la segunda es una serie de cascadas más pequeñas, a lo largo del curso de un río donde uno se puede bañar en muchos lugares en unas aguas limpias de un azul claro intenso. Aquí aseguran que es azul turquesa y no seré yo quien les lleve la contraria. Ambas visitas han valido la pena, especialmente la segunda, que ha incluido un chapuzón. De todas maneras, tal como le comentaba esta mañana a Enrique, a veces sería mejor no haber estado nunca en las cataratas de Iguazú.
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Y mañana, a una hora y de una forma todavía por definir -seguramente en bus o en furgonetilla-, a pasar nuestros últimos tres días en Chiapas, con sede en la nunca suficientemente ponderada San Cristóbal de Las Casas, de quien mucha gente habla bien, en pleno territorio del sub-comandante Marcos y de sus fieles zapatitas.
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Asín fueron las cosas y asín se las hemos platicado, con el máximo rigor.
Como siempre.
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Besos y abrazos,
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El Hugo
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03 enero 2011

Introducción a México. Hoy, Oaxaca.

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Con Pablo, comiendo en La Casa de la Abuela, con vistas al zócalo


Vistas de parte del zócalo de Oaxaca y de la Catedral, desde el mismo restaurante


Ventanal de la iglesia de Santo Domingo, desde dentro


Con Pablo, en las ruinas de Monte Albán



Monte Albán itself


Lateral de la iglesia de Santo Domingo


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¡Hola amigos!
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Voy a platicarles cuatro cositas de mi viaje, wey,

Hete aqui que os escribo desde el bonito pais de México (pronunciese Méjico), donde llevo una semanita paseando y culturizandome con dos amigos. Ahora mismo nos encontramos en la Peninsula del Yucatan, junto al Mar Caribe, en ese mitico lugar llamado Playa del Carmen. Anteriormente estuvimos en el estado de Oaxaca (pronunciese Oajaca...ya os vais haciendo una idea de la cantidad de jotas que se ahorran por estas tierras), al suroeste del pais, un bonito territorio que da al Oceano Pacifico que, como sabreis, no es precisamente el mas pacifico de los oceanos.

Hasta ahora, Mexico me esta pareciendo un pais la mar de simpatico y sus gentes, por lo general, tambien. Los seres humanos que nos hemos encontrado me han parecido amables y educados. Como turista, a veces se hace un poco pesada la cuestion de las propinas, que para algunos de los que nos sirven parece ser una cuestion de vida o muerte, aliciente mas que suficiente para dejarse de tonterias y negociarlas o reclamarlas a lo cutre.

Los primeros dias en el pais (en el ya lejano año 2010) estuvimos, como os decia, en el estado de Oaxaca, al suroeste de Mexico. Alli pasamos una semana, entre la capital del estado (la ciudad de Oaxaca) y el pueblecito playero de Puerto Escondido, en la costa del Pacifico. En un inicio fuimos solo Enrique y un servidor, pues problemas de salud hicieron que Pablo (franco-apañó afincado en Londres) llegase un par de dias mas tarde.

La ciudad de Oaxaca, donde pasamos cuatro dias, es un lugar la mar de animado. El centro está siempre abarrotado de gente, especialmente el zócalo, que es una enorme plaza llena de arboles y que tiene su Catedral, sus niños jugando con sus globos y todo. En Mexico, por lo tanto, la plaza mas importante de cada ciudad no tiene porque llamarse Plaza de Armas.

Oaxaca, el estado, vendria a ser, segun las malas lenguas, uno de los mas interesantes de Mexico: tiene sus indigenas autoctonos, sus vestigios coloniales , sus ruinas pre-hispanicas, una cocina con mucha fama y algunos otros atractivos dignos de mención que no mencionaremos. Oaxaca ciudad, o al menos la parte historica, esta organizada en cuadricula. La parte que se encuentra al sur del zocalo (parabajo) es la mar comercial y popular, con sus mercados, sus puestos callejeros, su trafico y sus individuos e individuas de aqui para allá. En esta parte esta el Mercado 20 de Noviembre que, a pesar de su nombre, esta abierto todo el año. Es un mercado de comida de verdad, de la que se come, no de la que uno tiene que cocinarse en casa. El 20N está lleno de puestecitos de comida, en plan informal y sencilo, donde degustar las especiaidades locales: que si los famosos 7 moles (7 platos ditintos, cada uno con su salsa), que si una sopa, que si las carnes a la parrilla, que si un tazon de chocolate caliente con un bollo, que si las clasicas especialidades mexicanas (enchiladas, quesadillas y un monton de otros platos que combinan tortillas de maiz, queso, salsa de tomate verde/rojo, frijoles y algo de carne de cerdo/buey)... Enrique y yo comimos dos veces en el 20N y, ciertamente, el nivel es muy respetable. No es que sea el súmum del glammour ni de la higiene, pero lo compensa con creces su autenticidad y variedad . Además, en el 20N también te ofrecen por doquier los famosos chapulines, que no son otra cosa que saltamontes fritos.
Afortunadamente para nosotros, hemos llegado en plena temporada de chapulines, lo que nos ha permitido degustarlos en su máximo esplendor, con ajo y sal o con chile. Además, algunas de las mujeres que venden chapulines, ya puestas, no dejan pasar la oportunidad de vender gusanos. Debo decir que, dentro de un orden, tanto los chapulines como los gusanos me han parecido bastante potables. Los chapulines son crujientitos, con un sabor que, sin ser nada del otro mundo, se hace la mar de agradable con un poco de sal y limón. El resultado, pues, es muy correcto y no dudo ni por un instante que si hubiera nacido aquí comería chapulines all day long, desde pequeñín, en casa, en el trabajo y en las recepciones del señor embajador. En Oaxaca los chapulines son como las aceitunas del aperitivo. Los gusanos, que no tienen nada de la textura desagradable que uno podría imaginarse, son relativamente duritos y tienen un sabor como cárnico que, a mi humilde entender, podría incluso clasificarse de bueno. No formo parte de esa escuela de crítica gastronómica que, cuando prueba algún bicho raro, lo resume todo con el célebre "Pues a mi me sabe como el pollo", así que, si queréis saber más de esas delicias que son chapulines y gusanos oaxaqueños, los tendréis que probar por vosotros mismos. Aún a riesgo de decir algo que pueda ser muy polémico, os diré que ambos bichos me han gustado más que las hormigas culonas de Colombia.

Junto al 20 de Noviembre está el mercado Benito Juárez, el típico donde hay un poco de todo (desde ropa hasta curas milagrosas para enfermedades que en principio son incurables), que no está mal. Tendría más gracia si fuese más amplio y luminoso, pero ya se sabe cómo va el metro cuadrado en Oaxaca. Hablando de mercados, un martes decidimos ir al mercado de Atzompa, un pueblecito que ya casi forma parte de Oaxaca capital, pero la excursión fue bastante decepcionante. No encontramos allí los puestos de venta de productos frescos/vivos , llenos de colorido, que nos hubiera gustado ver. Si el martes era el día de mercado en Atzompa, no quiero imaginarme el hambre que deben pasar los que compran allí un lunes o un jueves cualquiera.

