07 diciembre 2017

Han cantado línea: completando el Sureste Asiático (Myanmar)

Mangalabar a todos,

Hete aquí que estoy en Myanmar, que vendría a ser la Birmania de toda la vida, adonde he venido a pasar diez días huyendo del siberiano frío barcelonés de diciembre.
Estoy en el aeropuerto de Yangon, la antigua capital, aquella que algunos conocemos más como Rangún, con la idea de tomar un vuelo a la bonita población de Nyaung U, que es la que más cerca queda de los famosos templos de Bagan. De momento me han retrasado el vuelo dos horas y veinte minutos, sin previo aviso y sin darle ninguna importancia.

Estoy sentado en la sala de embarque junto a dos monjes muy budistas, con sus hábitos habituales y su pelo al cero. Me he puesto a su lado pensando que serían los más silenciosos de la sala, lo cual ha sido mucho suponer. Aquí lo normal es ser monje al menos un par de veces en la vida, cuando no toda la vida, así que cruzárselos es de lo más frecuente.

No sé dónde empieza aquello que se conoce como el Sureste Asiático, pero acabo de caer en la cuenta de que Myanmar es de lo poco que me faltaba después de haber estado en Tailandia, Vietnam, Laos (poco) y Camboya (poco), sin contar mis visitas a Malaysia y Singapur, Indonesia y Filipinas. Hacía años que tenía ganas de venir a este birmano país y estoy contento de no haberlo hecho más tarde, porque me da la impresión de que se va a desarrollar bastante rápido en los años venideros, como seguramente ya lo ha hecho en los recientes.

Mi visión de Myanmar no dejará de ser sesgada, porque he decidido visitar apenas dos zonas en estos días, siendo una de ellas la pseudo-capital y la otra la zona más turística del país. Después de casi tres días en Yangon no he visto gran cosa que me haga pensar que estoy en un país mucho más atrasado que otros países de la zona, o que no esté en camino de ponerse a la altura pronto. Por mucho que Myanmar estuviese muy cerrada al exterior hasta hace pocos años, se perciben muchos signos que apuntan a lo de siempre, es decir, a que con cierta rapidez se vaya imponiendo una economía de mercado al uso. El desarrollo de centros comerciales, un cierto tejido comercial moderno, la publicidad, el uso de palabras en inglés (en parte explicable por el colonialismo británico), los móviles, las grandes marcas internacionales, los fast foods, las cafeterías al estilo americano, la infraestructura turística, precios en dólares para los visitantes, etc., señalan en esa dirección. Sí, es cierto que en paralelo y de forma mayoritaria convive la economía de siempre, con su comercio mini-minorista, con sus tiendecitas y sus puestos de comida callejera por todas partes, las tradiciones religiosas y supersticiosas, los taxis a un euro y un largo etcétera. Es cierto también que aquí no debe comprar nadie por internet, por ejemplo, pero ello no quita que tienen smartphone hasta los monjes de mi derecha.

Si me pasease por la Myanmar rural vería una realidad radicalmente distinta, pero me quedo con la idea de que este país va por la vía rápida hacia un sistema más o menos capitalista. ¿Será, quizás, por la influencia de la vecina Tailandia?, I think to myself.

Hablando de ello, de momento todo me paresce un poco más amable que la sobreexplotada Tailandia (un país que me encanta, a pesar de todo). La gente es más tranquila, más simpática, por lo general más honesta y aparentemente menos pesetera. Se les ve menos estresados, también. Que les dure. Se les ve muy creyentes en lo suyo, también, muy enraizados en su budismo.

Está sonando en los altavoces del aeropuerto un clásico tema tradicional birmano, llamado Santa Claus is Coming to Town, precedido y seguido por temas de lo que podríamos llamar "jazz de aeropuerto y ascensor".

Hasta ahora lo único que he hecho ha sido pasear, ver templos, comer, dormir y bañarme en la piscina del hotel. Y es que tenéis que saber que un hotel con piscina en Asia es la definición última de lo que se llamaría lujo asiático, sobre todo teniendo en cuenta que estamos durante el día a unos 32-33 grados de temperatura, con un sol abrasador y una humedad considerable. Esto es lo que se puede esperar cuando uno está en pleno invierno birmano. Hay que madrugar y luego aprovechar el atardecer, porque el mediodía es insoportable.

En los próximos días mi idea es pasear, ver templos, comer, dormir y bañarme en la piscina del hotel.

Oigo un rumor de fondo y es que, claro, os estáis preguntando por qué he decidido dejar de visitar el lago Inle, Mandalay, la roca dorada u otras joyas de este dorado país. Pues bien, todo se debe a mi voluntaz de minimizar desplazamientos y días como el de hoy, del que habré pasado los dos tercios en aeropuertos, aviones y taxis. Esta valiente decisión implica dejar de ver muchas cosas pero, al mismo tiempo, poder profundizar más en los dos lugares que sí veré y hacerlo más a gusto, con menos incomodidades.

He hablado antes de "pseudo-capital" refiriéndome a Yangon, porque en realidad fue la capital del país hasta hace unos doce años, momento en que se la llevaron -de una manera un tanto artificial, parece- a un lugar llamado Naipyidó, del que difícilmente habréis oído hablar si no habéis estado nunca aquí.

Hasta ahora he visitado dos templos: la Botataung Paya (pagoda), más tranquilo y pequeño, con el estanque para tortugas cerrado por mantenimiento (¿dónde estarán las pobre tortugas?)...y la famosa Shwedagon Paya, que vendría a ser EL templo que hay que visitar en este templario país. Esta última la pude ver ayer al atardecer y me pasé un par de horas paseando, meditando, escuchando cánticos y viendo fluir ríos de turistas y de fieles de todo el mundo. No en vano la Shwedagon es un lugar de peregrinaje de lo más granado para la comunidad budista internacional. Todo a lo grande, enorme, muy dorado, bastante arbolado, bastante cuidado y con esa característica que ya he comentado otras veces de muchos templos asiáticos, como es el hecho de que estos se viven, más que contemplarse. Sí, se tratan con respeto, pero no con distancia ni frialdad: la gente no solo reza sino que toca las campanas, se sienta a merendar, conversa en voz alta...es en gran medida un lugar de encuentro y en ningún caso un museo.

