15 enero 2011
Último mensaxe de mi viaxe a México
. ((a falta de añadir las fotos)
La llegada al Distrito Federal (DF) no fue como para tirar cohetes: el día era gris y la primera impresión de la ciudad (apenas la había visto desde el aire) no me generó vibraciones demasiado positivas. El camino del aeropuerto a casa de nuestro amigo Josep, tampoco. Y nuestro primer paseo a pie por lo que supuestamente es un barrio ‘de lo más cool’, aún menos.
Pero eso fue ayer. Hoy Enrique y un servidor hemos pasado el día paseando, sobretodo por la zona del zócalo, la plaza central de esta ciudad. La propia plaza me ha gustado, quizás por lo grande y luminosa. Tampoco ha estado mal la visita a la Catedral, ni ver a una curiosa señora que, delante de la misma puerta, hacía campaña acusando a la iglesia católica de México y al ejército de algunas irregularidades; iba vestida de obispo, pero la tela era de colores de camuflaje militar. Muy llamativa, ella. Le deseo suerte, porque me temo que puede necesitarla.
También he hecho una corta visita al Palacio Nacional, que ocupa otro de los lados del zócalo, donde he podido ver uno de los murales de Diego Rivera. Si algo me ha quedado pendiente en este viaje ha sido ver algún moral más de Rivera, Orozco o Siqueiros.
Una constante durante nuestro paseo por el centro ha sido que varias personas nos han recomendado que no fuéramos a según qué zonas o no entrásemos en según qué mercados, a veces sin ni siquiera preguntárselo. “No deberían ustedes ir a Lagunilla” o “¿Qué hacen ustedes en el mercado de La Merced?”. Un hombre por la calle, un taxista, una señora que tiene un puesto en La Merced…ha sido especialmente insistente esta última: “Vayan rápido, compren lo que tengan que comprar y váyanse rápido; y no se metan en un taxi cualquiera”. Suelo pasearme por casi todas partes y sin miedo, pero debo reconocer que la mujer en cuestión, por su insistencia, me ha dejado un poco preocupado. Después de un par de horas paseando sin quitarme la mano derecha del bolsillo (y de encontrar el cacao en grano y los chapulines que buscaba), puede confirmar que hemos salido sanos y salvos. Posteriormente, algunas personas más -y en particular un conductor de taxi- también nos han dicho que no deberíamos haber ido pero, siendo a posteriori y estando sanos y salvos, daban menos miedo. Aparentemente hay algunas zonas del DF donde es mejor no meterse, ni siquiera pasar en coche. Esta sensación de que hay que ir con cuidado es algo que en mayor o menor medida hemos tenido durante todo el viaje: no entrar en según qué zonas, evitar según qué carreteras de noche, nunca hacer ostentación. Aparte de las zonas que puedan ser peligrosas de por sí, en términos generales da la impresión de que hay bastante segregación, como sucede en muchos otros lugares de Latinoamérica: si eres de determinada clase social, no entras en según qué barrios, porque te van a ver el plumero...y te lo van a intentar robar con malos modos.
En cualquier caso, en descarga de México y de sus gentes debo decir que durante nuestro viaje no hemos sufrido violencia ni tampoco la hemos visto. Además, aunque es cierto que casi cada día hay noticias de muertes violentas, uno debe tener en cuenta que la mayor parte de éstas están relacionadas con el narcotráfico y con los que lo ejercen o tratan de impedirlo. También, no hay que olvidar que México es un país de casi 115 millones de personas. Si metemos todos estos datos en una coctelera y los agitamos, creo que no se puede decir que México sea tan peligroso para un viajero más o menos prudente.
Volviendo a la actualidad más rabiosa, el momento estelar del día quizás haya sido nuestra comida en la terraza del Holliday Inn, con vistas al zócalo: un lugar privilegiado, unas vistas fantásticas, la temperatura ideal y un buffet de carnes tipo filete (New York, arrachera y T-bone) realmente fantástico. De hecho, compartíamos terraza con un grupo que celebraba una boda, lo cual le ha dado un toque pintoresco a la escena.
El fin de este artículo lo escribo a posteriori, así que no os sorprendáis si los tiempos cambian un poco.