Si la parte 'parabajo' del zócalo es la más popular y comercial, la parte 'pararriba' es la más turística, cuidada y bonita de Oaxaca. Es en esa parte donde está la bonita iglesia de Santo Domingo de Guzmán, a penas a tres o cuatro minutos del zócalo, en una plaza muy luminosa. También es en esa zona donde está la mayor parte de restaurantes y bares pijos, donde los turistas -mexicanos y foráneos-, disfrutan de un refrigerio o piscolabis (qué bonitas palabras, ambas) en una terracita o azotea.

En Oaxaca ciudad paseamos mucho, comimos bastante bien y, por lo demás, no estuvimos excesivamente productivos. Uno de los highlights de esos cuatro días fue la visita a las ruinas de Monte Albán, un complejo situado en una colina con vistas al valle donde se halla Oaxaca ciudad, bastante bien conservado y que me gustó. Sus ocupantes originales fueron los zapotecas que, si no lo tengo mal entendido, son el mismo grupo/raza/etnia/pueblo del que siguen quedando unos 800.000 individuos de pura cepa, a día de hoy, muchos de los cuales viven en los pueblos indígenas que se encuentran en derredor de la capital.

Otro de los momentos estelares de nuestra estancia en Oaxaca fue nuestro paso por el temazcal. El temazcal es una especie de sauna indígena cuyo uso se remonta a tiempos pre-hispánicos. Todo el proceso tiene su ceremonial y me pareció bastante auténtico, particularmente todo el ritual purificador que tiene lugar dentro del propio temazcal, en especial la parte en que le azotan a uno con hierbas aromáticas...hierbas que luego van 'a la cazuela' de donde salen los vapores que uno respira. La temperatura es, inicialmente, relativamente soportable, pero la cosa se complica a medida que va aumentando la humedad y que uno lleva más de media hora dentro del zulo. Al final, aguantamos los 45 minutos de rigor. Dentro del temazcal gozamos también de los cánticos de la temazcalera -la misma señora que nos pegaba con los manojos de hierbas-, que no fueron nada del otro mundo (en voz baja y sin muchas energías). Al acabar descansamos un poco estirados y luego nos hicieron un masaje: no tengo muy claro que lo del masaje esté dentro de la más estricta tradición de la zona, pero estuvo bien y contribuyó definitivamente a dejarnos hechos un trapo, relajados y muertos de sueño. Volvimos al hotel, Enrique se estiró en la cama antes de las 20h y, tal como era de prever, ya no se despertó hasta la mañana del día siguiente. Un servidor hizo un esfuerzo y salió a cenar algo, pero apenas conserva recuerdos lúcidos de esos momentos, dado que andaba en una especie de duermevela. Otra bonita palabra. Os recomiendo el temazcal, pues; más que el duermevela.

De las demás actividades en Oaxaca, me queda solo destacar la visita al museo Rufino Tamayo y un par de comidas. Rufino Tamayo fue un pintor local de mucho renombre y el museo que lleva su ídem está dedicado al arte pre-hispánico: está bastante bien porque, como el hombre era artista, la colección se compone de piezas que están allí por su valor artístico, más incluso que por su valor histórico (que también), lo que lo hace que entre mucho por los ojos, aunque uno no tenga demasiada idea de quién lo hizo ni cuándo ni dónde ni porqué ni cómo. Son básicamente esculturas y utensilios de uso cotidiano hechos en barro o similares.

Las dos comidas más destacables fueron en El Asador Vasco y en La Casa de la Abuela, ambos en el zócalo. Por el nombre, enseguida deduciréis que el primero de los dos es un restaurante especializado en platos locales, como el famoso chichilo, uno de los 7 moles, quizás de los que más cuestan de encontrar si no es en momentos muy específicos del año. El mole chichilo tiene la particularidad de que entre sus ingredientes se cuentan tortillas quemadas. Ya sabéis que aquí las tortillas son las tortas redondas y finas, de maíz, que se usan en casi todo, como pan. A Enrique y a mi nos gustó bastante nuestro chichilo con carne de buey. En La Casa de la Abuela comí un mole negro -uno que lleva cacao y es bastante dulzón- que es harto más fácil de encontrar; era con pollo. Fue en compañía de Pablo, cuando Enrique ya se había de Oaxaca en autobús y cuando a Pablo y a mi nos habían dicho que teníamos que pasar casi 8 horas más en Oaxaca porque, aunque habían vendido más de 100 plazas para nuestro vuelo, al final solo les habían 'mandado' un avión de 50 plazas. Espectacular. Ambos moles me molan.

En realidad, este artículo lo he acabado y publicado ya desde Chiapas, pero a modo de licencia poética os mando un abrazo desde Oaxaca,

Hugo

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01 septiembre 2010

You were always on my mind, Takinoue.


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Mr. Takinoue, una especie de elfo muy popular en su tierra




El lago cerca del Camp CC de Fearon: assín de verde es Hokkaido


El puente de Takinoue, que era más útil cuando los trenes todavía llegaban al pueblo



Un túnel anti-nieve: en verano resulta la mar de curioso; en invierno está más oscuro que el ventre del bou



La cabaña que Fearon se ha rehabilitado en su Camp CC: tiene puertas anti-osos y todo lo necesario para sobrevivir en plena naturaleza



Así es Hokkaido en invierno; por eso no viene nadie (si no es para esquiar)



El temible zorro de Hokkaido, que se acerca a los coches para pedir comida (má vale de pedí que no de robá)

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Doncs yes,

Como colofón de mi ruta por Japón, acabé el tour por la isla de Hokkaido en el pequeño pueblo de Takinoue, en la parte norte de la isla.

Ciertamente, Takinoue no entra en la ruta de nadie que no sean turistas japoneses que, en el mes de junio, quieran ver los famosos campos repletos de flores de color rosa (algo, por otra parte, la mar de vistoso).

Como factor introductorio, debo decir que las últimas dos semanas en Japón he estado viajando con mi amiga japonesa Risiko, a la que conocí en 2007, durante mi viaje. Como ella es persona muy discreta y que no gusta de facebooks ni de blogs, la vamos a mantener todo lo anónima que nos permita la mínima información que los lectores requieren.

Fue, en realidad, Risiko quien sugirió la idea de ir a Takinoue cuando le propuse que escogiera algún lugar para pasar dos días en Hokkaido. Cuando, a principios de mes, me dirigí a las dos principales oficinas de turismo de Hokkaido -la de Sapporo y la de Asahikawa- informándoles de mi intención de visitar Takinoue en agosto, debo decir que hicieron lo posible para disuadirme. La respuesta más habitual (¡tres veces!) fue “There is nothing there at this time of the year”. Aquí, como ya debéis saber a estas alturas, lo tienen todo bastante ordenadito por categorías y, si lo único que les viene en el librito es Takinoue-Turista Japonés-Agosto, cualquier otra posibilidad queda en principio descartada. Pero un servidor no podía dejar de ser fiel a los deseos de Risiko, que además se había adaptado sin rechistar al resto de mi ruta. Además, un servidor había tenido otras experiencias anteriormente en que el instinto y el salirse-de-las-rutas-habituales habían contribuido a vivencias más auténticas y más en contacto con la realidad local.