Hablando de museos, también estuve ayer en un lugar curioso: el Museo para la Eliminación de la Droga. Lo que pude leer me pareció llamativo y decidí acercarme. Es un museo de más de 10.000m2!! (calculé), que imagino hasta hace pocos años debía ser un edificio gubernamental. Sus tres inmensas plantas están íntegramente dedicadas a un despliegue propagandístico-informativo sobre lo malas que son las drogas, lo muy en serio que el país viene luchando contra ellas en las últimas décadas (creo que Myanmar es el segundo mayor productor de heroína del mundo) y las campañas de sensibilización con la población local. Miles de imágenes, decenas de recreaciones a tamaño real de diversas escenas (así cortamos los campos de amapola, así quemamos los laboratorios y la propia droga), estadísticas, utensilios requisados...una cantidad casi inabarcable de información que acaba haciéndose repetitiva. Todo tiene un algo que suena un poco a propaganda comunista, con las fotos de los generales por doquier y una cierta simplicidad -¿cutrez?-, pero da la impresión de haber un esfuerzo sincero detrás. Supongo que el país está bastante bajo sospecha en algunos aspectos y sienten la necesidad de demostrar lo mucho que luchan y cooperan (con Tailandia, Laos, EEUU) para erradicar el cultivo de opio y su comercio.

Lo más curioso de la visita es que, durante la hora y pico que estuve allí, era el único visitante, hasta el punto de que encendieron el edificio solo para mi. Me sentí bastante mal por tanto kilovatio desperdiciado, máxime cuando había muchas luces y varios ventiladores; estos últimos, combinados con pequeñas tiras de papel de color rojo, se usaban para escenificar escenas con fuego, como un avión derribado o un cargamento de opio siendo quemado.

Y hete aquí que las dos horas y media de espera deben estar llegando a su fin, aunque ya veo que tampoco cumpliremos el segundo horario. En breve deberíamos volar a Nyaung U, posiblemente con una parada intermedia, porque de lo contrario el avión debe ser muy lento para tardar casi tres horas. Nyaung U está junto a los templos de Bagan, que serán mi otro destino en este viaje.

¿Cuántas paradas tendrá que sufrir el vuelo de nuestro héroe antes de llegar a su destino?
¿Habrá sido buena idea pedir emergency exit sin hablar el idioma?
¿Son más guapas las birmanas que las laosianas?
¿Llevan los birmanos las mismas faldas que en las películas?
¿Qué tal conducen?
¿Se perciben influencias de la vecina India?
¿Qué tal la comida a esta orilla del Mississippi?
¿Es más fea la sonoridad de la lengua birmana que la del tailandés (difícil)?

Todas estas preguntas -y con suerte alguna respuesta- en el próximo artículo.

Abrazos,

Hugo

PD: si alguien quiere ver las fotos que corresponden a este artículo, que por favor me lo diga por whatsapp (el móvil no me ha dejado añadirlas)



22 diciembre 2014

Diez consejillos (ni nueve ni once) para ese viajero que va a Bangkok
































Ahí van, sin más dilatación:

1. Familiarizarse desde el principio con el BTS (los trenes elevados de Bangkok), la mejor manera de moverse por la ciudad,

2. Buscar un hotel cerca de una parada de BTS, idealmente,

3. Reservar un hotel con piscina (los hay a precios muy razonables), si no le tenéis alergia al agua,

4. Aprender el 'hola' y el 'gracias' en tailandés y a hacer el gesto con las manos como quien reza. Sonreír. Generaréis buen rollete de buenas a primeras,

5. Negociar el precio antes de subirse a un tuc-tuc (poco recomendables) o asegurarse de que el taxista ponga el taxímetro antes de subir,

6. Prescindir de las bambas y cenar un día en el Ruen Urai -para localizarlo, buscar el Rose Hotel- y dejarse aconsejar (sobre la comida y la bebida, me refiero),

7. Tomar algo una noche en el Moon Bar,

8. Aventurarse por el río Chao Phraya y/o por los canales del viejo Bangkok,

9. En general, cambiar euros en el centro de Bangkok. Sale más a cuenta que sacar en cajeros y que cambiar en el aeropuerto,

10. Recibir un masaje tailandés en algún centro Health Land a un precio europeamente moderado o darse un lujo asiático, europeamente muy razonable, en el Oasis Spa de Sukhumvit 31 o Sukhumvit 51 (muy recomendables). Si se va por la tarde-noche, asegurarse de reservar. 
http://oasisspa.net/

11. El que no haya estado nunca en una cabina de flotación (floating tank) y no tenga claustrofobia, que lo experimente en Theta State y se recupere del jet lag
http://thetastatefloat.com/
Toda una experiencia.

12. Aquél que se lo pueda permitir (tú no), alojarse en el Ariyasom Villa.

13. Al menos una vez en todo el viaje, ir a un restaurante auténticamente tailandés y hacerse el chulo con el picante,

y 10. Llevar y haberse mirado una guía tipo Lonely Planet (edición reciente) y echarle una buena ojeada a
http://www.soniatravelguides.com/my-travels/bangkok-thailand

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Y dos bonus-tracks:

1. No perder el papelito ("departure card" o similar que te dan al entrar en el país), pues te lo pedirán al salir,

2. Ir al aeropuerto con las famosas dos horas de margen (para vuelos internacionales), pues todo el proceso es bastaaante lento.



15 diciembre 2014

El Capità en Siam: Bangkok y Koh Kood





Mymoder y un servidor, autorretratados con gran pericia 
en los canales del Viejo Bangkok




Bienqueridos amigos,


Hubo un tiempo en que este blog recibía cienes y cienes de visitas al mes, llegando en fechas señaladas a pasar de diez al día. Un tiempo en que un servidor era un trotamundos con un futuro incierto, un billete de tren a ninguna parte y una mochila llena de sueños. Un tiempo en que algunos de vosotros os acercábais a este humilde dietario buscando inspiración para vuestra vida cotidiana, para vuestros viajes y -muy especialmente- para la educación de vuestros hijos. 
Ese tiempo ha pasado. Hoy soy un miembro más de la Vieja Europa, un ciudadano más con agua corriente y estufa de butano.