Mi última -y segunda- noche en el DF, Enrique, Josep y yo salimos a tomar unas copas por el barrio de La Condesa; iniciamos nuestra salida un poco tarde, dado que antes habíamos ido a ver un "combate" de lucha libre mexicana en el mítico Arena. Se trata más de un espectáculo que de una verdadera lucha (son un poco el equivalente mexicano de los Hulk Hogans y similares), una coreografía muy bien ensayada donde parejas o tríos de luchadores se lían a mamporrazos. Unos son muy buenas personas -los "técnicos"- y los otros muy malos -los "rudos"-; contrariamente a lo que podría parecer, gran parte del público se puso -nos pusimos- del lado de los malos. Que si te lanzo contra las cuerdas, que si te tuerzo el brazo, que si salto desde encima de las cuerdas y me abalanzo sobre ti, que si te echo fuera del ring...en resumen, un espectáculo muy entretenido para pasar un buen rato y reírse un poco con Mascarita, El Místico y otros super-héroes. Una experiencia muy recomendable, aunque solo sea una vez en la vida.
Y, después, como os decía, las copillas que tomamos por La Condesa, un barrio "bien" con gente "bien" y bastante niña mona, como suele suceder en estos casos. La ventaja de salir por México es que, aunque se suele distinguir entre bebidas alcohólicas nacionales y bebidas alcohólicas internacionales (más caras), el tequila siempre acaba cayendo en la categoría de las nacionales.
Al día siguiente, mi último en el DF, fuimos a visitar la zona de Xochimilco, un distrito de la capital al que por aquí llaman "la Venecia mexicana". Podríais pensar que la llaman así porque en Xochimilco abundan los museos de pintura italiana del Renacimiento, pero os equivocaríais. Aunque os pueda sorprender, la llaman así porque tiene muchos canales, por donde circulan unas barquitas ('trajineras') que se mueven gracias a la fuerza del 'piloto', una especie de gondolero que se ayuda de un largo palo con el que hace fuerza contra el lecho del canal. Toda esta zona era en su origen un gran lago; todo el terreno que actualmente ocupan las parcelitas con casas, pastos o flores, se construyó sobre el agua hace ya muchos años. A toda esta serie de islas artificiales se las llama 'chinampas'. Si no estoy equivocado, el momento de mayor esplendor de Xochimilco fue con los aztecas, que muy ingeniosamente fueron ganándole terreno al agua. Durante la visita nos acompañó un día gris, así que se vio quizás algo deslucida. Era sábado, a pesar de lo cual la zona estaba muy tranquila y apenas había barcos por los canales; dimos un paseo de 1.30h. La falta de sol y de gente, sumada a lo poco cuidado que estaban muchas parcelas -está lleno de chozas aparentemente habitadas por gente que vive al límite de la pobreza...o metidos de pleno en ella-, convirtió nuestro paseo en algo menos festivo, pero quizás más interesante, de lo que hubiera esperado. Pasamos un buen rato platicando y observando a nuestro alrededor. Hay que decir también que, si nuestro 'gondolero' hubiera sabido algo sobre la zona, sobre cómo se hizo, quién, cuándo o porqué, podría haber resultado una excursión apasionante, pero aparentemente estaba totalmente especializado en el arte de empujar el barco con el palo.
Y poco más queda por contar sobre la que en principio es una de las ciudades más grandes del mundo.
En cambio, hasta ahora no os he contado nada sobre la última parada antes de regresar a la capital: los tres días que Enrique y yo pasamos en San Cristóbal de Las Casas, en pleno centro de Chiapas y en territorio más o menos controlado por los zapatistas que tan de moda se pusieron hace más de una década.
San Cristóbal es, quizás, lo que más me ha gustado de todo nuestro periplo por México. Es uno de esos lugares que aparentemente están lejos de todo e, incluso, al margen de todo. Seguro que alguien diría aquello de "un lugar donde parece que el tiempo se haya detenido", pero no lo haré porque me parece muy cursi. El hecho de encontrarse a más de 2.000 metros sobre el nivel del mar, la mezcla entre lo colonial y lo indígena, sus mercados, sus iglesias, sus calles empedradas y lo luminoso que luce todo, hacen que recuerde un poco a Cuzco, aunque es bastante más tranquila. San Cristóbal está muy preparada para un turismo tranquilo, algo hippioso, relativamente culto, un punto izquierdoso y parcialmente mochilero y que a menudo simpatiza con la causa zapatista. Es un lugar ideal para descansar, pasear, leer, comer, dormir y, en definitiva, vivir, sin tener la sensación de que el tiempo pasa muy rápido y que uno se está perdiendo algo por el hecho de no estar en Tokyo o Nueva York. Como diría el poeta: San Cristóbal de Las Casas mola, tiene un rollo muy simpático, una buena onda contagiosa. También recordaría un poco a Villa de Leyva en Colombia, aunque esta última es mucho más pequeña y no tiene el componente indígena.