Total, que un cúmulo de circunstancias nos llevó a reservar en el Suehiro Ryokan, al ser el que quedaba más cerca de la entrada del famoso parque de las flores rosas que florecen y mueren en junio.

Total, que hete que nos vamos en tren y bus desde Sapporo hasta Takinoue, cuatro o cinco horitas. Llegamos a la estación de autobús de Takinoue: llueve, nadie en la estación, ninguno de los 3.000 habitantes del pueblo en la calle, pero nosotros con nuestro mapita para llegar al ryokan.

En llegando al hotel vemos a un señor en manga corta y que va descalzo por la calle, claramente de rasgos occidentales, caminando en la misma dirección que nosotros. Nos pregunta en inglés si somos “los españoles”, a lo que respondemos afirmativamente. Se presenta como Fearon, el marido de la dueña del hotel-ryokan.

Fearon ha resultado ser un tío encantador, con una vida muy movidita por todo el mundo que le hacen a uno preguntarse por qué regla de tres probabilística ha llegado con vida -y con apenas un pie atornillado- hasta los 60 años. Pienso que, por cada Fearon, hay un par que se han quedado por el camino. Por suerte, el nuestro está aquí para contarlo y, a falta de gente que hable inglés por estas latitudes, le sobraban ganas de explicar sus aventuras y de contestar a nuestras preguntas sobre su vida en Hokkaido y la vida en Japón en general.

Patrón de embarcaciones deportivas, navegante en regatas en solitario de casi 100 días, capitán de barcos de la navy americana, participante en carreras de coches por las carreteras del norte de Australia a medias de 250km/h, viajero que cruzó Sudamérica en un Renault 5 viviendo notables aventuras en los 1970s, buen conocedor de África, pescador y cazador de todo tipo de bichos, coleccionista de coches antiguos, constructor de barcos…resulta curioso que alguien así se haya acabado estableciendo en uno de los lugares más tranquilos de la muy tranquila Hokkaido, colaborando con su mujer Kayoko en el hotel y despertándose a las 4AM para prepararle el desayuno a los trabajadores gubernamentales que allí se suelen alojar. La explicación -aparte de lo inexcrutables que puedan ser los caminos del amor- está quizás en que Hokkaido es un buen lugar donde mantenerse físicamente activo y poner en práctica todas sus habilidades manuales.

Hay dos Hokkaidos: en verano, se trata del parque natural de Japón, un lugar tranquilo, más fresco que el resto del país, donde la naturaleza colorida y los pescaditos más frescos están entre sus principales atractivos…mientras los osos campan a sus anchas. En cambio, en invierno, Hokkaido debe ser el infierno sobre hielo: -20ºC de media, todo helado -incluido el mar que lo separa de las frías tierras rusas-, carreteras cortadas, nevadas diarias que hay que mandar a pastar a golpe de pala y un largo etcétera de incomodidades. El paisaje cambia completamente de una época del año a la otra: las carreteras, por ejemplo, están llenas de túneles para nieve, esos que ahora parecen totalmente fuera de lugar pero que en febrero son imprescindibles para mantener abiertas las principales vías de comunicación. La nieve y el hielo lo cubren todo, empezando por el río que está junto al Suehiro Ryokan. Según nos contó Fearon, cuando hace frío de verdad los ciervos se agrupan junto al hotel para entrar un poco en calor y se les puede dar de comer desde la ventana de la cocina.

Todas estas historias sobre el Hokkaido invernal nos las contó Fearon al día siguiente de nuestra llegada, cuando nos dio un tour de 6 horas por Takinoue y alrededores, incluida una “parcelita” con cuatro casitas de madera que está rehabilitando junto a un lago, en un pequeño parque natural a 40 minutos del pueblo; el lugar se llama Camp CC y vale mucho la pena para los amantes de la naturaleza.

Takinoue, por su parte, es una especie de pueblo fantasma, con un montón de atractivos (onsens de aguas termales fantásticos, campos de golf-estilo-japo muy cuidados, jardines de flores y hierbas aromáticas muy destacables y con preciosas vistas, caminos para pasear, un río la mar de apañado para pescar…y un medianamente largo etcétera) que, por alguna razón, nadie disfruta. Es como una especie de parque temático sin visitantes. Se hace bastante extraño, puesto que realmente Takinoue resulta un pueblito atractivo. Quizás parte de la culpa se deba a la actitud algo ‘rebañil’ del pueblo japonés (“O vamos todos o no va nadie”), quizás se deba a los muchos otros atractivos naturales que tiene Hokkaido, quizás es que el gusto por la naturaleza y –particularmente- la tranquilidad no está en

Japón tan extendido…no tengo muy claras las razones. En todo caso, se hace extraño ver la cantidad de dinero público y privado que hay invertido en el pueblecito. Hablando de dinero público, hay que decir que durante nuestro tour por Takinoue entramos también en el ayuntamiento, un edificio imponente para un pueblo de 3.000 habitantes y donde Fearon entró, como no podía ser de otra manera, descalzo.

Kayoko, la dueña del ryokan, también resultó ser bastante simpática aunque, como muchos japoneses, tiene un nivel de confianza bajo en su nivel de inglés, que es bastante bueno. Además, debido a sus ocupaciones, no pudo pasearse con nosotros, lo cual en el fondo tenía su lado bueno, dado que cada minuto que pasaba en la cocina incrementaba bastante notablemente nuestro nivel de bienestar. Y es que Kayoko cocinaba muy bien y, como nos cogieron cariño, se dedicaron a obsequiarnos con lo mejor de lo mejor: las truchas que pescó Fearon por la mañana, sashimi de atún del bueno, la confitura de frambuesas que preparan ellos y unas tostadas de un pan muy bueno para desayunar (a veces no está mal salirse del típico desayuno japonés donde todo es salado) y algunas cosillas más, a menudo de cosecha propia.

Tampoco puedo dejar de comentar la aparición de una foto del Jaguar XK de Fearon –un coche de colección de 1951- con los campos de flores rosas detrás en la portada de una revista de coches, que llenó a nuestro anfitrión de orgullo (ver mini-foto).



Y así, entre paseos, comidas, bañitos en el onsen, ver como le daban de comer a un águila que les viene a ver dos veces al día y las historias de Fearon, el día y medio en Takinoue se nos pasó volando. Tan volando y tan desconectados de todo, que cuando tocó volar de verdad me equivoqué de aeropuerto, con las obvias consecuencias de pérdidas de tiempo y dinero.

Aparte de estos muchos recuerdos, también me he llevado de Takinoue un bonito plato de cerámica que un señor muy amable me regaló cuando fuimos a visitar su tienda. Un chollo, vamos. Dudo que, si alguna vez váis a Takinoue, os traten tan bien como a nosotros, pero yo solo puedo animaros a hacerlo, aunque no me hagáis caso. Grande Takinoue.

Y en el próximo capítulo: The Japan Trilogy III, despedida de Japón.

Abrazos,

Hugo

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24 agosto 2010

Dos semanas en Japón explicadas a lo bruto y casi sin fotos.