A pesar de ello, me consta que sigue quedando un pequeño reducto de acérrimos seguidores, una comunidad clandestina compuesta por unos pocos y valientes miembros que se conecta ocasionalmente para seguir mis andanzas y para enterarse de todo aquello que La2 y el Canal 33 nunca le contarán.
A vosotros va dedicado este artículo sobre la nunca suficientemente ponderada Tailandia.

Es tan solo mi segunda vez en este hospitalario país, cosa rara si tenemos en cuenta, por ejemplo, que he estado media docena de veces en la India, un lugar mucho menos amable. Parece que Tailandia tiene gran parte de lo que un viajero podría desear: una cultura propia muy interesante, un nivel de desarrollo más que suficiente, grandes dosis de refinamiento en muchos ámbitos -empezando por la gastronomía-, una excelente infraestructura turística, una naturaleza exuberante, buen clima, bastante seguridad, precios muy razonables, una gran capital cosmopolita,  'lujo asiático' en su máximo esplendor... No sé quién me manda complicarme la vida.

Escribo desde Koh Kood (Ko Kut), una isla de la que probablemente no volváis a oir hablar nunca más. Koh Kood es una de las 29 islas y playas que aparecen en la página 45 de nuestra guía de viajes, que mi senora madre y yo estudiamos en detalle para tomar la mejor decisión (con ayuda de Google Images y herramientas similares). Al final, la cosa no podía encajar más con lo que buscábamos: un lugar muy bonito, paradisíaco, a pie de playa, poco explotado turísticamente, tranquilo...y relativamente accesible desde Bangkok. No sé cuántos años le quedan a Koh Kood de paz y autenticidad, pero probablemente sean menos de mil. Para aquellos que busquen otras cosas, me parece que Tailandia tiene montones de islas y playas que se lo pueden ofrecer. 


Disfrutamos mucho en nuestro bungalow sobre una playa preciosa, en un hotel perfecto, y también el día que alquilamos sendas motos para pasear por la isla: visitamos dos cascadas y comimos en Ao Salad, un pequeñísimo pueblo de pescadores que se extiende a lo largo de un embarcadero medio de madera, medio de cemento, donde la gente vive y se dedica al noble arte de secar calamares y gambas. El pueblo está pues, básicamente, sobre el agua, y frente a cada casa está la barquita de pesca que le facilita el sustento. Ao Salad no es, pues, el paraíso de los vegetarianos devoradores de tofu que su nombre parecería indicar, sino un pequeño pueblo flotante que huele a calamar seco y donde la pesca se sigue llevando a cabo con utensilios tradicionales.


En la visita a las dos pequeñas cascadas de la isla de Koh Kood existía la posibilidad de saltar desde las rocas al agua, pasatiempo al que estoy enganchado desde tiempos inmemoriales y que me proporciona grandes emociones y alegrías.

A Koh Kood llegamos en avión y ferry después de haber pasado dos días en Bangkok. El primer día estábamos un poco traspuestos después del largo vuelo, así que hicimos poco más que tomar el fresco y bañarnos en la piscina del Siam Heritage, un hotelito muy colonial y muy suyo. Cuando se está a 30 grados en una gran urbe húmeda y algo caótica, las piscinas se agradecen. El segundo día ya nos aventuramos más, paseando por el río en barca y junto al río a pie. El río Chao Phraya es una de las principales vías de comunicación de Bangkok y lo recorren unas grandes barcas que a menudo van a toda pastilla y que tienen más éxito que el metro de Moscú. Son barcas funcionales y no turisticas, para que nos entendamos. También contratamos una excursión con una barca más pequeñita por los canales del viejo Bangkok, que quedan junto al río. Fue muy interesante, pues el agua en Bangkok no acaba ni mucho menos con su famoso rio. Visitamos también un mercado flotante sin demasiado interés, quizás porque llegamos a una hora en que todo el pescado estaba vendido.

Aparte del masaje tailandés que me hicieron en el hotel, uno de los momentos estelares de esta primera parada en la capital fue la cena en un restaurante llamado Ruen Urai. La verdad es que la cocina tailandesa es un gran invento: platos que combinan sabores muy distintos, con algún elemento crujiente cuando el resto es blando, algún ingrediente fresco cuando lo demás es seco, un contraste dulce cuando el plato es salado, un poco -o bastante- de picante para evitar que nada pueda hacerse aburrido. Muchos sabores y texturas en un mismo plato, casi siempre con un toque refrescante a base de lima u hojas de lima, hojas de menta, jengibre/galanga o lemongrass. Sopas, currys, platos de marisco o carne o pescado, ensaladas...la cocina tailandesa está muy bien y en Tailandia la tienen muy por la mano.

Los tailandeses me están pareciendo por lo general muy amables, muy educados y muy budistas, como es menester. No falta el taxista espabilado que no quiere poner el taxímetro, pero estamos suficientemente experimentados en estas lides como para que vayan a vencernos con tretas tan poco sofisticadas. En la isla todo el mundo ha sido encantador.

Me paresce que lo vamos a dejar aquí. Llevo tres días con este artículo como borrador, dejándolo madurar como el buen vino, a la espera de que me venga algún tipo de inspiración, pero me voy a tener que quedar con la versión inicial.

Pronto una crónica de Bangkok, un estudio antropologico sobre el pueblo tailandes y otras importantes revelaciones.