Cuando digo 'indígena' me refiero, generalmente, a aquellos grupos/etnias/pueblos o comoquiera que se les llame, descendientes directos de los que poblaban el lugar antes de que llegaran los españoles a mostrarles cómo llevar una vida como Dios manda. Al final, para mi, suelen constituir el principal atractivo de estas poblaciones, con sus ropas vistosas, sus puestos de frutas, verduras y animales en los mercados, sus ritos religiosos y, claro, su particular fisionomía. De hecho, San Cristóbal de Las Casas está ya bastante cerca de Guatemala, con lo que está emparentado con Chichicastenango o los pueblos que hay alrededor del lago Atitlán, dado que se trata también de zonas elevadas y que fueron pobladas por los mayas.
Desde San Cristóbal, aparte de comer bien y recibir masajes -Enrique me ganó 2 a 1 en esta última disciplina-, hicimos dos excursiones. La primera fue un tour organizado al Cañón del Sumidero, un paraje natural con intervención humana que es realmente bonito. Dimos el típico paseo en lancha rápida y me gustó bastante, a pesar de los restos de basura que emergen por doquier y que los gobernantes de Chiapas se esfuerzan aparentemente por limpiar. Después, como parte de ese mismo tour, visitamos la población de Chiapa de Corzo, pero no fue nada del otro mundo.
Nuestra segunda salida de San Cristóbal fue en moto. Enrique y un servidor alquilamos sendas scooter para ir a ver el pueblecito de San Juan Chamula, que se encuentra a apenas 20 minutos de San Cristóbal y que es conocido por estar habitado por un grupo indígena muy tradicional -los chamulas-, que a pesar de estar cerca de una gran ciudad sigue viviendo acorde con sus costumbres. La experiencia de la moto en sí fue muy divertida y, al cabo de un rato, nos habíamos adaptado al tráfico y a las numerosas irregularidades del pavimento. Enrique tuvo unos comienzos difíciles, hasta que le pilló el truco y se dio cuenta de que sentándose más atrás -como si fuera "de paquete"- sus piernas no interferían con el manillar, de forma que podía girar. Llevar una moto por carretera, sin poder girar, puede ser muy mal asunto.
En San Juan Chamula llegó uno de los momentos álgidos del viaje: la visita a la iglesia del mismo nombre. Por fuera, nada nuevo; una bonita iglesia de estilo colonial, de un blanco muy blanco y con frisos de un verde y de un azul muy alegres, sin ser chillones. La iglesia está en uno de los extremos de una gran plaza que suele albergar un mercado y que, para nuestra desgracia, precisamente los miércoles no tiene actividad. Pero nos quedaba entrar en la iglesia, cosa que conseguimos previo pago de una especie de tasa, escaso precio para lo que vimos dentro: una iglesia sin sillas, con una especie de pinaza en el suelo, con las familias de indios chamula celebrando sus particulares ritos sentados en el suelo, con sus velas, sus botellas de Coca Cola, sus gallinas vivas y sus bebidas alcohólicas. Una estampa realmente sorprendente, máximo exponente del sincretismo -fusión de ritos o religiones-, que supongo fue fruto de la voluntad de los chamulas de mantener sus ritos a pesar de las enseñanzas de los misioneros cristianos. A mi me pareció "lo más" y a Enrique también le gustó bastante, por lo que nos quedamos casi una hora dentro, sentados en el suelo, entre los aromas a pino, los grupos de fieles quemando velas a modo de hogueras y las miles de velas -éstas mucho más pequeñas- que quemaban por los cuatro costados. Como telón de fondo, el altar y las capillitas de santos que uno encontraría en cualquier otra iglesia. Para que os hagáis una idea, creo que hasta hace dos años en la iglesia no había habido nunca un cura. La verdad, no parece que lo necesiten.
No quisiera generar expectativas excesivas, pero sí puedo deciros que la iglesia de San Juan Chamula es, por lo menos, un lugar pintoresco y especial.