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Tres super-héroes, rodeados de amigos


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Silvi y Nico, con un servidor, todos cenando en yukata (kimono informal y veraniego), como es menester en un ryokan



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Nico y un mismo servidor, clavando un tema en el karaoke del hotel.

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En el último capítulo estábamos en Tokyo, dedicados casi exclusivamente a las nobles tareas de comer y beber.

Por esas fechas ya corrían por Japón mis amigos Nico y Silvia, que se apuntaron a tomar unas copas el último día que estuvo Sonia en Tokyo.
Ese día, por la mañana, Nico, Silvia y un servidor nos fuimos a Yokohama, una ciudad grande que es casi una prolongación del área metropolitana de Tokyo. Subimos a uno de los edificios más altos de Japón, con vistas sobre el puerto y sobre Tokyo, para después pasear y acabar comiendo un pato muy rico en pleno Chinatown de Yokohama. Nos tomó al menos cinco minutos entender que, de toda la carta, solo un plato de la carta contenía pato…y que era sin rollitos y sin salsa. Yokohama nos pareció un lugar bastante agradable y menos bullicioso que la capital. Después estuvimos paseando por el puerto, que es impresionante, particularmente una especie de muelle/embarcadero para barcos grandes, una enorme estructura de diseño, con mucha madera. Aquí, cuando se ponen, lo hacen a lo grande grandísimo.

The next day, de buena mañana, nos fuimos los tres a Kyoto, en uno de los habituales shinkansenes -trenes rápidos- que uno toma cada dos por tres. Allí habíamos quedado con otros amigos, Albert y Tania, que hacían su primer viaje con su baby-Marc. Estuvimos juntos un día y medio, centrando nuestras energías en visitar templos, que es una ocupación de lo más habitual en Kyoto, que fue hasta no hace demasiados siglos la capital del país. Resulta curioso observar como, a pesar de que algunos de los templos tienen la misma ubicación desde hace un montón de tiempo, físicamente muchos apenas tienen doscientos años de antigüedad. Cosas de las guerras, de los terremotos y demás catástrofes y, muy particularmente, de los incendios (los templos de madera tienen la virtud de quemar rápido y bien).
El que estas líneas escribe ya había estado en Kyoto en dos ocasiones; a pesar de ello -oye- creo que vi algunos de los mejores templos en esta tercera visita. Fueron, concretamente, tres, todos ellos budistas: Tenryu-Ji, Daitoku-Ji y Ginkaku-Ji. A todos nos gustaron mucho-Ji. A menudo, por “templo” se entiende un recintillo más o menos cerrado con su templo principal, algunas edificaciones secundarias y una o diversas zonas de jardín. A veces los jardines son de lo mejorcito de cada templo: concebidos con mucho gusto, combinando plantas, madera, piedra, agua y otros elementos con elegancia y, siempre, muy bien cuidados, hasta el más mínimo detalle. El conjunto es, al final, un entorno de lo más relajante, lo que algunos llamarían 'espiritual'. Las edificaciones suelen ser bastante sobrias, externamente todas de madera y por dentro a menudo apenas constituidas por espacios diáfanos con suelos de tatami.
Personalmente, me gusta mucho más este tipo de templo que el que, unos días más tarde, tuve ocasión de ver en Nikko. Encuentro que los de Kyoto se prestan más a actividades espirituales o contemplativas que estos últimos, que parecen hechos para ensalzar a los shoguns (gobernantes) que encargaron su construcción.

Después de volver a pasar por Tokyo estuve en la citada Nikko que, a pesar de lo dicho, me gustó bastante. Había mucha gente, por lo que creo que fue un acierto pasar la noche allí: permitía librarse de las hordas de turistas y conocer el pueblecito con cierta tranquilidad. Me pareció un lugar simpático. Di un paseíto por la naturaleza, conocido como el Gamman-Ga-Fuchi Abyss, que me gustó bastante: está lleno de figuras budistas y es todo ello muy tranquilo. De los templos propiamente dichos, me centré en tres: Tosho-Gu, Futarasan-Jinja y Rinno-Ji, siendo el primero y el último casi de visita obligada. A mi me gustaron más los dos últimos: transmitían más buen rollo. Toda la zona de los templos está poblada de unos árboles enormes, que contribuyen a acentuar la grandiosidad del lugar.

Y de Nikko a Matsushima, un pueblecito junto al mar que algún japonés incluyó, en tiempos remotos, en su top-3 de Japón y que como tal ha pasado a la historia. El pueblo/ciudad está en medio de una bahía repleta de pequeñas islitas pobladas de pinos, lo que crea un espacio la mar de pintoresco. En realidad, el motivo de ir a Matsushima es que había una fiestuqui veraniega, con chiringuitos de comida por doquier y fuegos artificiales. Si los fuegos de Asahikawa estuvieron bien, los de Matsushima fueron extraordinarios, de largo los mejores que he visto en mi vida: por los fuegos en sí y sus increíbles formas y colores, por su enorme tamaño, por su espectacular coordinación y duración; impresionantes. Además, resulta curioso estar en un lugar así el día después de un gran evento, cuando todo el mundo se ha ido. De hecho, apenas media hora después del final de los fuegos ya estaba casi todo recogido: los japoneses son unos currantes y no tienen inconveniente en trabajar a las 9 de la noche para dejarlo todo limpito. En cualquier caso, como decía, al día siguiente no quedaba nadie en Matsushima: a los japoneses les gusta dirigirse en masa a los festivales; hay que ir adonde va todo el mundo…y es que aquí el individualismo o el “yo a la mía” no acaban de estar a la orden del día.
El segundo día que estuve por la zona me di un baño en las playas de Nobiru, que está a unas pocas paradas de tren de Matsushima: no estuvo mal.

Tras dos días en Matsushima, tomé cuatro trenes seguidos y me planté en los Alpes Japoneses, donde había quedado con Silvia y Nico. Habíamos reservado un ryokan-onsen (Yunoshimakan) bastante lujoso, en un lugar llamado Gero, una zona de aguas termales muy popular en Japón.

En un lugar así no hay taaantas actividades diurnas, pero al final nos lo pasamos muy bien entre los baños calientes (quizás demasiado calientes), nuestra participación en las veladas de karaoke del hotel -dando el contrapunto a las canciones en japonés-, las excelentes cenas y desayunos del hotel y una excursión que hicimos al pueblo de Takayama, que está a menos de una hora de Gero y que es una visita muy recomendable. Allí estuvimos paseando por unas zonas de bosque y comiendo una excelente carne con denominación de origen Hida, que es la región donde estábamos. También estuvimos curioseando por el mercado matutino que hay junto al río. Un servidor ya había estado en Takayama y le volvió a gustar: tiene algo de pueblo pirenaico, tipo los que hay subiendo a la Seu d’Urgell, con sus ríos y todo.
Estuvimos, pues, dos días dedicados al dolce far niente, que tampoco es que desentonaran demasiado del resto del viaje: Nico y Silvia se dieron incluso un masaje, porque ellos lo valen.