Abrazos,

Hugo

PD: disculpad la falta de acentos en aquellos momentos en que escribia desde un teclado tailandes



El bonito banyo de nuestro hotel en Koh Kood



El embarcadero desde donde llegamos a y salimos de Koh Kood



Nuestro bonito burgalou frente a una preciosa playa de Koh Kood




Casi todo el hotel de Koh Kood explicado en un solo plano: el restaurante, la piscina, la playa, la recepcion (a la izquierda)...y a la derecha casi se puede percibir nuestro burgalou (bungalow en la lengua de Shakespeare)




Arte plantigrado y floral en el aeropuerto de Koh Kood, que parecia mas un campo de golf para jubilados de Florida que un aeropuerto de Aena



La prueba irrefutable de que las barcas del rio Chao Phraya 
cumplen la misma funcion que el metro de Tokyo




Algunos edificios (hay miles) del Bangkok moderno, desde el rio




Paseando en una barquita pequenya por los canales del Viejo Bangkok

Pues eso, lo mismo que la anterior: algunas casitas parecen tener su templito y todo




Un mercado que no era nada del otro mundo, desde mi plato de ensalada




El mercado flotante por el que pasamos en nuestro paseo por el viejo Bangkok: no es que fuera una gran cosa pero no puede negarse que flotaba














07 diciembre 2013

Haridwar, Rishikesh, Delhi: en vivo desde el Hotel Boutique International VIP Star De Luxe Grand The Pearl


A las buenas noches,

Os escribo con nocturnidad desde la ciudad de Delhi, donde anoche pillé el mayor empacho de comida de mi historia reciente. Creo que jamás había comido tanto pollo ni tanto cordero en un único ágape, así que la combinación de uno más el otro fue demasiado: mi cuerpo serrano está desbordado. Ayer hicimos nuestra última cena en la capital de este indio país y fuimos a un restaurante que muchos dicen que es el mejor de la ciudad, el Bukhara, donde preparan los pinchos enormes que acabaron conmigo. Siempre he sido un gran admirador del 'chicken tikka' (pollo deshuesado con especias hecho en un horno de barro, el 'tandoori'), pero lo de ayer ya fue el no va más: el pollo no era propiamente tikka pero por ahí andaba, mejorándolo incluso; el cordero era una pierna entera, con su hueso y todo, que literalmente se deshacía. Como siempre, todo ello acompañado del naan, el pan cocinado también en el tandoori, al que tenemos gran afición y sin el cual Mónica no puede contemplar una comida en la India.

A decir verdad, durante estos días no nos hemos privado demasiado y nos hemos alimentado muy correctamente, particularmente en esta última etapa en Delhi. Fuimos casi de rebote al muy reconocido Karim's, un restaurante sencillo que parece un fast food donde también tocan muy bien esto de los pinchos, el cordero y el pollo. Es todo él muy musulmán y está junto a la mezquita de Jama, que acabábamos de visitar. Nos encantó.

También el último día, intentando encontrar un hotel con piscina en cuya terraza podernos colar, acabamos comiendo en el chino del Hotel Hyatt Regency, que sin llegar a ser tan memoreibol estuvo también muy bien. Nos faltó valor para saltar a la piscina saltándonos el cordón de seguridad.

Total, que me va a tocar dormir en el avión, porque aquí no hay manera. Escribo, dicho sea de paso, desde el hotel The Pearl, que bien podría llamarse Hotel Boutique International VIP Star De Luxe Grand The Pearl, tal como os comentaba el otro día. Aquí hemos pasado nuestras cinco noches en Delhi, en el famoso barrio de Paharganj...y ello a pesar de que hice todo lo que en mi mano estuvo para que nos alojáramos en otro barrio. Pero no hubo manera: nuestra realidad logística y presupuestaria se impuso y acabamos aquí. El problema radica principalmente en que las distancias en esta ciudad son una locura, pudiendo perfectamente llegar a los 15 kilómetros, cuando no más. Viven aquí casi 17 millones de seres humanos, si no ando equivocado. Ello se puede traducir fácilmente en desplazamientos de una hora y media. Hallándose Paharganj bastante céntrico y estando infestado de hoteles (hay manzanas enteras en que todos los edificios son hoteles) de gama media-baja, acaba resultando un buen lugar para quedarse. Aunque con el desayuno sirvan Tang de naranja (y así lo anuncien), el The Pearl ha sido un gran descubrimiento y afortunadamente no tiene nada que ver con algunos de los cuchitriles en que me alojé en la calle Main Bazaar allá por el año 2006.

Pero empecemos por el principio...
La decisión de ir de Delhi a Rishikesh en taxi fue acertada, puesto que resultó bastante cómodo y relajado; nuestro conductor iba mucho más tranquilo que el autobusero estándar.
En realidad no fuimos directamente a Rishikesh sino que decidimos quedarnos una noche (que al final fueron dos) en Haridwar, a algo menos de una hora de Rishikesh. Haridwar es una ciudad de 200.000 habitantes (a efectos indios, un pueblecito), mientras que en Rishikesh hay unos 100.000. Si R es famosa por el yoga, los ashrams, la meditación, la tranquilidad y la famosa visita de los Beatles, H es mucho más importante para los hinduistas, porque hay un templo muy importante y es un lugar de peregrinación habitual; sin ir más lejos, Haridwar es una de las cuatro ciudades donde se celebra el Kumb Mehla, que creo que es la celebración más multitudinaria del hinduismo y a la que una vez me estuve planteando asistir.
Hay en Haridwar una ceremonia preciosa que se lleva a cabo cada día en uno de los ghats (escaleras que dan al Ganges), con cánticos, antorchas, fieles muy implicados, velitas flotando sobre el río...una preciosidad. La cosa está un poco demasiado comercializada y -como nos dijo un señor del estado de Punjab- "This is 90% business". Hay un montón de sacerdotes o de supuestos sacerdotes que se te presentan para ayudarte a asistir a la ceremonia, descalzarte, recitar las palabras sagradas y hacer la ofrenda en forma de vela y florecillas flotantes. Casi al final del proceso hay una "donation", que en principio es "la voluntad", pero que en muchos casos se ve acompañada de una cierta presión para que dones cantidades elevadas. Esa donación es supuestamente para que tus seres queridos sean muy felices (va por ustedes); lo que no queda muy claro es adónde va ese dinero. Ellos te presentan la donación como una aportación a una causa elevada (¿un templo?) para la cual ellos solo son el vehículo, pero uno sospecha que el único vehículo es el que ellos se van a comprar con tu dinero. Hay una clara competencia por el turista y no se hace demasiado agradable.