Desde San Cristóbal solo nos quedó pendiente adentrarnos un poco más en el mundo zapatista. Nos estuvimos planteando hacer una visita a Oventic o a alguno de los pueblos a escasas horas de San Cristóbal controlados por el EZLN y organizados en base a las máximas zapatistas, con sus escuelas, sus cooperativas y toda una organización propia. Al final hicimos un intento, pero justamente ese día no había visita, así que nos perdimos la explicación a cargo de un responsable de comunicación de los zapatistas. Tengo que decir que no nos quedó muy claro porqué este tipo de 'tours' no son demasiado populares (apenas nos constaba la existencia de uno, muy poco publicitado): quizás se deba a que el movimiento zapatista es, en su esencia, un movimiento anti-globalización y, por lo tanto, que no promueve las visitas; quizás se deba a que algunos creen que es peligroso (no es la impresión que nos dio); quizás es que no hay mucho que ver; quizás es que a la gente no le interesa demasiado o es algo con lo que no quiere contribuir. Como os decía, no me quedó muy claro. Nos quedamos, pues, finalmente, con toda la información que respecto a los zapatistas hay en San Cristóbal de Las Casas (que no es poca), con todos los productos y recuerdos fabricados por las mujeres que viven en sus pueblos, con un ambiente que de alguna forma irradia una especie de idealismo de izquierdas con promesas de un mundo diferente y mejor, con sus retratos del Ché y todo lo que es menester.
En resumen, Chiapas es quizás la parte del viaje que más he disfrutado: los días en San Cristóbal me supieron a poco. En general, ha sido un viaje redondo y muy variado. Los mexicanos, como ya os decía, me han parecido gente amable y relativamente culta/informada. En lugares turísticos nos la han intentado colar al menos seis veces al traernos la cuenta -incluyendo cosas que no habíamos consumido o poniendo precios superiores a los de la carta-, pero no creo que sea representativo de la gente en general. Todo el mundo se ha mostrado dispuesto a ayudarnos cuando hemos pedido ayuda, a advertirnos de los posibles peligros o a hacernos recomendaciones de forma desinteresada.
Ha sido, pues, un viaje la mar de entretenido y recomendable; espero que os haya gustado la forma en que os lo he platicado.
A falta de publicar las fotos de esta última etapa, me despido hasta la prójima.
Abrazos!
Hugo
PD: y, por gentileza de mi amigo El Indio, os dejo con un poco de inspiración viajera (lo mío no es viajar ni es nada, snif)
10 enero 2011
México es un pais de contrastes: Puerto Escondido, Playa del Carmen, Cancún, Palenque
Las fotos están en orden inverso al cronológico, una nueva licencia poética (o no) del autor.
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03 enero 2011
Introducción a México. Hoy, Oaxaca.
Hete aqui que os escribo desde el bonito pais de México (pronunciese Méjico), donde llevo una semanita paseando y culturizandome con dos amigos. Ahora mismo nos encontramos en la Peninsula del Yucatan, junto al Mar Caribe, en ese mitico lugar llamado Playa del Carmen. Anteriormente estuvimos en el estado de Oaxaca (pronunciese Oajaca...ya os vais haciendo una idea de la cantidad de jotas que se ahorran por estas tierras), al suroeste del pais, un bonito territorio que da al Oceano Pacifico que, como sabreis, no es precisamente el mas pacifico de los oceanos.
Junto al 20 de Noviembre está el mercado Benito Juárez, el típico donde hay un poco de todo (desde ropa hasta curas milagrosas para enfermedades que en principio son incurables), que no está mal. Tendría más gracia si fuese más amplio y luminoso, pero ya se sabe cómo va el metro cuadrado en Oaxaca. Hablando de mercados, un martes decidimos ir al mercado de Atzompa, un pueblecito que ya casi forma parte de Oaxaca capital, pero la excursión fue bastante decepcionante. No encontramos allí los puestos de venta de productos frescos/vivos , llenos de colorido, que nos hubiera gustado ver. Si el martes era el día de mercado en Atzompa, no quiero imaginarme el hambre que deben pasar los que compran allí un lunes o un jueves cualquiera.
Si la parte 'parabajo' del zócalo es la más popular y comercial, la parte 'pararriba' es la más turística, cuidada y bonita de Oaxaca. Es en esa parte donde está la bonita iglesia de Santo Domingo de Guzmán, a penas a tres o cuatro minutos del zócalo, en una plaza muy luminosa. También es en esa zona donde está la mayor parte de restaurantes y bares pijos, donde los turistas -mexicanos y foráneos-, disfrutan de un refrigerio o piscolabis (qué bonitas palabras, ambas) en una terracita o azotea.