Volvimos juntos a Tokyo, paseamos por Omote Sando y fuimos a cenar al mítico Gonpachi: la comida estuvo bien, pero el servicio un tanto despistado. Después fuimos a un karaoke privado, donde cada grupo tiene su propio cuartito y puede cantar sin pudor y sin tenerse que tragar la bazofia de pop japonés de los demás. Era nuestro tercer día seguido de karaoke, algo que yo tenía pendiente de conocer desde anteriores visitas al país. Todo el sistema funciona bien y hay muchas canciones en inglés (muy pocas en castellano, francés, portugués, italiano…), pero las imágenes que acompañan a los vídeos son igual de lamentables que en todas partes y a menudo no guardan demasiada/ninguna relación con la canción. Viva el karaoke, pues. Creo que Nico y Silvia cantaron mejor que yo así que, si hiciéramos una clasificación entre los tres, yo hubiera ocupado la siempre honrosa tercera posición.

Al día siguiente por la mañana les di a Nico y Silvia la consabida patada en el trasero y les mandé de vuelta a Barcelona, aprovechando la ocasión para tomar un avión a la isla de Hokkaido, donde ya había estado a principios de mes. Puede costar entender que me dedique a ir de aquí para allá, pero los misterios son así y no se pueden explicar. Total, que me planté en el aeropuerto de Sapporo y de allí tomé un tren a Otaru, un pueblo o pequeña ciudad pesquera con cierta gracia: antiguos almacenes de carga y descarga en obra vista, así tipo industrial, un puestecillo de venta de ostras en la calle (aquí las suelen hacer a la brasa, pero no están mal), canales por donde circulan pequeñas embarcaciones…no es Venecia, pero tiene su gracia y su propia decadencia. Además, tiene fama de tener sushi del bueno, cosa que tuve ocasión de comprobar cenando en la barra del Sushi Zanmai, un restaurante de lo mejorcito que he probado en cuanto a sushi en términos de calidad-precio. Tienen sucursales en Tokyo y al dueño le gusta hacerse el prota y salir en la tele.

Y de Otaru para Sapporo, donde me encuentro ahora. Ayer tuve ocasión de probar un plato llamado jingisukan (la manera japonesa de referirse al gran Genghis Khan), un plato de cordero muy apañado que me hice yo bisbo con una plancha que me pusieron delante.
Hoy he visitado el museo de la cerveza Sapporo y el museo del salmón (qué gran pez) y que, a diferencia del anterior, no ofrecía la posibilidad de hacer una degustación. Grave error. Sin embargo, me ha parecido un museo muy interesante: ya conocéis todos la triste historia del sufrido salmón y no hace falta que os ilustre al respecto.
En el museo explicaban, además, una curiosa y muy loable iniciativa llamada Come Back Salmon o algo así, que hace algunos años que se hace en la ciudad de Sapporo. A finales del siglo pasado (quizás 1980’s), alguien en Sapporo se dio cuenta de que (oh, sorpresa), los salmones habían dejado de remontar el río que cruza la ciudad algunos años atrás. El salmón no es un pez demasiado escrupuloso ni maniático, pero todo tiene su límite y, llegados a cierto punto, se le quitaron las ganas de remontar aguas sucias y pestilentas a contracorriente. Y así fue como surgió la iniciativa Come Back Salmon, que imagino se centró en limpiar las aguas y facilitarle un poco las cosas al bicho feo en cuestión. Total que, a día de hoy, cada año hay más de 1.000 salmones que remontan el río que cruza Sapporo, una ciudad con aproximadamente 1.900.000 habitantes. Olé por los japoneses.

Seguiremos informando…y lo ilustraré todo con fotos.

Abrazos, disfrutad las vacaciones que os queden!

Hugo



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13 agosto 2010

El Rincon del Gourmet. Hoy: la comida tambien alimenta el espiritu.


Escogiendo solomillo en el Park Hyatt


Pues si,

El ser humano se distingue de algunos otros animales por su capacidad de adaptarse al medio.

Se que la mayoria de vosotros, que venis a estas paginas en busca de unas migajas de alimento espiritual que os ayuden a alejaros de las multiples tentaciones de la mundanal existencia, no vereis en estas lineas las muestras de sacrificio ni las vivencias espartanas que tengo por costumbre compartir, pero no puedo dejar de ser fiel a la realidad.

Estos ultimos tres dias me he apartado un poco del camino y he sido abducido por los restaurantes de lujo de los hoteles de 5 estrellas de Tokyo. Y digo abducido porque, como imaginareis, ha sido contra mi voluntad.

Por Tokyo aparecio mi amiga Sonia que, tal como os comente, andaba por estas tierras valorando hoteles de 5 estrellas para sus articulos de viajes. Al ir a menudo estas visitas acompanyadas de cenas en los restaurantes de cada hotel, Sonia acudio en mi ayuda, por aquello de no cenar sola. Y yo, buen amigo que soy, acepte la invitacion. Ha sido una experiencia la mar de interesante que me ha permitido descubrir que en la comida y en la bebida tambien se puede encontrar placer y que, si me apurais, se puede incluso hallar momentos de efimera felicidad.

Han sido, en total, tres sesiones, en dias consecutivos.

El martes: club lounge (merienda pija con vistas de la ciudad) piscina, sauna, jacuzzi, etc. en el Ritz Calton y posterior cena en el mitico Gonpachi -en el que se inspiraron para Kill Bill-, ya narrado en el articulo anterior. Del Ritz Carlton, que me parecio magnifico, no hay fotos. He aqui dos del Gonpachi.



Un servidor en la planta 1, desde la planta 2




Sonia y Hugo gonpacheando

El miercoles nos toco visitar el Park Hyatt de Shinjuku. Fue un tour la mar de interesante por practicamente todo el hotel: habitaciones, salones, bares, restaurantes, biblioteca, piscina, saunas, etc. Pudimos ver una muestra de los cuatro tipos de habitaciones de que dispone el hotel, porque "curiosamente" la suite Presidencial estaba desocupada: se trata de una especie de piso de lujo, algo clasicon en algunos detalles, pero con todas las comodidades, en general decorado con gusto y con los mejores materiales, con su piano, su cocina, dos salones...para un total de unos 300 m2. Una barbaridad, francamente. El segundo nivel tambien era una suite especial que hacia unos 250m2 y que, de nuevo, era un poco excesiva para el comun de los mortales. El tercer y cuarto niveles de habitaciones entraban dentro de lo que se puede considerar "normal" en un hotel de esta categoria. En definitiva, un paseo muy enriquecedor, guiados por tres miembros del equipo de Marketing del hotel, incluida su directora. Que si esto lo disenyo tal arquitecto, que si este color lo escogio personalmente tal disenyador, que si ademas se ocupo de escoger uno a uno como iria ubicado cada libro en cada habitacion (en la Suite Presidencial hay mil libros que en general tratan sobre el bonito tema de Los Jardines)...

Durante el tour, ademas, tuvimos ocasion de ver una bonita perspectiva del Monte Fuji, que habitualmente esta tapado y no se ve desde tan lejos. Es la primera vez que lo veo desde Tokyo.