Menos agradable todavía nos resultó la visita al templo de Chandi Devi, que está sobre una colina con espléndidas vistas sobre Haridwar. Subimos a pie en un paseo agradable de media horita y esquivamos las continuas peticiones de dinero sin despeinarnos. En cambio, al entrar al templo, fuimos sometidos a un rotundo saqueo por parte de los "sacerdotes" del templo, que nos presionaban en grupo, nos insistían en hacer donaciones importantes, nos decían que ellos eran "priests" y que ésta era la capillita principal (la 1 era la principal, la 2 era la principal...y así hasta 5). Todo ello metiéndonos prisa.
Tardamos bastante en reaccionar y plantarnos, así que nos sacaron unos cuantos billetes de cien rupias. Nos pillaron un poco verdes. Yo me pude defender un poco mejor porque llevaba varios billetes de 50, pero aún así pecamos de pardillos. He estado en bastantes templos en la India y Nepal y no recuerdo nada así. No fue hasta la última capilla (que también era la más importante) donde les mandamos definitivamente a paseo.
El fruto de la sangría fueron unos 12€, que me gustaría pensar que al menos se dedicarán al mantenimiento del templo o -aún mejor- a limpiar sus alrededores. El templo en sí tampoco era nada del otro mundo (muchos templos hinduistas, a mi humilde parescer, no lo son).

Afortunadamente escenas como las de Haridwar son la excepción, tal como pudimos comprobar un par de días más tarde en Rishikesh, donde asistimos a una ceremonia junto al río sin pagar una piastra. Otra cosa es que siempre haya alguien -habitualmente niños- dispuesto a venderte flores con velita flotantes para que hagas tu ofrenda al río.

En Haridwar pasamos dos noches en el hotel The Haveli Hari Ganga, que nos pareció espectacular. Se trata de una antigua casa en pleno centro de la parte más bonita de la ciudad, junto al río y con un ghat privado sobre el mismo Ganges. Un auténtico palacio decorado con muchísimo gusto, luminoso, con música en directo cada tarde, una especie de ceremonia religiosa cada mañana, clases de yoga y un centro de masajes que aprovechamos los tres la única tarde que pasamos allí (muy buenos masajes ayurvédicos). Los sesenta eurípides que pagamos por habitación son dinero, pero el equivalente en Europa nos hubiese costado varias veces más.
Estar en un oasis así siempre es agradable, pero lo es particularmente en este país, donde la alternativa habitual son cuchitriles cutres y algo sucios.

Y es que aquí el dinero cunde bastantemente, tal como os decía. Ello fue particularmente cierto en esa zona montañosa donde pasamos cinco días justo antes de venir a Delhi, en el estado de Uttarkhand. Tanto en Haridwar como en Rishikesh todo es de lo más baratito que hemos visto. A menudo comíamos los tres bastante bien por unos 6 euros. Y eso que no íbamos a sitios realmente locales. En una ocasión, sin llegar a hacer una comida completa, pagamos 212 rupias (2,5€), por todo esto: un thali (arroz, tres platitos vegetales y pan 'chapati'), dos chapati adicionales, dos sándwiches refritos con salsa de plátano, dos coca-colas de 750ml, dos paquetitos de galletas, dos bolsas de patatas grandes, dos tés negros. Era un sencillo restaurantillo junto al templo de Neelkantha Mahadev, un lugar más visitado por peregrinos/turistas indios que por extranjeros.

La subida al mencionado templo fue la primera de las dos excursiones que hicimos en Rishikesh y que ocuparon nuestras mañanas y mediodías. Fueron unas tres horitas de caminata, con bastante subida, por un senderito bosquil asfaltado. Lo mejor quizás fueron las vistas de Rishikesh y del Ganges.
La segunda caminata fue a una cascada la mar de resultona que según el GPS de Germán está a 7km de Rishikesh. En este segundo paseo resultó curioso ver, en la otra orilla del río, los muchos ashrams (centros espirituales, retiros), que al parecer se ven frecuentados por indianos y extranjeros. Meterse en un ashram no debe ser ninguna broma y las estancias allí se miden habitualmente más en meses que en días. Se podía ver en los ashrams las tiendas de campaña donde la gente duerme, se les podía ver acercándose al río, se oían a menudo cánticos u oraciones...todo ello contrastaba un poco con las barcas hinchables que, a escasos metros de allí, bajaban por el río haciendo rafting. Aparte de perros sin dueño -una constante en la India-, en la zona de Rishikesh/Haridwar había también mucho mono suelto (y en Varanasi, ahora que lo pienso).

En Rishikesh estuvimos muy bien porque es un lugar bonito, rodeado de montañas, bastante limpio y tranquilo: en la India el mero hecho de no oír continuamente el mec-mec-mic-mic-nino-nino-nino de los coches, motos y camiones es ya casi un milagro. El Ganges está allí muy limpio y adopta preciosos tonos azules, que se tornan verdes cuando se ven las montañas de fondo.
Montañas que no son los picos altos de los Himalayas, que quedan un poco más al norte y que podríamos haber visto haciendo varias horas de carretera o subiendo a alguna montaña elevada cerca de Rishikesh, en un día despejado.

Y de Rishikesh a la capital, Delhi, donde como os decía estamos agotando nuestras últimas horas de viaje. El trayecto lo volvimos a hacer en taxi. Unos días antes, saliendo de Delhi, habíamos visto cómo se las gastan los indios cuando se trata de celebrar bodas. Estamos en plena época de casamientos indianos. Durante varios kilómetros vimos carpas y carpas y más carpas, todas ellas muy decoradas e iluminadas, con su música, sus bailes y sus artistas invitados...en una ocasión pudimos incluso ver al novio llegando a la boda a caballo acompañado de su familia, como aquí es de rigor para quien puede permitírselo. En Rishikesh también pudimos ver la comitiva de una boda avanzando por el centro del pueblo, dicho sea de refilón. Aquí no parece haber llegado todavía la moda de las bodas austeras y creo que la gente tira la casa por la ventana en la medida (o por encima) de sus posibilidades.