En Oaxaca ciudad paseamos mucho, comimos bastante bien y, por lo demás, no estuvimos excesivamente productivos. Uno de los highlights de esos cuatro días fue la visita a las ruinas de Monte Albán, un complejo situado en una colina con vistas al valle donde se halla Oaxaca ciudad, bastante bien conservado y que me gustó. Sus ocupantes originales fueron los zapotecas que, si no lo tengo mal entendido, son el mismo grupo/raza/etnia/pueblo del que siguen quedando unos 800.000 individuos de pura cepa, a día de hoy, muchos de los cuales viven en los pueblos indígenas que se encuentran en derredor de la capital.
Otro de los momentos estelares de nuestra estancia en Oaxaca fue nuestro paso por el temazcal. El temazcal es una especie de sauna indígena cuyo uso se remonta a tiempos pre-hispánicos. Todo el proceso tiene su ceremonial y me pareció bastante auténtico, particularmente todo el ritual purificador que tiene lugar dentro del propio temazcal, en especial la parte en que le azotan a uno con hierbas aromáticas...hierbas que luego van 'a la cazuela' de donde salen los vapores que uno respira. La temperatura es, inicialmente, relativamente soportable, pero la cosa se complica a medida que va aumentando la humedad y que uno lleva más de media hora dentro del zulo. Al final, aguantamos los 45 minutos de rigor. Dentro del temazcal gozamos también de los cánticos de la temazcalera -la misma señora que nos pegaba con los manojos de hierbas-, que no fueron nada del otro mundo (en voz baja y sin muchas energías). Al acabar descansamos un poco estirados y luego nos hicieron un masaje: no tengo muy claro que lo del masaje esté dentro de la más estricta tradición de la zona, pero estuvo bien y contribuyó definitivamente a dejarnos hechos un trapo, relajados y muertos de sueño. Volvimos al hotel, Enrique se estiró en la cama antes de las 20h y, tal como era de prever, ya no se despertó hasta la mañana del día siguiente. Un servidor hizo un esfuerzo y salió a cenar algo, pero apenas conserva recuerdos lúcidos de esos momentos, dado que andaba en una especie de duermevela. Otra bonita palabra. Os recomiendo el temazcal, pues; más que el duermevela.
De las demás actividades en Oaxaca, me queda solo destacar la visita al museo Rufino Tamayo y un par de comidas. Rufino Tamayo fue un pintor local de mucho renombre y el museo que lleva su ídem está dedicado al arte pre-hispánico: está bastante bien porque, como el hombre era artista, la colección se compone de piezas que están allí por su valor artístico, más incluso que por su valor histórico (que también), lo que lo hace que entre mucho por los ojos, aunque uno no tenga demasiada idea de quién lo hizo ni cuándo ni dónde ni porqué ni cómo. Son básicamente esculturas y utensilios de uso cotidiano hechos en barro o similares.
Las dos comidas más destacables fueron en El Asador Vasco y en La Casa de la Abuela, ambos en el zócalo. Por el nombre, enseguida deduciréis que el primero de los dos es un restaurante especializado en platos locales, como el famoso chichilo, uno de los 7 moles, quizás de los que más cuestan de encontrar si no es en momentos muy específicos del año. El mole chichilo tiene la particularidad de que entre sus ingredientes se cuentan tortillas quemadas. Ya sabéis que aquí las tortillas son las tortas redondas y finas, de maíz, que se usan en casi todo, como pan. A Enrique y a mi nos gustó bastante nuestro chichilo con carne de buey. En La Casa de la Abuela comí un mole negro -uno que lleva cacao y es bastante dulzón- que es harto más fácil de encontrar; era con pollo. Fue en compañía de Pablo, cuando Enrique ya se había de Oaxaca en autobús y cuando a Pablo y a mi nos habían dicho que teníamos que pasar casi 8 horas más en Oaxaca porque, aunque habían vendido más de 100 plazas para nuestro vuelo, al final solo les habían 'mandado' un avión de 50 plazas. Espectacular. Ambos moles me molan.
En realidad, este artículo lo he acabado y publicado ya desde Chiapas, pero a modo de licencia poética os mando un abrazo desde Oaxaca,
Hugo
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