Una imatge Fuji-sera


Despues nos habian reservado una mesa para cenar en el restaurante New York Grill, en la planta 51 (aprox.), con vistas a la ciudad. Nos recordaron que estabamos invitados y que comieramos lo que quisieramos. Fue en este momento cuando se hizo la foto que encabeza este articulo: tenia que escoger un segundo plato y, logicamente, en un Grill habia que pedir algo a la plancha. Me apetecia carne asi que, una vez descartadas dos carnes australianas y el Kobe (algo muy dentro de mi me impide pedirme un filete de 175 euros cuando estoy invitado), me quedaron cinco de las mejores carnes japonesas entre las que escoger. Fue entonces cuando el camarero me ofrecio traerme una muestra de las susodichas cinco carnes y fue entonces cuando me quede con el Sendai Tenderloin, que es una de las carnes mas memorables que he probado, hecha al grill y apenas con sal.

Para los curiosos, estaba en la carta a 100 euros.


Sonia con su atun, yo con mi carne


El resto de la cena, el cocktail y los vinos (pediamos vinos por copa, para ir probando) estuvieron muy bien. De primero me habia pedido una burratta, una especie de mozzarella mas grasa todavia, que estaba muy buena, sin llegar al nivel de la carne. Son gustos.


Otra perspectiva del New York Grill


Cuando nos acabamos el segundo plato nos invitaron a cambiar de mesa para tomar el postre en el New York Bar, porque nos estaban guardando dos sitios en la mesa alargada que, aparentemente, se uso para rodar alguna escena de Lost in Translation. En estos entornos, las cosas se hacen asi y no hay que rechistar: en ese momento habia que estar en esa mesa, era incuestionable. Parece que les estaba costando "defender nuestras dos plazas" ante los ataques de otros clientes del hotel. Hay que decir que, en su gran mayoria, tanto en el Park Hyatt como al dia siguiente en el Grand Hyatt, la mayor parte de los clientes que estaban dispuestos a gastarse 250 euros por persona en una cena eran japoneses. Casi todos.

En el New York Bar tomamos unos postres muy ricos acompanyados de vino dulzon con uva Gewurztraminer, mientras disfrutabamos de musica en directo (habia un senyor de color -de color negro- de Las Vegas que cantaba muy muy bien). Despues de eso, francamente, ya no nos quedaba lugar para nada mas y, teniendo Sonia que poner por escrito todo lo vivido esa misma noche, nos fuimos ella a California y yo a Boston.

Al dia siguiente, jueves, tocaba el Grand Hyatt de Roppongi. Primero tuvimos el Manager's Cocktail en unos de los bares del hotel, donde conocimos al director y a una directiva brasilenya -de Rio de Janeiro!- encantadora. Pasamos un buen rato.

Despues nos habian reservado mesa para cenar en el restaurante japones de la planta 6. Al traernos la carta, nos dimos cuenta de que no aparecian los precios...todo un detalle! (conocia esa formula cuando un caballero invita una senyorita, pero no me lo esperaba). Total que, liberados de cualquier tipo de verguenza o reparo, nos pedimos lo que nos dio la gana: en mi caso, uno de los menus de degustacion que, segun supimos despues, era el plato mas caro de toda la carta (20.000 yenes = 180 euros). Menuda habilidad la mia. Cenamos maravillosamente una vez mas, empezando por el espectacular shabu-shabu que me comi yo. Se trata de una carne de altisima calidad, cocinada en una especie de caldo de vegetales. Fantastica.

Despues tomamos algo en otro del los bares del hotel, adonde se sumaron Nico Bour y Silvia, dos muy buenos amigos con los que comparto 6-7 dias de viaje. Esta vez, para variar, pagamos las copas.

Quedan pendientes las fotos del Grand Hyatt.

Si bien no puedo resumir todos mis pensamientos en tan pocas lineas, si os dire que, en ocasiones, estar en lugares maravillosos, con un entorno disenyado con gusto y encanto, disfrutando los mejores manjares y las mas exquisitas bebidas despues de haberse relajado en la piscina y el jacuzzi, en muy buena companyia y con excelente musica en directo, puede ser una experiencia muy grata.
Y si, ademas, te invitan y te hacen la pelota, aun le anyade cierto encanto al tema.

Ahi queda.

Abrazos,

Hugo


11 agosto 2010

De Hokkaido a Honshu, de las (relativas) privaciones al lujo asiatico

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En la cima del Monte Asahidake



Todas las fotos al principio, cosas de la informática...


. Con mi amigo el tren Hokutosei





Si, es él, otra vez...

Desde arriba del trampolin de Okurazawa, ya me veia saltando




Vista lateral, mientras subia con el telesilla


Muchas narices hay que tener para tirarse por ahi



Paisaje tipico de Hokkaido, en el tren de Asahikawa a Sapporo: asi me imaginaba yo Japon antes de conocerlo (mas verde, mas rural, menos superpoblado)




Muy parecida a la anterior, pero con sus matices




El Shirakaba-So de Asahidake Onsen: si esto es un albergue...





Una zona comun de dicho albergue




Si amigos,


Aqui estoy de nuevo, a pesar de algunos problemas tecnicos, para aportaros contenidos de calidad y ayudaros a prescindir del culebron de las 4 de la tarde.


Hoy os escribo desde Tokyo, que vendria a ser el punto por donde siempre se acaba pasando. Aqui aterrice hace una semana, aqui estoy y aqui volvere al menos un par de veces mas.


Desde la ultima vez que escribi me han pasado unas pocas de cosas, dado que me he paseado bastante.


Acabe mi ultimo post con una incognita abierta: me habrian hecho la cama (desenrollar un futon, vamos) los de la cutre-pension Miki de Asahikawa? Ese era el misterio. Pues no, no me habian hecho la cama, lo cual constituye toda una novedad en este pais. A mis comentarios (en mi ultimo escrito) sobre la no excesiva limpieza del lugar donde dormi en Hakodate, me preguntaba mi buen amigo Joaquin El Indio Blazquez si es que los japoneses han dejado de ser limpios. Creo que no, que en terminos generales son de lo mas limpito, pero que todo tiene un limite y que, cuando realmente buscas lo mas cutrillo, incluso pueden traicionar sus mas arraigadas costumbres en cuanto a pulcritud. De hecho, la senyora del Tourist Office de Asahikawa que me ayudo a conseguir cama en esa pension, llamo a 6-7 sitios antes que ese y, cuando me consiguio plaza, casi me estaba pidiendo perdon por lo cutre que era el sitio ("Do you understand that it is only to sleep? / "Yes, yes, I understand, but it is better than to sleep under a bridge" ). Y yo, claro, que acabe pensando que no habria ni duchas.



Pero bueno, dejemos Asahikawa, que tampoco merece tantas atenciones. De alli, el dia despues de los fuegos artificiales que revolucionaron la ciudad y agruparon a sus habitantes junto al cauce del rio, tome un autobus hacia ese bonito lugar llamado Asahidake Onsen. Como todo pueblo (en realidad no se si se puede llamar pueblo, dado que no parecia que viviese nadie alli) acabado en Onsen, tiene como rasgo definitorio sus aguas termales. En este caso, combina las actividades de montanya (esqui en invierno, paseos y trekking en verano, etc.) con los banyos calientes y frios, tan tipicos por estas latitudes. Muy cerca de Asahidake Onsen esta el Monte Asahidake (curiosa coincidencia), que con sus 2.200 y pico metros es la montanya mas alta de la isla de Hokkaido. La ascension al monte, que nada tiene de heroico, es la atraccion principal de la zona. De hecho, el plan estandar de los japoneses es subir en teleferico hasta la mitad del monte y hacer el resto caminando hasta la cima.