Otra cosa curiosa que vimos en el trayecto de Delhi a Haridwar fueron unos pequeños hornos donde un o dos seres humanos cocían ladrillos. Había junto a ellos grandes montones de materia prima y emanaban de allí enormes cantidades de humo. No daba la impresión de que en la última década hubiesen pasado por allí los inspectores de riesgos laborales ni los técnicos de sanidad, pero la imagen resultaba muy pintoresca y fotogénica, en la oscuridad de la noche.

Aquí la construcción debe estar muy a la orden del día, porque se ven ladrillos por todas partes y anuncios de cemento hasta en la sopa: en las calles, en la tele...e incluso en los vagones del metro de Delhi. No parecen anuncios para profesionales: aquí las cementeras compiten para que el ciudadano de a pie compre su cemento, como si vendiesen galletas para el desayuno. Y es que aquí la construcción de una casa, para muchos millones de personas, debe estar muy en la línea de Juan Palomo.

Seguiremos informando: falta un último escrito (también con fotos) a modo de conclusiones y reflexiones de hondo calado intelectual.

Comprobado: da igual que dure tres semanas; al final todo se acaba.

Abrazos,

Hugo

PD: tal como supe al día siguiente, no fui el único afectado por el empacho corderil


LAS AFOTOS:

1, 2, 4, 5: La ceremonia en el ghat de Haridwar,

3. Nuestros pieses en dicha ceremonia,

6. Auto-foto en un ciclo-rickshaw del hotel de Haridwar,

7 y 8. La comitiva de boda que nos encontramos en las calles de Rishikesh, con toda la familia del novio (creo yo) bailando muy feliz,

9 y 10. En Rishikesh, junto al Ganges, búsquense las siete diferencias,

11. Mónica, Germán y un servidor, en un rickshaw o similar,

12. La cataratita cerca de Rishikesh,

13. Le pont de Rishikesh, paisaje muy bonico.


























28 noviembre 2013

Más Kolkata, la playa de Mandarmoni y hete aquí que nos vamos pa las montañas

Germán sigue haciendo fotos, así que me toca seguir escribiendo.

Si tuviese que inventar un sistema para favorecer a los más privilegiados de mi pueblo creo que empezaría copiando el sistema de castas hinduista: no se me ocurre una fórmula mejor para que los más desfavorecidos acepten su papel con absoluta resignación y se porten bien buscando una próxima reencarnación más benévola. Es perfecto.
Ello es aún más cierto si uno nace hombre, lo cual puede contribuir a explicar por qué faltan al menos 30 millones de mujeres indias en este país.

La gente que nos atiende está contenta con nosotros porque les tratamos mejor que sus paisanos (que a veces ni siquiera consideran la posibilidad de dedicarles un 'please' o un 'thank you'). A algunos les choca un poco que seamos tan majetes, porque les han educado para considerar a los extranjeros como si perteneciesen a una casta superior. Alguna vez contestamos a sus 'Good morning Sir' con otro 'Good morning Sir', lo cual se supone que no toca y aún les desconcierta más. A mi también me desconcierta que me llamen Sir, dicho sea de paso; es un serio aviso de que antes o después me van a acabar llamando Lord Bloch.

Aunque al principio pueda incomodarnos, lo cierto es que con el paso de los días tantas atenciones y servilismos nos hacen sentir importantes y acaban acrecentando nuestro ego, de forma que cada mañana hacemos mil flexiones en ayunas para compensar.

Tanta gente servicial/servil y la caza de propinas que a veces tan nobles sentimientos llevan asociados provocan a menudo efectos contrarios a los deseados, porque a veces uno prefiere no tener al camarero rondando alrededor de la mesa para servirle más arroz, que no le llamen a la habitación a las 8 de la mañana para decirle que ya está abajo el taxi que ha pedido para las 9 o que no vengan a media tarde a la habitación de uno -que se está duchando- para desearle buenas tardes, dejarle dos caramelos de toffee y preguntarle si quiere una botella de agua.
Algo parecido nos sucedió en el complejo de bungalows Eco Villa de la localidad playera de Mandarmoni, donde se me ocurrió la brillante idea de darle una propina a uno de los vigilantes. Esa misma noche descubrimos que ese vigilante era el mismo que hacía la ronda nocturna a partir de las 12h haciendo sonar un silbato, actividad que reforzó alrededor de nuestro bungalow en agradecimiento por nuestra contribución durante toda la madrugada. Todavía no sabemos si tocaba el silbato para ahuyentar a los cacos, a los perros o a los malos espíritus, pero sí sabemos que llevaba a cabo su tarea con gran diligencia.

Entre las costumbres más simpáticas de los indios están algunas joyas como saltarse las colas a la torera, anunciar los precios de las cosas acabando con la palabra 'only' o balancear grácilmente la cabeza como quien dice no al tiempo que se abren y cierran los ojos, lo cual mayormente significa 'sí', pero que en ocasiones puede significar 'no', 'lo que usted diga' o algo tipo 'no sé qué contestarle, la noche me confunde, permítame que balancee la cabeza para ganar tiempo'. Otra de sus celebérrimas aficiones es jugar al cricket, un deporte absolutamente apasionante que se suele resolver en apenas 5 ó 6 horas de vibrante acción: en la tele siempre hay cricket y en cualquier espacio plano y diáfano de más de 200m2 siempre hay algunos niños o no tan niños jugando; en un parque enorme de Calcuta, una mañana de domingo, vimos miles de personas jugando. Miles.

Dicho esto -y con independencia de que jueguen a cricket- quisiera insistir en que la gente es casi siempre muy amable sin esperar nada a cambio (por lo menos en su presente reencarnación). Otra cosa es que hablen inglés pues, a diferencia de lo que a menudo se pueda pensar, en este país de herencia británica mucha gente no sabe más que un 'good morning' o un 'goodbye'. Muchos millones de personas hablan únicamente hindi u otra de las muchas lenguas que se usan por aquí. Lo más habitual y lo que promueve la Normalització Lingüística que aquí profesan es una especie de mescolanza entre el hindi y el inglés. No es extraño que, de repente, alguien que nos está hablando en inglés cuele inadvertidamente en la conversación algunas palabras en su idioma, para nuestro desconcierto.

Kolkata nos ha gustado y hemos pasado allí unos días muy agradables; es justo reconocer que el "sentirse en casa" ha tenido algo que ver con el acceso a algunas comodidades occidentales, con un tráfico menos caótico o con una ciudad significativamente más limpia.

La escapada de dos días a las playas de Mandarmoni, al suroeste de Calcuta, también ha sido un gran hit, sobre todo cuando supe que el Ganges desembocaba en Bangladesh, a bastantes kilómetros de aquí. No eran las de Mandarmoni las aguas marítimas más limpias que hayamos visto nunca, pero no olían mal, lo cual es mucho. Dice mi guía de viajes que los niveles de toxicidad del Ganges están aproximadamente 3.000 veces por encima de lo que se consideraría salubre en el mundo occidental, lo cual os da una idea de lo limpia que está el agua de vuestros retretes antes incluso de tirar de la cadena. El escaso acceso a agua potable y/o limpia es lógicamente uno de los principales problemas de este poblado país, pues pocas son las ciudades con plantas potabilizadoras de qualité. Hay por doquier agua sucia, agua estancada o agua sucia y estancada, cuando no hay simple y llanamente carestía de agua. De camino a Mandarmoni, saliendo de una ciudad de 15 millones de habitantes, vimos los paisajes más verdes, húmedos y limpios que hasta entonces hubiésemos encontrado, como se corresponde con el clima tropical de gran parte del estado de West Bengal. La gente parecía mejor alimentada, más feliz y con más espacio para campar a sus anchas y estar en contacto con la naturaleza. Y es que la vida en una gran urbe pobre debe ser extremadamente dura para millones de personas.

Volviendo a Mandarmoni, hay que señalar que nuestros dos días en la costa estuvieron muy bien. Digan lo que digan, los indios no son gente de playa; son de río de toda la vida, como la trucha. Vimos a alguna gente bañándose en Mandarmoni, pero eran una minoría. Según nos dijeron, estamos al inicio de la temporada turística, aunque en muchos lugares no había apenas nadie. A lo largo de varios cientos de metros de playa, quizás uno o dos kilómetros, se alineaban bastantes 'resorts', muchos de ellos totalmente vacíos. Lo mismo sucedía con un montón de chiringuitos que estaban sobre la misma playa. Comimos en sendos de esos enormes complejos sin ninguna otra presencia de clientes, lo cual en uno de los casos implicó que hubiera diez o doce personas a nuestro servicio. En otro de esos lugares, el Sana Beach, el gerente (I am the Manager) se deshizo en atenciones hacia nosotros y a duras penas conseguimos evitar que nos diera un completo tour por sus instalaciones. Tal como dijo Germán, uno tenía la sensación de estar en un parque de atracciones abandonado.

Sabed que en Calcuta no hicimos nada relacionado con la Madre Teresa, puesto que quedaba un poco lejos y nosotros comulgamos más con la visión más moderna de nuestro Papa Francisco.

Para vuestra próxima visita a Kolkata os recomiendo el Hotel Kempton, el restaurante Mocambo para cenar occidental, el Flurys para desayunar y el Oh Calcutta! para probar la cocina bengalí. Estos consejos caducan en 2015.

También os recomiendo que, si pensáis viajar a la India, llevéis siempre una rebequita a mano, puesto que -como he dicho otras veces- en muchos países la intensidad del aire acondicionado es directamente proporcional a la categoría del establecimiento y no guarda ninguna relación con la temperatura exterior.

Con el tipo de cambio a 84 rupias por euro y con las casas de cambio dispuestas a sacarse las rupias de encima a toda costa, es un momento ideal para visitar este fantástico país.

Ahora volamos de Kolkata a Delhi, donde supuestamente nos espera un taxi que nos tiene que llevar a Haridwar. Mañana a primera hora deberíamos estar en Rishikesh, en los pre-Himalayas, famoso por su Ganges, su espiritualidad y su visita de los Beatles, que allí compusieron muchas de las canciones de The White Album; lástima que no se quedasen allí a vivir.

Gracias por vuestro amable tiempo.

Namaste!

Hugo

LAS FOTOS SON:

1. Un mercado de flores en Kolkata,

2. Una zona cubierta de ese mismo mercado: no solo de flores vive el hombre,

3. Unos taxis cerca de nuestro hotel, en la calle Mirza Ghalib de Kolkata,

4. Transportista de hielo en el mismo mercado de antes,

5. Zona de carga y descarga junto al mercado,

6. Ghat junto al mercado...el río que pasa por Kolkata es muy British: se llama Hooghly,

7. Informándonos de autobuses para ir a Mandarmoni,

8. Chiringo-colmado sobre la bisba playa de Mandarmoni,

9 a 15, excepto la 11. Escenas playiles en Mandarmoni,

11. Cenando en una sala redonda muy sui géneris en un hotel: en ese momento teníamos toda la sala y a todo el personal para nosotros,

12. Cenando en un puesto de carretera muy moderno, entre Delhi y Haridwar.



































23 noviembre 2013

Noticias desde Calcuta, que ya vendría a ser algo más parecido a una ciudaz

Las cosas mejoraron después del primer impacto de Patna y Varanasi, como era de prever.

En cuanto nos acercamos al río empezamos a ver la cara más atractiva de Varanasi (antigua Benarés): recorrimos varias veces la orilla del Ganges por los ghats, en una y otra dirección, habitualmente a pie pero también una vez en barca al anochecer.