Tambien hay unos caminitos muy apanyados alrededor del pueblo, por los que hacer un par de horitas de trekking (caminar `parriba` y `pabajo` por caminos mas o menos cabriles). Eso es lo que hice yo el dia que llegue y no estuvo mal.


Sin embargo, el momento estelar de mi estancia en Asahidake Onsen fue la subida al Monte Asahidake. En realidad, lo que me habia traido a este lugar era un proyecto mas ambicioso: cruzar todo el parque natural de Daisetsuzan, solito, con mi tienda, mis utensilios para cocinar y pasar un frio del 15 durante 5-7 dias, orientarme con la ayuda de un mapa y llevar un cascabelito colgando de la mochila para avisar a los osos de mi presencia para que no me importunaran.


Pero, afortunadamente, unos dias antes de llegar a Asahidake Onsen ya habia entrado en razon, al verme superado por la pereza que me generaba pensar en la logistica que un proyecto asi entranyaria...y los riesgos de meterme en semenjante berenjenal sin experiencia en la alta montanya.


Y digo afortunadamente porque la cosa efectivamente pintaba bastante dura y porque estuvo lloviendo casi todo el tiempo durante los dos dias que pase alli.


Total que el sabado pasado decidi, por lo menos y a pesar de la lluvia, probar de subir al susodicho monte sin la ayuda del re-monte. Ya digo que la cosa no constituye ninguna heroicidad. El punto de partida se encuentra a 1.100m sobre el nivel del mar y la cima esta a 2.291m. Prescindiendo del famoso remonte, me estuve 3 horas y 5 minutos para subir hasta arriba. En el mapa que compre consideraban que el tiempo normal (para un japones muy gordo, cojo y fuera de forma) es de 5.20h. Un montanyero en forma seguro que lo hace en dos horas y poco. En todo caso, constituyo un cierto reto, particularmente la segunda parte, a partir de donde acaba el remonte, cuando empezo a hacer bastante viento, mucha niebla y lluvia ocasional. No se veia gran cosa aparte del camino (una pena por las vistas) y el viento se queria llevar el poncho que me protegia de la lluvia.


Vamos, que al final la cosa tomo unas proporciones un tanto epicas, porque con ese tiempo ya casi no subia nadie hasta la cima y alli estaba el menda, totalmente mojado, coronando el montecillo. Acabe comiendome un "sandwich de arroz" (arroz envuelto en alga, con algun relleno) en la cima, empapado y con el viento queriendome robar el alimento. Tambien me hice dos fotos con la camara del movil que fueron concebidas para ilustrar la gesta y este articulo, pero todavia no he encontrado manera de bajarmelas.


Total, que baje hasta el punto intermedio donde, esta vez si, tome el teleferico para bajar hasta la base del monte.


Estas tres horas de ejercicio y el hecho de haber cumplido con mi objetivo constituyeron la base para legimitar cualquier conducta gandula, burguesa y glotona durante el resto de mi viaje por Japon. En resumidas cuentas: me habia ganado tres semanas de buena vida.


Total, que fue llegar al hotel, banyarme en el onsen (me alojaba en Shirakaba-so, una especie de albergue, con habitaciones compartidas pero donde se comia muy bien y con unos banyos la mar de correctos) y dedicarme a gandulear y leer el resto del dia. Volviendo a Shirakaba-so, decir que habia alli un cuarto muy curioso, llamado Drying Room, donde colgabamos las cosas mojadas y al cabo de unas horas aparecian secas. Milagroso y muy util.



En la habitacion coincidi la primera noche con tres chicos americanos -dos muy simpaticos y uno muy callado- que se dedicaban a estudiar los pajaros y a ver videos de los Monty Python; llevaban una vida bastante especial y se levantaban cada dia entre las 3 y las 5 de la manyana. Tampoco yo me levantaba mucho mas tarde, porque el primer dia ya me entere de que el breakfast se servia a las 7AM (yo les pregunte: "OK, breakfast is from 7AM...but until what time?", a lo que la chica me contesto "Breakfast is from 7AM until 7AM"). More clear, water. Pero bueno, son cosas de la montanya: la cena se servia a las 6 PM.


La segunda noche se fueron los chicos americanos a ver pajaros a otro sitio y yo coincidi con Pedro y Miguel, dos chicos cordobeses (!) la mar de simpaticos.


Al dia siguiente in the morning llovia mucho asi que, aprovechando mi gesta heroica y sin precedentes del dia anterior, me quede ganduleando y planificando el viaje por el lodge/albergue.


A media manyana me pille el bus hacia Asahikawa, con la intencion de estar en Sapporo (la ciudad mas poblada de la isla de Hokkaido y creo que la 5a de todo Japon) por la tarde. Y asi acontecio, porque es habitual que por estas tierras las cosas sucedan segun lo planeado.


En Sapporo apenas pase un dia (pasare dos mas a finales de mes, Dios mediante) y me parecio una ciudad bastante agradable. En Sapporo es facil situarse, con su Eixample y todo; nada que ver con la inabarcable e incomprensible Tokyo, donde he estado un monton de dias y mi mapa mental de la ciudad no es mas que una infima parte del mapa del metro.


Habia una Feria de la Cerveza que dura como un mes entre julio y agosto, en unos jardines que hay en pleno centro de la ciudad. Cada marca tenia sus stands, con cerveza a punta pala y comidillas para picar. Todo ello muy a lo grande; ademas, la cosa estaba muy concurrida. No me anime a tomar nada, porque comer y beber solo en un espacio publico no acaba de ser lo suyo.


Total, que me fui a dar una vuelta en tranvia y a comerme un menu de cangrejo en el restaurante Kani Honke. El cangrejo tambien es tipico de las frias aguas de Hokkaido y en este sitio al parecer son especialistas: me puse las botas a base de cangrejo cocido, crudo (en sashimi), a la brasa, etc. Todo muy rico, en una habitacion con tatami para mi solito y servido por una senyora vestida a lo tradicional y que cuidaba bastante el protocolo. El lugar este es inmenso y yo estuve cenando en la planta 6.


Dormi en un hotel capsula (Sapporo Capsule Inn) en el animado barrio de Susukino, porque al estar la ciudad en fiestas estaba complicado encontrar sitio en hoteles al uso. Ya es la segunda vez que duermo en un sitio asi (a las pruebas me remito: http://bit.ly/dgNsuf) y volvio a ser una buena experiencia. Por 3100 yenes -27 euripides- alguien (un hombre, en este caso, porque la cosa era solo masculina) que no sea claustrofobico puede dormir bien y usar un onsen la mar de apanyado, con su sauna y todo...siempre que no piense pasar demasiado tiempo en "el hotel". Esta vez quizas la experiencia fue algo menos redonda porque habia mucho huesped en mi piso, mas ruido (algunos no se iban a dormir ni a la de tres) y una sensacion un poco rara de "tu no me conoces, yo no te conozco": nadie levanta la vista, nadie se saluda, todo el mundo esta muy serio. Quizas es una verguenza ir a un sitio asi (baratillo), quizas algunos se van a un hotel capsula para, desde alli, salir a pasear con senyoritas de vida alegre y moral distraida. Sea como fuere, no se respiraba un ambiente de buen rollete. Ademas, el ataud era un poco pequenyo, asi que tuve que dormir en diagonal (el alcalde Hereu no hubiese dormido bien en semejante posicion, pero yo si). En definitiva, consegui descansar, que de eso se trataba.