En Varanasi lo acabamos pasando muy bien, alternando momentos de inmersión indiana con momentos en pequeños oasis como cafeterías, restaurantes y nuestro fantástico hotel Palace on Ganges. Hay bastante infraestructura turística pensada para fauna mochilera como nosotros, lo cual en ocasiones se agradece. El espectacular lassi del Blue Lassi -una especie de chiringo callejero- fue uno de los momentos álgidos. El lassi es una especie de yogur líquido muy sabroso que aquí era algo más espeso y se tomaba con cuchara. Alrededor del templo de Vishwanath y cerca de los ghats hay una amplísima red de callejuelas pequeñas, de aproximadamente 1,50m de ancho y que en cualquier otro país serían lo que nosotros llamamos peatonales, pero que aquí se ven a menudo frecuentadas por motos, carritos y vacas. Nos dimos buenos paseos por ese laberinto, sin saber en casi ningún momento dónde estábamos exactamente. En el famoso templo de Vishwanath, por cierto, no nos dejaron entrar: creo que fue un fallo que Mónica y Germán se presentasen en la cola de entrada sin ofrendas, sin un punto rojo en la cara y sin haberse quitado los zapatos (tendrían que habérselos quitado en plena calle, lo cual en Varanasi puede dar cierto asquete). Lo mismo me hubiese sucedido a mi, que estaba esperando a que ellos entrasen para hacerlo yo en un segundo turno; renunciamos visto lo visto y vista la cola.

La gente en la India es mayoritariamente simpática y amable: suelen sonreír, nos preguntan de dónde somos y a veces nos preguntan qué pensamos de su país. Siempre que les pedimos información intentan ayudarnos.

Si en Patna el tráfico era totalmente caótico y nadie hacía el menor caso a los escasos policías que había, en Varanasi la situación no era muy diferente, aunque creo recordar que vimos al menos un semáforo.
En Calcuta la cosa es totalmente distinta: hay muchos semáforos y -a diferencia del de Varanasi- están encendidos y van cambiando de color. No sólo eso, sino que además la gente los respeta; también respetan bastante a los policías que regulan el tráfico, que en las dos primeras ciudades eran elementos decorativos. Supongo que hay un cierto orgullo bengalí propio de la gente de Calcuta, al ser un pueblo más culto, más limpio y mucho más ordenado. Algo pudo tener que ver la influencia inglesa, ya que es imposible llegar puntual al té de las 5 si no hay un mínimo civismo.

En Kolkata (Calcuta) estamos en el Hotel Kempton, un lugar donde las habitaciones 'De Luxe' son las más baratas de todas. Aquí hay palabras que se usan para vender la moto pero que no guardan necesariamente relación con la realidad. Una de ellas, por ejemplo, es la palabra Boutique en "Boutique Hotel", pero otro tanto puede pasar con De Luxe, con International o con VIP. Dicho esto, el Kempton está muy bien y, para los estándares de aquí, es de lo más de luxe que nos podemos permitir.

Kolkata tiene un cierto aire cosmopolita que quizás no hubiésemos sabido ver si viniésemos de Tokyo o de Nueva York, pero llegando de Patna cualquier molécula de metropolitanismo salta a la vista a las primeras de cambio. La gente viste un poco más a la occidental y no se hace tan extraño ver a mujeres jóvenes en pantalones, hay restaurantes de todo tipo donde además sirven alcohol, todo está más asfaltado, más arregladito y resulta, en general, mucho más agradable. Tan cosmopolita que hasta me pude comer un filete de ternera en el restaurante Mocambo, lo cual aquí es toda una rareza. Tan cosmopolita que el viernes por la noche fuimos a la discoteca del Park Hotel (Roxy) y nos encontramos un ambiente relatiiiiivamente parecido a lo que nos podríamos encontrar en una ciudad europea. En Calcuta hay mucha gente caminando por las aceras, cosa que en las otras ciudades era literalmente imposible, por no existir aceras, por estar derruidas o por estar permanentemente invadidas. Sigue habiendo cabras y perros en plena calle, pero con moderación y sabiendo cuál es el lugar que ocupa cada uno: no hay vacas durmiendo en medio de una avenida de dos carriles ni comiendo restos de basura en inmensos vertederos urbanos. Tampoco hay tantos rickshaws (tuc-tucs). Sí que sigue habiendo toda una sub-especie de taxistas extremadamente agresivos y kamikazes que están cada segundo luchando por adelantar, colarse o invadir un carril que no les corresponde con sus anticuados ambassadors de color amarillo intenso.

Como bien me recordó mi amigo Joaquín -que se conoce mis viajes mejor que yo-: "Tú en Calcuta no has estado". Ahora que sí he estado, imagino que Calcuta debe ser un referente en que se miran otras partes de la India. De todos modos -y aunque las cosas puedan avanzar- creo que si venís en los próximos 40 años todavía podréis tener una experiencia harto enriquecedora.

La visita al Victoria Memorial de Calcuta estuvo bien, particularmente por el paseo que dimos por el parque que lo circunda (circunda, bonita palabra). El edificio en sí, una enorme construcción en mármol, homenaje a la Reina Victoria de Inglaterra y de sus colonias, no sería exactamente de mi estilo, pero no le quito su mérito.

Otro de los días en Calcuta fuimos a un mercado de flores junto al río Hooghly, muy colorido y curioso, para acabar pasando más de cinco horas en un mercado de artesanías regionales de la India, donde Mónica y Germán hicieron compritas y yo pasé parte de mi tiempo escribiendo estas inspiradas líneas.

Ahora un par de días a la playa de Mandarmoni, recomendación de nuestro amigo Jeet, al que conocimos en Patna.

Abrazos!

Hugo


Y LAS NOMINADAS SON (ESTA VEZ HAY FOTOS COMO PARA PARAR UN TREN):

1. Mónica y Hugo caminando hacia uno de los ghats donde se hacen cremaciones,

2. Embarcadero en otro ghat,

3. Así son las calles de Varanasi,

4. Aquí no se distingue entre vehículos, seres humanos y demás animales: el embotellamiento nos afecta a todos casi por igual,

5. Germán y Mónica en la barquita a remos,

6. Un servidor en la barca: vamos contra la corriente pero no muestro síntomas de cansancio,

7. Mi lassi de granada en el Blue Lassi, fantasbuloso,

8. El ghat desde donde embarcamos para nuestro paseo,

9. Clásicas callejuelas del centro de Varanasi,

10. Niño, mujer, bici, moto y vaca en Varanasi,

11. Un Ambassador blanco,

12. Cenando en el Fire and Ice, que como su nombre indica es un restaurante italiano,

13. Foto de estudio en la habitación de Mónica y Germán en el hotel Kempton.





























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