Al dia siguiente, ya lunes, hice dos visitillas por Sapporo. Primero, el mercado de pescado de Nijo, que me gusto bastante. Muuucho mas pequenyo que el de Tokyo y, a diferencia de este, orientado al consumidor final: todo muy mono, muy bien puestecito. Mucho menos movimiento que en el otro y menos interesante, pero tambien bonito. Aproveche alli para desayunarme un Madre e Hijo, fantastico plato de nombre algo macabro: se trata de trozos de salmon y huevas de salmon -ikura- sobre una base de arroz.


Despues, apurando mis ultimas horas en Sapporo antes de tomar el tren, me fui al Museo de Deportes de Invierno, que esta en las instalaciones de los Juegos Olimpicos de Sapporo 1972, y mas concretamente donde se hacian los saltos de esqui, en el trampolin de Okurazawa. Subir a ver la rampa desde donde los saltadores vuelan hasta 145 metros fue una experiencia casi mistica para alguien que, como yo, ama tan noble deporte. Lastima que algunas atracciones dentro del museo (particularmente el simulador de saltos de trampolin, precisamente), estuviera fuesra de funcionamiento. Ya me veia saltando mas de 100 metros y aterrizando de forma impecable.


Y de alli a la estacion de tren de Sapporo, desde donde al cabo de unas horas me esperaban 16 horas y pico de tren hasta Tokyo...incluido el celebre tunel submarino. La estacion de Sapporo, como muchas en Japon, tiene la virtud de que, aunque pase 2 o 3 horas alli, sigo sin saber donde estoy. Es dificil de explicar para alguien que no haya visto lo que son las estaciones japonesas, con diversos pisos, centros comerciales integrados y un monton de cosas mas que las coonvierten en autenticos laberintos. En la estacion de Shinjuku una vez me estuve mas de una hora para encontrar una parada de autobus. Hoy, mi amigo Nico Bour me comentaba que, en esa misma estacion, anteayer se estuvieron mas de una hora para encontrar su hotel (!). Una estacion de metro mayor que la media pero sin ser nada del otro mundo como la de Ginza (donde yo estoy en Tokyo), tiene mas de 30 salidas a la calle, para que os hagais una idea.


El tren de Sapporo a Tokyo es uno muy mitico para los japoneses, llamado Hokutosei. Todo el mundo le hacia fotos al tren -y particularmente a la locomotora, un poco a la antigua- antes de salir y una vez que llegamos. Yo tenia una cama que supero ampliamente mis expectativas (los de la venta de billetes me la habian "vendido" como un asiento reclinable, pero era una cama en toda regla). Ademas, comi en el tren (y muy bien!) una vez que me di cuenta de que existia un vagon-restaurante y que a la habitacion no me iban a traer ni una bolsa de pipas. Una experiencia muy chula y muy japonesa.


Llegue ayer por la manyana a Tokyo la mar de descansadito, volvi a instalarme en el barrio de Ginza y me fui al museo de Edo-Tokyo, un museo de historia de la ciudad (y del pais) que esta muy currado. Afortunadamente, en el tren habia estado leyendo las 10 paginucas de historia de Japon que incluye mi guia de viajes, porque si no me hubiese enterado de bien poco. En la ultima planta del museo hay un restaurante donde pude completar mi alimentacion cultural con una mas tangible...y con vistas a la ciudad. Aqui un museo asi parece normalito, pero eso es solo porque "Tokyo es la capital del mundo" (esta frase, de mi propia cosecha, quizas es un poco hiperbolica, pero tiene su parte de verdad en muchos ambitos; en terminos gastronomicos, por ejemplo, Tokyo tiene mas estrellas michelin que New York y Paris juntas, que no es moco de pavo).


Por la tarde habia quedado con mi amiga Sonia Graupera (http://www.soniatravelguides.com/), gran viajera que ademas escribe bastante sobre viajes, a menudo para revistas y para alguna web especializada. Gracias a estas labores, a menudo la invitan a hoteles y restaurantes para que escriba sobre ellos.


Asi, hete aqui que me propuso que la acompanyase al hotel Ritz-Carlton, a tomar el te y comidillas ricas en el piso 50 y pico, nadar un poco en la piscina y darnos una sesion -cada sexo por su lado, como siempre en Japon- de jacuzzis y saunas varias. Todo ello, invitados por la direccion del hotel. En mi periplo consegui, sin esforzarme, usar 8 toallas (dos en la ducha, una en cada una de las dos saunas, dos en la tumbona de la piscina y otra para secarme...mas una para secar el banyador). Todas eran obligatorias excepto la ultima: el lujo a veces esta un poco renyido con la ecologia. Despues de ello, oye, nos habian invitado a cenar al restaurante Gonpachi de Nishi-Azabu, donde yo ya habia estado 3 o 4 veces y donde nos ofrecieron una degustacion de sus mejores, tratandonos a cuerpo de rey y dedicandonos todas las atenciones, incluido un tour por el restaurante. Realmente el Gonpachi vale la pena...y no fue hasta la semana pasada cuando supe que se inspiraron en el para algunas escenas de la peli Kill Bill, de Tarantino. Efectivamente, la estetica recuerda mucho y hay fotos de el comiendo alli. El dia antes habia estado cenando alli el gran Stevie Wonder, por cierto (yo, estas cosas, me las creo siempre). El restaurante tiene apenas 9 anyos, pero parece "de toda la vida" y se sigue respirando un ambiente fantastico y comiendo y bebiendo bien. Y, ayer, gratis. Viva el Gonpachi.


Hoy Sonia y yo tenemos programado un tour por el hotel Park Hyatt de Shinjuku, que al parecer es donde se rodo la peli Lost in Translation. He creido razonable sumarme al tour de las habitaciones y del resto del hotel porque, ademas de ser interesante, me parece consecuente con el hecho de que aceptar que despues nos inviten a cenar en el grill de la ultima o penultima planta. No hay como tener amigos. Total, que seguramente nos volvamos a poner las botas en un sitio muy chulo. Pero hablaremos bien de ello...y luego vosotros ireis...y lo pagareis de vuestro bolsillo...y asi cerraremos el circulo y todos estaremos la mar de contentos y bien alimentados, como el cochino jabalin.


De fotos ando mal porque me olvide el cargador en bcn y estaba racionando la bateria, pero hoy los de la tienda Leica donde la compre se han ofrecido a cargarmela y me han dado una alegria...asi que confio en poder ilustrar mejor mis proximos escritos.


Gracias por leerme (Julipolali, Joki...y los que esteis ahi!), abrazos,



Hugo



















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